viernes, 2 de enero de 2015

Fresas con crema


Recuerdo, como si hubiera sido ayer, el día en que Denisse me invitó a comer fresas con crema, “un postre por el cual adquirí un gusto asombroso desde la niñez” decía ella. Acostumbrado a ver el color rosado del tentempié me sorprendí al descubrir su presentación inmaculada, sin ningún otro tinte. Ligeros relieves delataban al fruto rojo escondido bajo una leve sábana blanca, no pude evitar pensar en los Dioses antiguos descansando y siendo abrigados por dunas en algún desierto lejano.   
            Ahí estábamos Denisse y yo frente a un desierto líquido y blanco. Volteé hacia ella, que se encontraba detrás, y le lancé una mirada de extrañeza. Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro, colocó un cubierto en mi mano y con la suya lo dirigió al plato. Podía sentir el calor de su mano enfrentarse al frío del cuchillo (¿o tenedor?), con su mirada me invitaba a observar la acción. La obsesión fálica del mexicano ‒de la que hablaba Samuel Ramos‒ hizo del cubierto una extensión de mi cuerpo cuando ella posó su pecho en mi espalda, podía sentir al mismo tiempo  la firmeza del objeto metálico y de sus senos, su respiración cercana a mi oído, sus pezones enviando señales a mi cuerpo. Ella, a diferencia de mí, conocía el desenlace de esa escena tantas veces ensayada, actuaba con dolo para compartir conmigo el porqué de su gusto proveniente del consumo de ese postre.
            Se apartó de mí y se dirigió a la silla situada enfrente. A través del vidrio de la mesa atisbé sus piernas engalanadas en medias negras y calzadas con tacón alto, cabe mencionar: ¡eran dignas de un buen catálogo de lencería! Como aquellos a los que, en la adolescencia, manteníamos ocultos y exigíamos un fugaz momento de divertimento. Dirigí la mirada al plato. Ahora la imagen era la de una fresa entre la crema mostrándose cortada verticalmente a la mitad, podrían observarse sus líneas internas ‒producto del lento desarrollo en algún huerto lejano‒. La posición de los fragmentos, su simetría, y colores internos daban la impresión de estar ante cuatro labios formando parejas horizontales y verticales.   
            Ahí estaba la fresa abierta, herida, humillada. El líquido rojo, que de su pulpa emanaba, se abrazaba con el blanco de la crema, se absorbían hasta alcanzar el rosa de mi infancia. Un rio rojo fluyendo a través de un lago blanco, labios rojos y rosados incitándome a no apartar la vista. Mientras tanto, el objeto perpetrador del crimen reposaba olvidado e inerte al lado del plato, gotas rojas y blancas delataban su fechoría, misma que, tarde o temprano, volvería a repetir sin recordar su primer bautizo en ese ritual de sabores, olores, texturas y colores.    
            Levanté lentamente la mirada hacia Denisse, al mismo tiempo ella intercambiaba de posición las piernas que, cuando me abstraje observando el plato y todos los símbolos presentes, había mantenido cruzadas. Descubrí a Eros debajo de aquel desierto blanco y ella en mis ojos el fuego que ardía dentro. Mordió su labio inferior y dirigió su mano derecha por debajo de la falda, abría las piernas y dejaba resbalar su cuerpo en la silla. Me llevé los restos del sacrificio a la boca, un beso cazador...          
            A partir de entonces, comer fresas con crema me remite inmediatamente a ella, esa chica de campo que recorrió, asimiló e hizo suyas las calles de una ciudad que comenzaba a despertar. Cómo olvidar su piel blanca iluminando la noche y deslumbrando al alba. Qué será de ella. A cuántos más habrá iniciado en los goces terrenales y metafísicos con ese postre ante la mesa. ¿Seguirá despidiéndose con un “hasta luego”?

sábado, 31 de mayo de 2014

REFLEXIONES SOBRE EL MEXICANO

1. Alfabeto, pan y jabón
LA APARIENCIA nunca es desdeñable. Hasta cuando engaña da un indicio. Ya para aceptarla o ya para rectificarla, en ella se funda el conocimiento. Dejarse guiar por los ojos no es un mal método, a condición de andar sobre aviso. A primera vista, lo que más resalta e impresiona es la pobreza general de los mexicanos. Acaso sea nuestro mal por excelencia. ¡Si fuera dable, como con un salero en la sopa, esparcir dinero por el territorio! ¡Y si esto bastara para enderezar la economía nacional!
            Por desgracia aun semejante recurso, digno de Las mil y una noches, nada arreglaría. Acontece lo que con la paradoja del físico: si, de repente, todas las medidas del universo aumentaran a un tiempo en la proporción de uno a cien, nada habría cambiado y ni siquiera nos daríamos cuenta.        
            El ejemplo de algunos gobernantes comprueba que este alivio de dejar rodar el dinero es aparente y de alcance muy limitado. Pero comprueba también que, hasta donde llega el alivio, provoca mareas de optimismo nacional como nunca se han visto otras. ¡Fugaces horas de gozo, embriaguez de un día! ¡Cómo hacer, oh Fausto, para fijar perdurablemente el instante de felicidad: “Detente… Eras tan bello”!
            Hay dolores fecundos; hay amarguras que hunden, pero luego hacen rebotar, o rebrotar, desde el fondo las virtudes humanas. La pobreza misma, la “fiel compañera de Grecia”, que decían los antiguos, modela excelencias nacionales. La lucha contra los ambientes impropicios engendra el músculo de las grandes civilizaciones, mucho más que las gratuidades de los paraísos terrenos. Pero si la escasez o el obstáculo aniquilan la posibilidad, es decir, la esperanza humana, entonces los pueblos simplemente se desnutren y se consumen.
            Aquel fermento de optimismo que sólo rebulle al subir a cierto nivel de bienestar parece indispensable para que se revelen y prosperen algunas virtudes de los pueblos. Cuando la lucha es elemental y áspera, cuando el poco dinero está en manos de los gobiernos, y los hombres se disputan ansiosamente los cargos públicos como único medio de tener comida y respeto, ¿adónde irán las cualidades latentes? Se desarrollan la garra y los colmillos, no la inteligencia ni la conducta. ¿El perfil del hombre mexicano, Samuel Ramos, amigo admirado y querido? Lo veremos claro cuando alimentemos a nuestro hombre, cuando lo reconciliemos con la existencia, cuando pueda disfrutar de cierta autarquía.
            ¿Cuál será, entonces, este perfil? ¿Qué dará de sí nuestra gente cuando haya resuelto y edificado la base de sustentación? A veces me he echado a soñar con ese México, no digamos ya feliz porque eso sería mucho y aun imposible: siquiera suficiente. Hasta hoy todos vivimos aquí un poco a trompicones, y menos mal los que de veras podemos llamarnos privilegiados. Pero nosotros mismos traemos cara de mala conciencia. Sabemos que hay cadáver en la bodega. Cuando pensamos en el país, vagamente nuestra subconsciencia nos representa inmensos reductos de poblaciones que arrastran una existencia infrahumana. ¿Qué será este pueblo, una vez que todos sus hombres hayan tenido acceso al Hombre? Entonces y sólo entonces sabremos lo que da de sí nuestro pueblo.
            Alfabeto, sí. Pan del alma. Ha dicho muy bien el Presidente, en una manifestación que, más que un decreto, parece un grito humano. Pero, al lado, y antes, pan del cuerpo; algo de bienestar, algo de alegría en el vivir físico. Lo uno va con lo otro, y como el bienestar no llueve del cielo, hay que solicitarlo desde el suelo mediante un juego de técnicas cuya base es el Abecedario. “Alfabeto y jabón”, decía hace años José Vasconcelos, pensando en la necesidad de reconstruir biológica y culturalmente nuestra sustancia humana. Alfabeto, pan y jabón, hay que decir. Y todo lo demás se os dará por añadidura.

                        II. Las características actuales y las futuras
En nuestro pueblo, como en todos, hay, pues, características manifiestas y cualidades posibles o latentes, que aún no se han revelado por las estrechas circunstancias de angustia vital en que nos desenvolvemos hasta ahora.
            Sobre las características manifiestas se ha hablado ya mucho. La cortesía, por ejemplo —dulce freno a la animalidad y escuela práctica de humanización para el hombre—, ha sido objeto de elocuentes y eruditas disertaciones. Ruiz de Alarcón, M me Calderón de la Barca y otros testimonios han sido citados al caso. Y se ha explicado, con razón, que ciertas mareas de grosería —bajo las cuales todavía se conserva el fondo vernáculo y provinciano de las suaves maneras— son efecto, por una parte, de pasajeras turbulencias sociales que, naturalmente, empañan las condiciones genuinas (pues no es posible, en medio de la guerra civil y con la pistola al cinto, seguir siendo el que antes se era); y por otra parte, son efecto de una evolución general del mundo. Las sociedades, montadas por decirlo así en la velocidad física, van demasiado de prisa para andarse con miramientos. Y mientras se encuentra un nuevo equilibrio entre la celeridad y la ceremonia, la gente, en todas partes, como que se ha vuelto algo ruda.
            Sobre los dones artísticos del mexicano se ha dicho también ya lo bastante. Barro, vidrio, paja, pluma, plata y oro, y las demás artes populares, hasta llegar a nuestra magnífica pintura; facultades musicales y líricas, también pasajeramente empañadas por la demanda de las nuevas industrias (radio, cine), demanda excesiva que tiende a hacer de nuestro canto un llanto monótono o un recitado tremulento y ridículo, todo ello producción adocenada y, esperémoslo, condenada a desaparecer…  Los dones artísticos del mexicano nunca han sido puestos en duda. Pero el arte, como el amor, es otro orden sagrado de la vida, arisco e irreducible, y compatible en mucho aun con la exasperación social y con los trastornos institucionales. Es, también, válvula por donde escapa el dolor, desquite contra la amarga existencia.
            Entre las características manifiestas y las virtudes latentes hay una gama intermedia de indicios, que nos permiten desde ahora sospechar algunos desarrollos futuros de nuestro pueblo, cuando se lo ponga en situación de crear en el bienestar.        
            Nos referimos a esa aptitud de discreción que, en la poesía, la crítica ha llamado el “tono crepuscular”; la aversión a las notas chillonas (salvo casos excepcionales, naturalmente); y que yo, por temor a las implicaciones de “decadencia” o “desvanecimiento” que la palabra “crepuscular” trae consigo, más bien llamé la tendencia a la mesura y a la rotundez clásicas. Que éstas me parecen ser, en efecto, las normas —más que eso—, las formas en que está vaciada el alma mexicana.        
            Vista la medalla por el reverso, obsérvese que, entre todos los pueblos de América —y a pesar de las apariencias y el desvío de apreciación que nuestros trastornos intestinos pudieron provocar entre quienes nos ignoran—, el mexicano es el menos “tropical” de los pueblos; entendiendo por “tropical” lo arrebatado y ciego, lo candorosamente confiado, lo excesivo en las manifestaciones sentimentales y en las palabras inútiles. El mexicano es reservado y sobrio, al punto que todos los demás países de América nos parecen algo desmedidos e ilusos (sea dicho con sana intención), sin exceptuar a los Estados Unidos, tan amablemente charlatanes; a los argentinos, tan fácilmente satisfechos; a los chilenos mismos, que se dan por los escandinavos del sur.  
            Pues bien: esta reserva, este freno, esta desconfianza, esta necesidad constante de la duda y la comprobación, hacen de los mexicanos algo como unos discípulos espontáneos del Discurso del Método, unos cartesianos nativos; y los disponen, para cuando llegue el día del bienestar, del acierto político, y el consecuente despliegue de las facultades hoy inhibidas, a ser un pueblo científico por excelencia.     
Lo cual no quiere decir que se pierdan, por eso, otras virtudes interiores y superiores de inspiración, hondura y recogimiento metafísicos. Ya lo presenciarán nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos.
Todo, México, 14.IX-1944.   


Reyes, Alfonso. “Reflexiones sobre el mexicano”. Los trabajos y los días. México: FCE, 1959. 421-424. Impreso. Letras Mexicanas. Vol. 9 de Obras completas. 26 vols.        

martes, 6 de mayo de 2014

Alma solitaria

Tarde o temprano llega el momento en el que la primera de muchas “almas caritativas” aparecerá para cuestionar tu soledad ‒como los minutos, las horas, los días… una tras otra, en cuanto comience a correr el reloj, no se detendrán‒. Te querrán separar de esa soledad que tanto amas y nadie comprende por qué. Y así, como el tiempo, harán estragos en su relación.

Empezarán por concretar citas para ti sin preguntarte: "Te voy a presentar una amiga [¿para qué? ‒te preguntaste‒], piensa y es como tú [entonces no querrá conocerme ‒pensaste‒], ya le hablé de ti, llega en unos minutos". Han pasado algunas horas, ya los presentaron oficialmente y terminaron de hacerse las preguntas de rutina “¿A qué te dedicas? ¿Dónde vives? ¿Ya viste [la última película de moda]? ¿Qué música te gusta?”, respondiste cortésmente y replicaste las preguntas para recibir respuestas que no te interesaban. Quizá sea hora de regresar a casa antes de que aparezca ese instante en el que una reunión cuenta con alguna anécdota memorable de la cual se habla por semanas y se recuerda. “¡Oh, sí! Fue cuando te presenté a […]”. Pero no has sabido retirarte a tiempo ‒una vez más, ver correr el vino gratis te ha jugado una mala pasada‒, te enteraste de que recién terminó una relación donde fue víctima de abuso de confianza ‒la engañaron pues‒, pero ya se está recuperando de ello, ahora sale con su maestro de [algo] y habla con él por horas ‒una muestra de amor puro y “fiel” según ella‒. Te han jodido bien, ahora cuentas con una “amiga” que te ve como su hermanita con la cual se puede confesar, un número más en su celular, próximos amigos en las redes sociales. Ni con el vómito derrochado por la calle podrás salir de esta, por lo menos has regresado solo a casa, ¿una pequeña victoria?     

Posteriormente llega el tiempo de citas dobles: una pareja "feliz", la amiga de alguno de ellos y tú. Después de muchas negativas accedes a salir de tu microcosmos para que se olvide el asunto de una vez por todas. Y ahí vas, esperando salir con estilo de aquel predicamento, esperas esquivar la bala de aquellas cacerías que tanto detestabas en la adolescencia ‒preferías disfrutar del paisaje‒.           
            Salen presas y cazadores a jugar, la ciudad se convierte en un bosque cuando desaparece el sol en el horizonte, pero tú prefieres abstraerte observando el paisaje. ¿Era tan difícil para los demás entenderlo? Sonríes, eres políticamente correcto, hasta cierto punto agradable, pero haces alguna observación con malicia para no pasar por alguien que quiere dejar una buena primera impresión. Pasan las horas, corren los tragos, las intervenciones del “alma caritativa” no ayudan, y eso es bueno, quizá puedas regresar a tu reinventado vientre materno antes de lo previsto. Al parecer no fue tan obvio para el juez que solo estabas ahí por los tragos.

‒ ¿Por qué no le dices nada?           
‒ ¿Qué le podría decir, "no hay nadie en el mundo más linda que vos"? En realidad ella está aquí por ti, sus ojos no pueden ocultar el secreto.                 
‒ ¿En serio…?

Esquivaste la bala, muy bien.

Y cuando por fin crees haber superado las citas imprevistas y dobles, aparece el consejo en el bar: "No estás para ser exigente, búscate una feíta [¿Como para qué, quién dice que ando buscando guapas o feítas?], no todas deben ser bonitas, inténtalo... a ver qué sale". Solo sonreíste, diste otro trago a la cerveza y callaste, te recriminabas haber aceptado la invitación a beber una cerveza con esa pareja, pero el calor daba para tolerar ese tipo de recomendaciones. Después te enteraste, aquel ser ilustrado había seguido su propio consejo, ahora se encuentra comprometido con alguien a quien no “ama” y, mucho menos, desea. Pero... “a ver qué sale”.  
           Al final las “almas caritativas” desisten en su intento por apartarte de sol… Claro, no sin antes insinuarte la sospecha de una ligera tendencia homosexual en tu vida. Respetarán tu decisión ‒les oíste decir‒. Por fin puedes estar tranquilo con ella, acompañados pero solos, tú y ella abrazados, te has entregado a la felicidad.       
            Mientras te escucho balbucear pierdes la mirada en el horizonte, como si las limitaciones de la visión humana no representaran un obstáculo para ti. A fuera el viento sopla y arranca las últimas hojas de los árboles, se acerca el invierno. Limpio el hilo de baba que se ha escapado de tu boca. De la calle sube un sonido de bastón, movimientos torpes delatan la inexperiencia para desplazarse de una persona ciega, sus pasos lentos e inseguros se escuchan adentro de la casa, ambos sabemos lo que eso significa… Tu burbuja de felicidad está por reventar. >>>



"No tengo muy claro el camino 
a dónde voy a dónde ir "



miércoles, 5 de marzo de 2014

De los placeres del amor

... apenas he conocido, involuntariamente, lo que alguna pareja imprudente ha compartido conmigo en el transporte público. Espero que algún día se den vuelta, me miren y pregunten: ¿Lo gozaste?

 −Sí, esa caricia perdida, el roce inconsciente, tu cabello posándose sobre mi libro distrayéndome de la lectura ¡me fascinó! ¿Podría participar documentando su danza, su lucha cuerpo a cuerpo?


En ocasiones envidio a esas parejas que logran abstraerse del mundo delegando lo obsceno al criterio del espectador. Me recuerdan a las aves en celo, libres en el cielo, entregadas al cortejo de apareamiento, altaneras en las alturas enumerando sueños rotos del ser humano. A veces con los ojos anhelo su pasión; otras las detesto.

"Va llegando la primavera".

martes, 4 de marzo de 2014

Cuando la pobreza atrae pobreza.

I
En época de vacas flacas, a mi madre le regalaron una bolsa de leche −de la desaparecida “CONASUPO”−. De esa leche, que nos nutrió en la primera infancia a mí y dos hermanos, conocíamos su sabor peculiar y desagradable. La única forma de consumirla, y no terminar vomitándola, era combinándola con arroz, lo que en el mundo de la repostería llaman “arroz con leche”. Pero mi Madre quería hacer un arroz con leche “especial”, ya que hacía mucho tiempo no lo probábamos. Esperó unos días para juntar un poco más de dinero y comprar los aditamentos que le darían al postre un sabor “que nunca olvidaríamos”.           
                Por fin llegó el día, todo era alegría en el espacio que llamábamos cocina. Mi madre puso a cocer en una olla con agua el arroz, una rajita de canela y azúcar; cuando el agua se evaporó, sacó del refrigerador la bolsa de leche, que alguna alma caritativa le obsequió, y la vertió en la olla junto al arroz, canela y azúcar −el hogar se impregnó de agradable aroma−; entonces, sacó una lata de leche condensada de marca ostentosa, y un puño de pasas –el toque distintivo que haría de ese día algo especial−, nos invitó a observar la culminación del proceso, agregó la leche condensada y pasas al mismo tiempo, se dispuso a mezclar los ingredientes con una palita de madera, pero la leche comenzó a subir rápidamente por la olla, desbordándose y ensuciando la estufa –herencia de algún pariente pudiente−, el espectáculo me recordó aquél experimento escolar en el que se simula la explosión de un volcán. No probamos el postre tan esperado.
                Resulta que la bolsa de leche, cuando se la regalaron a mi madre, tenía ya dos días de caducidad y para cuando compró los complementos ya tenía ¡seis más! Mi madre era de decir “a caballo regalado no se le ve colmillo” –Pero madre, revisa la fecha de caducidad por favor−, su fe ciega en la caridad humana y una deficiencia en el olfato hicieron que en la casa se desperdiciaran recursos, recursos que en días posteriores extrañamos.

martes, 28 de enero de 2014

Batallas bajo "El México".


I

En un mundo competitivo nos enseñan desde pequeños a querer ser el primero, “Maestra, ya termine” –preguntar ¿dónde está mi premio? y aplaudir como foca no era necesario en esa época −. Cuando me dicen: "eres el segundo que... alguien más ya...", me enojo. Fui tan bien adoctrinado –casi como un perro de Pavlov− que me rehúso a siquiera a terminar de escuchar ese tipo de frases.    
            El otro día, mientras esperaba para abordar el metro −apretado entre cientos de individuos−, miré a los de la primer fila posicionados donde se abrirían las puertas − ¡qué envidia!−. Conforme avanzaba hacia nosotros aquel monstruo de acero, ellos, los ganadores, los primeros, retrocedían mientras los perdedores empujaban hacia adelante, como hienas aprovechaban su ventaja numérica para arrebatar una pequeña victoria a quien espero y gasto energía.                 Hay algo en lo que no quiero ser el primero. No quiero ser el primero en sentir y escuchar el soplo estruendoso de la muerte acercándose por el túnel, mientras detrás empujan. Sólo quería subir al metro, ahora me mantengo al margen de la linea amarilla mientras veo pasar mi vida.




II
Recién empezando el año mis ganas por salir a la calle han disminuido, ya sea por el violento aumento en los costos del transporte público, el alza generalizada de precios o la violencia misma. Pero me he visto obligado a salir −de esta burbuja− por un dolor de muelas.              
                Al regresar de visitar al Terrorífico Sr. Dentista, tomé el metro −pagué mis 5 pesos con rencor− y me dispuse a llegar lo más pronto posible a casa. Pero frente a mí iban dos señoras −como de 40 y 60 años−, llevaban paso lento hacia las escaleras mecánicas que subían, tomé las fijas para evadir su lento andar. Subí unos escalones y escuché un grito −pese a traer los audífonos puestos−, volteé y las vi cayendo. La señora mayor se pego en la cabeza, las escaleras subían y ellas bajaban dándose de sentones intentando pararse. Otra señora, que venía atrás, corrió para auxiliar a las primeras −me quedé congelado viendo aquel espectáculo desagradable−, pero no conseguían ponerse de pie, incluso iban a tirar a la tercera. Para cuando llegué a ayudar, ya sólo quedaba una en el suelo, intenté levantarla y la señora decía “joven… se me cayó mi mamá… deme la mano… jale fuerte”. Llegando a salvo al final de las escaleras nos dieron las gracias. Me sentí bien, creía haber hecho algo bueno.
                  Una duda inundo mi cabeza: ¿y si todo aquello era un espectáculo montado para bajarle la cartera a algún ingenuo? Un escalofrió recorrió mi cuerpo, me sentí agraviado y con pena para revisar los bolsillos, ya que aún se encontraban cerca algunos de los mirones que presenciaron el "acto heroico”. Dirigí las manos a los bolsillos −y recordé, no uso billetera− toqué el celular, mp3 y el último billete para llegar a fin de mes. Otra vez sentí un escalofrió, ahora se trataba de la culpa, por pensar mal de las señoras en apuros. No pude evitar sentirme miserable.

domingo, 14 de julio de 2013

Testamento de Pito Pérez

             “Lego a la Humanidad todo el caudal de mi amargura.

            “Para los ricos, sedientos de oro, dejo la mierda de mi vida.

            “Para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y lo toman todo en un arranque de suprema justicia. ¡Miserables esclavos de una iglesia que les predica resignación y de un gobierno que les pide sumisión, sin darles nada en cambio!

            “No creí en nadie. No respeté a nadie. ¿Por qué? Porque nadie creyó en mí, porque nadie me respetó. Solamente los tontos o los enamorados se entregan sin condición.

            “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!

            “¡Qué farsa más ridícula! A la Libertad la asesinan todos los que ejercen algún mando; la Igualdad la destruyen con el dinero, y la Fraternidad muere a manos de nuestro despiadado egoísmo.      
            “Esclavo miserable, si todavía alientas alguna esperanza, no te pares a escuchar la voz de los apóstoles: su ideal es subir y permanecer en lo alto, aun aplastando tu cabeza.

            “Si Jesús no quiso renunciar a ser Dios, ¿qué puedes esperar de los hombres?...

            “¡Humanidad, te conozco; he sido una de tus víctimas!

            “De niño, me robaste la escuela para que mis hermanos tuvieran profesión; de joven, me quitaste el amor, y en la edad madura, la fe y la confianza en mí mismo. ¡Hasta de mi nombre me despojaste para convertirlo en un apodo estrafalario y mezquino: Hilo Lacre!

            “Dije mis palabras, y otros las hicieron correr por suyas; hice algún bien, y otros recibieron el premio.

              “No pocas veces sufrí castigo por delitos ajenos.

        “Tuve amigos que me buscaron en sus días de hambre, y me desconocieron en sus horas de abundancia.

            “Cercáronme las gentes, como a un payaso, para que las hiciera reír con el relato de mi aventuras, ¡pero nunca enjugaron una sola de mis lágrimas!

            “Humanidad, yo te robé unas monedas; hice burla de ti, y mis vicios te escarnecieron. No me arrepiento, y al morir, quisiera tener fuerzas para escupirte en la faz todo mi desprecio.

            “Fui Pito Pérez: ¡una sombra que pasó sin comer, de cárcel en cárcel! Hilo Lacre: ¡un dolor hecho alegría de campanas!

            “Fui un borracho: ¡nadie! Una verdad en pie: ¡qué locura! Y caminando en la otra acera, enfrente de mí, paseó la Honestidad su decoro y la Cordura su prudencia. El pleito ha sido desigual, lo comprendo; pero del coraje de los humildes surgirá un día el terremoto, y entonces, no quedará piedra sobre piedra.

            “¡Humanidad, pronto cobraré lo que me debes!...

Jesús Pérez Gaona.

Morelia, a…”

miércoles, 10 de julio de 2013

2. DOMINGO SIETE - Alfonso Reyes

No hay cosa que requiera más tiento que la
verdad: que es un sangrarse del corazón.
GRACIÁN.

CADA noche arranco una hoja de mi calendario, temiendo que el tiempo me deje atrás. Hora metafísica la de matar el día, el gallo de los zapateros la delata; y apresuramos la marcha, temerosos de perder el ritmo solidario.
            Hoy —sábado 6 de diciembre de 1913— me sorprende al matar el día, cual un punto fijo en mitad del tiempo, una combinación pitagórica: Domingo 7.
            De niño ¡cuántas cosas me enseñaban que yo no entendía! A un resto de los antiguos métodos, no menos que a la docilidad de la mente infantil, debo la fortuna de haber aprendido de memoria lo que no entendía. Así, me sorprendo frecuentemente recitando frases que desde la infancia me están resonando en la cabeza, pero que entonces no tenían sentido para mí. Poco a poco, la vida me va descubriendo su misterio.
            Porque si la vieja pedagogía necesita defensores, sea yo el primero: hay cosas que se deben aprender aunque no se entiendan, cosas que deben estar en la memoria primero, y después en la voluntad, aun antes de estar en el entendimiento. La misma visión del universo la recibimos dogmáticamente; la conciencia, hilo del ser, no es más que memoria de momentos. Cuando todo se entiende ya, es ya demasiado tarde para aprenderlo. Yo no entiendo, no, la generación de la vida: vivo de memoria.

            Pues bien: entre los muchos cuentos que cuentan las viejas tras el fuego, hay uno que, por ser irónico, no tenía asidero para mi inteligencia infantil: la ironía es la última conquista.
            Juanito —dice el cuento— salió al campo cierto día en que celebraban las brujas su concierto. Viéndolas venir a lo lejos, trepó a un árbol para ocultarse Pero Juanito no se percató de que había escogido para escondite el árbol sagrado de las brujas.
            Las brujas, pues, se ponen a bailar en corro en redor de su árbol, y Juanito, ahogando el resuello, las oye girar al compás de un canto monótono:     


Lunes, Martes, Miércoles, tres;
Jueves, Viernes, Sábado, seis.

            El inocente acaba por cansarse; y particularmente le choca que, decapitando ostensiblemente la semana, las brujas se olviden del Domingo. Y grita con estentórea voz:
            — ¡Domingo, siete!
            El fin de la historia se adivina: las brujas, que hasta entonces no habían visto a Juanito, lo bajan del árbol y se lo comen. Y aquí el cuento se complicaba con no sé qué consideraciones sobre el horror de la bruja por el Domingo, día del Señor.
            Para los escoceses de Charles Lamb —directos antecesores de Celui qui ne comprend pas— y para mi pobre cabeza infantil, la observación de Juanito resultaba sumamente acertada y, para decirlo todo, de una lógica irrefutable, matemática. Sólo faltaba saber si era oportuna.
            Pero la verdad ¿puede alguna vez no ser oportuna?
            —¡No hay que escatimar la verdad! —grita el Gregorio ibseniano desde las páginas del Pato silvestre. Con todo, en la última escena, como resultado de sus experiencias, exclama:
            —He decidido suicidarme.
—    ¡Vaya usted a paseo! —le responde gentilmente el Doctor.

            Por mucho que lo nieguen los tratadistas, en el libro de las intuiciones, a tantas hojas, se halla escrito que la verdad admite matices de mentira. Uno de ellos es la verdad a medias: la de los políticos, la de los médicos, la de todo el que formula diagnósticos o dice la buena ventura por sociología, química, astronomía o quiromancia; la de los augures de toda especie, que ya en los dichosos tiempos de Catón soltaban la risa al encontrarse. Otro matiz de la verdad es la verdad innecesaria. Difícilmente me convencerán los lógicos rutinarios de que la verdad innecesaria es una verdad absoluta; difícilmente concederé que, en el caso de mi cuento, el Domingo fuera precisamente “siete”. ¡Pobre cabeza simétrica que necesitaba completar la semana a toda costa, aun a costa de su seguridad y —lo que es peor— a costa del ritmo del verso!
            Ese “Domingo Siete”, ese desequilibrio mecánico incrustado en la vida es, para Bergson, el símbolo de lo cómico. Y otro tanto se ha dicho ya de los versos de Don Quijote:

Hiriólo Amor con su azote,
no con su blanda correa;
y, en llegándole al cogote,
aquí lloró Don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

O “del Domingo Siete”, que todo es uno.

Este anhelo cómico de verdad no pasa de ser una hipertrofia, una enfermedad técnica como cualquiera otra: el arte por el arte, el estilo por el estilo, la verdad por la verdad, son todos una misma clase de errores. Los técnicos de la verdad quisieran establecerla a toda hora, dejarla siempre sentadita en su trono; quisieran decir la verdad aun en los preciosos instantes de mentir o cantar.
            Y no: la verdad es, en su origen, una necesidad vital; como el arte, la crea la vida. Ya nos hablaba el filósofo de los errores que, a fuerza de vivir, se vuelven aciertos. Ansiar la verdad innecesaria es una inercia lógica, una solidificación del espíritu, y una falta de educación. La verdad es, en esencia, un modo de oportunidad. Es, vista desde fuera, una adecuación.

            —Y, vista por dentro, un estado de ánimo, como la alegría o la pena —oigo decir al otro escéptico.

martes, 2 de julio de 2013

José Luis González y los negros.


En los cuentos de José Luis González podemos observar: racismo, discriminación, pobreza, ignorancia, migración y una segmentación social muy marcada, donde los negros son el último eslabón de la cadena. Pongamos por caso “Santa Claus visita a Pichirilo Sánchez” con la siguiente frase: “No todos los negros son brutos”, en este cuento José Luis González nos narra la historia de Pichirilo, un negrito que acaba de descubrir la existencia de Santa Claus, al final Pichirilo piensa haber visto a Santa Claus salir de su casa, cuando lo que vio fue a Asalon (vendedor de mala reputación)  quien acababa de abusar de su hermana mayor.   

                   El abuso sexual también forma parte del Puerto Rico de González, un ejemplo lo tenemos en “La mujer”, donde una chica del campo es violada, y queda embarazada, por un “ingeniero”, al enterarse el padre de la chica de esto, busca al ingeniero y lo mata de un machetazo. El padre cumple una condena preso y al salir sufre la misma suerte del ingeniero solamente que… a manos de su hija −al parecer por proteger a su hijo−. La violencia hecha cuento.

                   Pero, ¿Qué hay más violento que una guerra? Quizás tener que participar en la guerra de otros, esto es lo que sucede en el cuento “Una caja de plomo que no se podía abrir”, en este cuento José Luis González narra cómo fueron recibidos los restos de Moncho Ramírez, obligado a participar en una guerra que no era la de su patria, la madre inconsolable por la pérdida de su hijo −y por no poder ver por última vez a su hijo−, mientras los soldados, que llevaban el cuerpo, parecen indiferentes ante su sufrimiento, para ellos es sólo un protocolo, la voz narrativa al final recibe una carta y nos menciona que no necesita que le traduzcan esa carta (falta de educación), él sabe de que se trata, es el aviso de reclutamiento militar, así se verá obligado a dejar su casa, su familia y a sus amigos, al igual que lo hacen los migrantes del pueblo a la ciudad (en busca de mejores oportunidades). 
                   Hablando de los migrantes, José Luis Gonzales tiene un cuento llamado “La carta”, donde un chico, al parecer de pueblo, sale en busca de mejores oportunidades a la ciudad y al no encontrarlas tiene que mendigar −para poder enviar esa “carta”− en la cual podemos leer como distorsiona la realidad para que los lectores piensen en un éxito ilusorio. “Mentir para no ser descubierto como un fracasado”, es al parecer el tema central de este cuento, el orgullo del “hombre”.            
                   El orgullo del hombre (el hombre pobre, en este caso de los negros), se muestra en el  cuento “En el fondo del caño hay un negrito”. “pendejos” dice el padre de familia al paso de un camión, desde donde alguien echa un vistazo a su casucha, quizás por la impotencia de no tener que comer, siempre a la defensiva, como decía Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en  México: “El desconfiado está siempre temeroso de todo, y vive alerta, presto a la defensiva. Recela cualquier gesto, de cualquier movimiento, de cualquier palabra. Todo lo interpreta como una ofensa”.        
                         Es un cuento triste, ese, donde un negrito se reúne con su reflejo al final del caño. José Luis González nos presenta un aspecto social del Puerto Rico que tuvo la oportunidad de  observar y darnos a conocer: como la gente llegaba e instalaba sus casas en lugares inseguros, como se hacían sacrificios por parte de los padres para sacar adelante o para que sobrevivieran sus hijos; otro aspecto es el machismo “La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer fue la noche que regresó a casa borracho y deseoso de ella pero la borrachera no lo dejó hacer nada. Tal vez por eso al hombre no le hacía gracia aquella mueca.”, pero hay otra expresión que le gusta −porque es la que le conviene como hombre− “La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer no fue en ocasión de un despertar, sino la noche que se acostaron juntos por primera vez. Quizá por eso a él le hacía gracia verla despabilarse así todas las mañanas.”. La pobreza vivida por esta familia resulta impactante y la muerte del negrito puede partir el corazón de algunos o quizás no, recordemos la frase “un negro menos no le va a hacer falta a nadie” del cuento “La galería”.                   
                   En “La galería”, nos encontramos con otra punto de vista, de esa realidad descrita por González, la de una clase social dominante: los blancos. Sin dejar de lado la crítica social, el autor nos narra −en la visión de un niño blanco− como se desarrolla una reunión familiar, pasando de la exploración sexual con la prima a como sobrevivió su tío de niño gracias a la leche de una negra. Todo esto hace huir al niño, más aun al saber que el hijo de la negra murió y como su tío se regocija diciendo: “un negro menos no le va a hacer falta a nadie”.            
                   Muchos quisiéramos salir corriendo ante temas como: muerte, migración, machismo, sexualidad, racismo y pobreza -como los que expone José Luis González en sus cuentos-; sin embargo, debemos estar atentos con los expuesto por el escritor, su propósito es traernos imágenes que en nuestra vida citadina no podríamos percibir con la claridad de él, un Puerto Rico violento.



*En México resulta difícil conseguir los textos de este autor e incluso en la web -quizás porque hablar de negros no es rentable-, pero en las siguientes ligas podrán encontrar algunos cuentos que aparecen en La galería y otros cuentos.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/pr/gonzalez/jose_luis_gonzalez.htm

http://es.scribd.com/doc/75605118/Jose-Luis-Gonzalez-La-galeria

http://es.scribd.com/doc/75605760/Jose-Luis-Gonzalez-La-mujer

jueves, 27 de junio de 2013

El negrito bailarín.



Cómo olvidar aquella época de  bailables interminables al finalizar el ciclo escolar del nivel básico. En cuanto se acercan las posadas comienzan los ensayos, pasando por días de: primavera, niño, madre, padre, fin de curso –en donde se reciclan las mejores actuaciones del año incluyendo las del mes patrio−. Así transcurre la infancia en México, entre bailables y libros. El que no coge gusto por el alfabeto, por lo menos, sabrá bailar sus futuras penas.           
            En alguna ocasión, creo para un “día del niño”, alguien sugirió hacer una tabla rítmica junto a la música del gran Gabilondo Soler (Cri-Cri, el grillito cantor), la pieza escogida fue: “El negrito bailarín”. Apenas al escuchar “negrito” sabía que era mi momento para brillar, por primera vez “el prieto” seria el protagonista.          
            Se hizo una selección rápida, la maestra busco la sombra entre sus alumnos, después del primer pandeo de su mirada fui señalado, “¿Quién vota por él?”… y así fui elegido por la mayoría de la clase, no sé por qué. Pero, como siempre, lo que fácil llega al prieto se debe cuestionar, ¿por qué no hacer la selección del negrito entre todos los grupos del mismo año? al escuchar tal cuestión sólo podía pensar: ¡¿Qué?! No hay nadie más morenito que yo en toda la escuela, por favor,  no por nada me apodan “el negro”, vamos a competir, ya verán.       
            No pasó ni una hora y ya tenía dos rivales para luchar por el personaje. Los competidores pasábamos del claro al oscuro, tres iconos de la sociedad mexicana: el güero, el moreno y el prieto. La competencia seria pan comido, pensaba.         
            Se reunieron los tres grupos, que conformaban el 5º año de primaria, en un aula magna para designar al Negrito. Pan comido, pan comido. La decisión sería tomada por los compañeros, basándose en gritos y aplausos −ahí estaba recordando los “rebaños de esclavos” de La cabaña del tío Tom−. Con la primera ronda de bullicio se retiró de la contienda al moreno. ¡¿Qué?!, no importa, pan comido, pan comido. La segunda y tercera ronda fueron empates, ante lo cual, alguien sugirió tener dos negritos. ¡¿Qué?!. Imposible, la canción es “el negrito”, dijo algún profesor, entonces se nos hizo una pregunta: ¿por qué serias un mejor negrito? las palabras del “güero” terminaron con una sonrisa que deslumbraba −más que su piel− y algún paso de baile, mis palabras terminaron con un “él es blanco”...           
            …Por fin llego el día del bailable, la escuela repleta de padres de familia, ya habían realizado su presentación los chicos del primer, segundo y tercer grado, y yo veía como cubrían con maquillaje el rostro del “güero”, mientras él practicaba hinchando sus labios finos para mostrarlos gruesos al público. La algarabía fue tal, que pidieron se repitiera, en dos ocasiones, “El negrito bailarín”, algo nunca antes visto. Me vi obligado a presenciar, una y otra vez, cómo aplaudían al “negrito-güero” e incluso tuve que aplaudir, el desgraciado era bueno haciéndola de negrito.