Me asomé por la baranda del edificio para arrojar el humo del
cigarrillo después de haberme entregado al placer del onanista en una vida de
soledad. Siempre me había gustado dar la primera bocanada aún con la mano tibia
y apreciar las pieles que pasaban por la calle después de recoger a sus hijos
de la escuela. ¡Ah, las jóvenes-madres-solteras! Ya me ponía saber que estaban
caladas, tanto o más que su fuerza y debilidad por entregarse al valle de
lágrimas protegiendo a sus criaturas, pero al sumarle la idea de no cambiar
pañales… uufff… Regresaré a la
computadora en busca de MILFs amateurs.
Giré sobre los talones de
regreso a mi cuarto de azotea, pero atisbé la casucha de enfrente. A través de
sus ventanas con vidrios rotos vi a mi vecino: un fracasado que a los 35 años
aún vivía con su madre, ella salía a trabajar por las mañanas mientras él se
encahuamaba con los pesos que ella le dejaba para pagar pasajes e impresiones
de currículums en su eterna búsqueda de un trabajo digno −se quitaba el pan de
la boca para alimentar a su Dioniso−. Vaya perdedor, mírenlo ahí en
calzoncillos vapuleando con una regla el cuerpo desnudo de una… ¿niña? Momento,
algo anda mal aquí, ¡la tiene amarrada a la cama! ¡Qué hijo de puta!
Corrí
a sacar el bate que guardo debajo de
la cama. Bajé corriendo las escaleras y crucé la calle. Pateé la puerta de la
vecindad que no opuso resistencia alguna, subí las escaleras maltrechas, topé
con otra puerta frágil y, antes de que mi vecino pudiera decir algo o subirse
los calzoncillos, ¡PAF! Golpe seco en el cráneo. ¡Toma, puerco! ¡Te voy a meter este palo en culo, asqueroso!
El
cuerpo de aquel mal parido yacía en el piso, una mancha de sangre avanzaba
lentamente por el suelo. “¡Mala hora la que escogiste para entregarte a la
inmundicia teniéndome tan cerca, cerdo!”, le gritaba mientras él se retorcía
como las reses en el matadero después de su dosis de aire comprimido. La sangre
alcanzó un brasier que yacía junto al cuerpo ya inerte. Entonces, una voz
chillona me despertó del ensueño de titulares en que me encontraba: "Joven
héroe rescata a una niñita inocente de las manos de un pedófilo", "El
héroe de la San Simón", ¡oh, sí!
− ¡Qué haces, imbécil! – le alcancé a oír pese al alto
volumen de los parlantes desde donde se escuchaba una odiosa canción de
reggaetón.
−Tranquila, hija, vas a estar bien –intenté sosegarla−, ya todo terminó.
Volteé y vi a la niña aún atada, desnuda y boca abajo sobre
la cama. Sólo la cubrían sus pantaletas a mitad de las piernas. ¡Carajo! Debí
apresurarme, lo lamenté y me dispuse a desatarla un tanto decepcionado.
Fue entonces que ella se quitó
sin esfuerzo alguno las ataduras mientras seguía gritando improperios a diestra
y siniestra. Yo mantenía la mirada fija en el piso como pidiendo perdón. Cuando
ella se incorporó pude observar su pecho de mujer, un tanto vencido por la
gravedad, sus caderas anchas y más abajo su vello púbico con un depilado que me
recordó el bigote de Hitler –contuve una carcajada−. Dirigí la vista
rápidamente a su rostro, descubrí en él rasgos infantiles y el cutis de una
vida de muchas batallas.
Antes
de que pudiera decir alguna palabra justificando mi actuar, en la puerta aún
abierta, aparecieron las sombras de los habitantes de la vecindad. La mayoría
eran familiares del… ¿muertito? Sólo pude
observar el primer puño acercándose a mi rostro, después un calor abrasador
invadió mi cuerpo y me entregué a los sueños-pesadillas, una tras otra.
Al siguiente día en los
periódicos de nota roja el titular lo ocupó el heroico rescate que los
guardianes del orden hicieron de este ¿asesino? “Sólo quería hacer el bien”,
pensé cuando pude echarle un ojo a la publicación.
Al recobrar la consciencia en
el sanatorio, lo primero que de mi boca escucharon las enfermeras fue una larga
carcajada que alteró la paz del recinto, de mis ojos se escapaban lágrimas
alegres. ¡Oh, diosito! Eres tan generoso
que inundas mi cuerpo con esta alegría y dicha de poder reírme del infortunio.
¡Vaya, quería salvar a ese gnomo de una violación, pero quién iba a salvar a mi
vecino si preñaba a ese pigmeo! Como veía las cosas: ¡le había hecho un
puto favor! −de pinches nada−.
Inmediatamente una enfermera se encargó de informarme cómo la turba me arrastró
unas calles para alejarme de la Iglesia −no los fuera a castigar diosito por lo
que me iban a hacer, pensé−, ahí fue donde la pericia de los policías hizo
posible mi rescate: “¡Háganse pa´trás o se los carga la chingada!”, gritaba un
policía mientras les apuntaba con su arma, me contaba ella excitada por ser la primera
en tener la oportunidad de ponerme al tanto. La enfermera antes de retirarse me
proporcionó una copia del diario.
Unas semanas después del
incidente, ya con mejor ánimo, pude leer en el cuerpo de la nota que la
muchedumbre había dispuesto de un buen árbol para enviarme calcinado al otro
mundo como al peor de los rufianes −no tendrán para comer, pero acceso a
gasolina no les faltó−, al parecer la justicia la dejarían en manos de Dios.
Pasé horas observando detenidamente las imagines del periódico que salpicaban
sangre y reconocí en ellas a uno de los policías, era el cuate de juergas de un
tío, ¡alabado sea! Ya no les pondré jetas cuando lleguen todos pedos a la casa
tirando balazos en año nuevo.
Con mucho cuidado recorté,
doblé y guardé la publicación junto a las pocas pertenencias que tenía en el
sanatorio, se trataba de un nuevo recuerdo para agregar a mi caja de triunfos
personales, ya sólo me quedaba una duda: ¿Cuándo podré regresar a casa y
entregarme por entero al cascabeleo?