jueves, 6 de junio de 2013

Moby Dick más allá de la ballena.



Hace algunos días, con el interés fugaz que genera un día “internacional del libro”, se citaba a Gabriel Zaid: “La humanidad pública un libro cada medio minuto [...] los libros se publican a tal velocidad que nos hacen cada vez más incultos. Si uno leyera un libro diario, estaría dejando de leer 4000 publicados el mismo día. [...]Su incultura, 4000 veces más que su cultura” (cit. en Lector en fuga). Estoy de acuerdo, se publican muchos libros y somos más incultos, pero ¿acaso todos los libros publicados merecen ser leídos por el vulgo? Obvio no, muchos esos libros publicados son especializados, para cierto tipo de lectores, por lo cual no debería ofender esta “incultura”, que aumenta cada “medio minuto”, para ello será necesario recordar lo que nos decía Jorge Luis Borges:

El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta 'el modo imperativo'. Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen; que no lo lean porque es famoso, que no lean un libro porque es moderno, que no lean un libro porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz
  (Clarín, s. pag.).
Bajo esta enseñanza de Borges, se justifica la lectura o no de ciertos libros, hay momentos en la vida en los que algunos libros pueden resultar pesados y de poco interés para nuestro intelecto aun no desarrollado. Eso es lo que pasa con grandes obras de la literatura universal, nos espantan con su grosor, el gran uso de la palabra y las historias lejanas a nuestra cultura, ejemplo de ello es Moby Dick –libro del cual se desprende el presente ensayo− con el cual tuve un encuentro desagradable en la infancia, pero que al hacer una lectura reciente... me atrapo, hablemos de los temas que me resultaron interesantes en la nueva lectura.   

1.     Motivos para embarcarse.

Herman Melville a través de Ismael –quien mediante pensamientos profundos nos brindara los del autor− nos dice al comienzo de su libro: “¡mirad! Ahí vienen más multitudes, andando derechas al agua, y al parecer dispuestas a zambullirse”, “Hay magia en ello. Que el más distraído de los hombres esté sumergido en sus más profundos ensueños: poned de pie a ese hombre, haced que mueva las piernas, e infaliblemente os llevará al agua, si hay agua en toda la región” (28); los hombres se ven atraídos al agua por instinto, Herman mitifica al agua, pongamos los motivos de algunos de sus personajes:           
            Ismael: Sin dinero y sin nadie a quien buscar en tierra, busca que su soledad sea menos en la soledad del mar y cumplir a unos de sus sueños o el llamado del agua un tanto suicida: “Es mi sustitutivo de la pistola y la bala” (27).            
            Capitán Ahab: su principal motivación es la venganza y el odio, dejando de lado su profesión de caza ballenas, aquí algunos pensamientos de sus subordinados: “he venido aquí a cazar ballenas, y no para la venganza de mi jefe. ¿Cuántos barriles le dará la venganza, aunque la consiga, capitán Ahab?” (246) “Él estaba absorto en una venganza audaz, inexorable y sobrenatural” (272)   
            Queequeg: o “un amigo entrañable”, nativo de Rokovoko, busca un encuentro con la cristiandad: “en el alma ambiciosa de Queequeg se abrigaba un fuerte deseo de ver algo más de la Cristiandad que un ballenero o dos de muestra” (101), para después darse cuenta de que “El mundo es malo en cualquier meridiano: moriré pagano” (102).           
            Con los motivos para adentrarse a la mar de los tres personajes mencionados arriba, se pueden identificar tres cuestiones que mueven al ser humano: La muerte, la venganza, y el conocimiento; y todos a la vez englobados en la fe.

2.     Citas bíblicas.

Herman Melville, para no dejar camino a la especulación desde un principio nos menciona las citas de las cuales hace uso en su novela y llaman la atención las bíblicas, siendo la referencia a Jonás la que marca la dirección de Moby Dick:  

Pero ¿qué es esa lección que enseña el libro de Jonás? […] Como hombres pecadores, es una lección para todos, porque es un relato del pecado, de la dureza del corazón, de los terrores repentinos, del rápido castigo, el arrepentimiento, las oraciones y finalmente la liberación gozosa de Jonás” (82-83).
Con este pecado de desobediencia en él, Jonás sigue ofendiendo aún a Dios, al tratar de huir de Él. Cree que un barco hecho por hombres le va a llevar a países donde no reine Dios, sino sólo los Capitanes de este mundo […] ¿No veis, pues, compañeros, que Jonás trataba de huir de Dios a todo lo ancho del mundo? ¡Hombre miserable! ¡Oh, el más vergonzoso y digno de todo desprecio (83).
Estas citas las podemos aplicar al libro directamente, sobre cualquiera de los personajes mencionados anteriormente, que van a buscarse al mar, a pesar de que al final sólo Ismael sobrevive al gran pez que Dios había preparado para que se tragara a Jonás. La religión es un tema que se tocara a lo largo del libro, vaya, hay todo un capítulo dedicado a una reunión religiosa. Cuestionamientos existenciales vienen a la cabeza de Ismael al conocer a Queequeg:

Yo era un buen cristiano, nacido y criado […]. ¿Cómo, entonces, me podía unir a este salvaje idólatra en la adoración de este trozo de madera? «Pero ¿qué es adoración? —pensé—. ¿Vas ahora a suponer, Ismael, que el magnánimo Dios del cielo y la tierra —incluidos todos los paganos— puede estar celoso de un insignificante Trozo de madera negra? ¡Imposible! Pero ¿qué es adoración? ¿Hacer la voluntad de Dios? Eso es adoración. ¿Y cuál es la voluntad de Dios? Hacer con mi prójimo lo que yo quisiera que mi prójimo hiciera conmigo: ésa es la voluntad de Dios (94).

La presencia de Queequeg resulta imprescindible para que el autor deje en la novela este tipo de cuestionamientos existenciales  −más que nada por la época en la cual fue escrita la novela, finales de siglo XIX−, un una sociedad que aun no estaba preparada para recibir este tipo de cuestionamientos de forma directa, he ahí el hecho de que exista todo un capitulo para generar la empatía con el pagano o “amigo entrañable”.
            Herman también hace uso del demonio en su novela: “¿qué era para ellos la ballena blanca?; ¿o cómo, para su comprensión subconsciente, también, de algún modo en penumbra y sin sospecharlo, podía haber parecido el gran demonio fugaz de los mares de la vida?” (273) “el demonio es un tipo curioso, y muy malo”, “una vez entró de paseo por el viejo buque insignia, moviendo el rabo, endemoniadamente tranquilo y hecho un señor, y preguntó al demonio qué quería. El diablo, removiendo las pezuñas, va y dice: «Quiero a John»” (456); ¿podría decirse entonces que debemos tener temor de dios, pero también del demonio?, esas son algunas cuestiones que nos deja Melville a lo largo del libro.

3.      El negocio de la ballena.

La isla de Nantucket es como dice el autor, la cuna de la caza de ballenas: “¿De dónde, sino de Nantucket, partieron por primera vez aquellos balleneros aborígenes, los pieles rojas, para perseguir con sus canoas al leviatán?” (35). Y siendo la cuna de la caza de ballenas sería apropiado hacerse al comercio de los diferentes productos que de ellas se obtienen, en el caso de esta novela “el aceite”: “¡Pensad en eso, oh, leales británicos! ¡Nosotros, los balleneros, proporcionamos a vuestros reyes y reinas la materia de la coronación!” (180).
            Los habitantes de la isla juegan un papel crucial en el comercio de la ballena: “La gente de Nantucket invierte el dinero en barcos balleneros, del mismo modo que vosotros invertís el vuestro en títulos del Estado que producen buenos Intereses” (128). Cuestión que al capitán Ahab no le importa al estar en busca de la ballena blanca y su venganza: “¡El mercado de Nantucket! ¡Bah! […] Aunque el dinero haya de ser la medida, hombre,[…] ¡déjame decirte que mi venganza obtendrá un gran premio aquí!” (246).
            El capitán Ahab se olvida del interés económico y como afecta a una comunidad  con su toma de decisiones, recordemos que el pueblo es el dueño del barco, viudas, niños huérfanos, viejos que ya no pueden salir al mar. Al final se encuentra la tragedia económica para la isla y para el capitán, que habiendo tenido a la mano las ballenas necesarias para obtener los barriles de aceite justos para poder regresar a casa… los deja ir: “. Dices que eres un barco lleno y rumbo a casa; bueno, llámame barco vacío y en viaje de ida. Así que vete por tu lado, y yo iré por el mío. ¡Adelante vosotros! Desplegad las velas, y ¡viento en popa!” (677).         

4.      Capitán Ahab mitificado.
           
El autor hace del Capitán Ahab un ser mítico, que cae en desgracia, revisemos la imagen que tienen de él sus subordinados:

Es un hombre raro, el capitán Ahab,[…]. Es un hombre grandioso, blasfemo, pero como un dios, el capitán Ahab; no habla mucho, pero cuando habla, le puedes escuchar muy bien. Fíjate, te lo aviso: Ahab está por encima de lo común; Ahab ha estado en colegios lo mismo que entre los caníbales; está acostumbrado a maravillas más profundas que las olas. ¡Su arpón! ¡Sí, el más agudo y seguro de toda nuestra isla! ¡Ah, no es el capitán Bildad; no, tampoco es el capitán Peleg: es Ahab, muchacho; y el antiguo Ahab, como sabes, era un rey coronado! (136)   

Para sus marineros el capitán Ahab lo es todo, independientemente de su oferta económica del “doblón de oro”, el respeto que le tienen viene de su perseverancia para alcanzar su objetivo, motivo por el cual dudan en algún momento, pero éste al salir victorioso de algunos imprevistos recobra con mayor fervor la devoción de sus marineros:

Mirad aquí, tres picos tan orgullosos como Lucifer. La firme torre es Ahab; el volcán es Ahab; el pájaro valeroso, intrépido y victorioso, es también Ahab; todos son Ahab, y este oro redondo no es sino la imagen del globo más redondo, que, como el espejo de un mago, no hace otra cosa que devolver, a cada cual a su vez, su propio yo misterioso (593).   

El Capitán es mitificado y por eso los marineros están dispuestos a perder la vida en nombre de él –y la perderán− hasta los más escépticos. En los momentos más difíciles de su travesía el Capitán se replantea: “Ahab se encontró ahora reducido otra vez, de modo abyecto, a ser un torpe hombre de tierra adentro”, pero el destino lo encuentra con su muerte intentando cobrar venganza, culminando así el drama por acabar con su demonio llamado Moby Dick.

5.      Reflexiones.

Moby Dick es una novela vieja, pero sigue siendo actual, quizás por el hecho de que el hombre haya explorado más el universo y tenga un vano conocimiento de las profundidades del océano, esto nos permitirá mediante la imaginación asombrarnos con esta novela. La estructurara y el lenguaje de la novela aún nos son familiares, intuyendo en el autor a un genio, bastaría citar alguna de las primeras páginas para saber ante qué tipo de autor nos estamos enfrentando en la lectura:

“Pero tragaos las lágrimas y arriba los corazones […] pues vuestros amigos, que han partido antes, están dejando libres los cielos con sus siete círculos, y exiliando ante vuestra venida a Gabriel, Miguel y Rafael, tanto tiempo mimados. ¡Aquí sólo tocáis reunidos corazones rotos; allí entrechocaréis vasos que no se pueden romper! (11-12)

Moby Dick, sería para aquellos que están alejados o no creen en un dios, un encuentro grato, con su interior –como Jonás y sus pecados−. Espero, en una lectura posterior, encontrar más cuestiones que sirvan para mi crecimiento personal, y al igual que los tripulantes del Pequod, venidos de diferentes partes del mundo, arrojarme al mar de conocimiento aunque éste me destruya.
            Y por no dejar, de acuerdo a la cita que se hacía en un principio de Gabriel Zaid, podremos decir que este libro, aunque se escribió hace más de cien años, tiene mayor importancia o utilidad que los cuatro mil libros que nos estamos perdiendo.




Bibliografía
Melville, Herman. (1851). Moby Dick o la ballena. España, Ediciones perdidas.
            

viernes, 26 de abril de 2013

La infancia de un niño pobre.



 Aprovechando la proximidad del “Día del niño”, dejo un texto de Gustavo Pereira sobre una realidad que algunos vivimos de cerca y otros no, la infancia en la pobreza. Servirá para acercar a las personas ajenas a  esas realidades −o que piensan “Todos los niños pobres reciben por lo menos un juguete” –. Leamos:

La infancia de un niño pobre posee todos los viajes, todos los faroles y todos los juguetes del mundo: caballos de palos de escoba, blancos, rucios, alazanes de cresta encendida; trenes, aviones, camiones de latas multicolores; zarandas de piedra pómez, de palos de playa o de puntas de caracol. Ellos elevan sus pompas de jabón hasta las naves voladoras en cuyas colas oímos alguna vez el lenguaje del cosmos y el adiós sin llanto de las nubes.       
                Papagayos, cometas o barriletes (que nosotros llamamos voladores) eran nuestros ovnis de infancia y provenían también de la pobreza. La armazón de caña brava, sostenida con pabilo, adhería al papel de estraza que por pliegos y a dos por locha el pulpero vendía o daba por ñapa y nosotros encolábamos con algodón (Cit. en Pérez 60).

Resulta interesante cómo −a pesar de la pobreza− la felicidad encuentra un camino en la imaginación de los niños. ¿Acaso debemos sentirnos miserables por cuestiones materiales?... ¿Cuántos se sintieron miserables al recordar a ese niño que creaba universos? ¡Bendito capitalismo!, que convierte a los niños en consumidores de objetos sin valor…

Por cierto, Feliz día del niño. 





Vocabulario.
Rucios. 1. adj. Dicho de una bestia: De color pardo claro, blanquecino o canoso. U. t. c. s.
Alazanes. 1. adj. Dicho de un color: Más o menos rojo, o muy parecido al de la canela.
Zarandas. 4. f. Ven. trompa (‖ trompo hueco que zumba).
Papagayos. 8. m. Ven. cometa (‖ armazón plana y ligera).
Barriletes. 6. m. Cuba y Ur. Cometa de forma hexagonal y más alta que ancha.
Locha. 1. f. coloq. Ven. Moneda que valía doce céntimos y medio de bolívar.
Ñapa. 1. f. Am. Mer. y Ant. añadidura.

Bibliografía.
Pérez, José. La cosmovisión del somari. Venezuela: El perro y la rana, 2011. 60. Impreso.

martes, 16 de abril de 2013

De Othón a Velarde, poesía mexicana de principios del siglo XX

En primer lugar nos encontramos con Los poemas rústicos de Manuel José Othón de Alfonso Reyes donde exalta “una obra tan firme y tan inatacable, […] construida sobre las bases mismas de la naturaleza humana, que honra a su vez […] a la patria misma donde ha surgido” (Reyes, Los poemas 7). Alfonso Reyes después hace una apreciación −desde el prologo al final− de Los poemas rústicos, del prologo nos menciona que el poeta lo hace a manera de defensa contra la aristocracia del arte y un elogio de inspiración personal “el artista debe ser impopular, inaccesible al vulgo […] (hablo del vulgo, del vulgo vestido, entiéndase bien)” (cit. en Reyes, los poemas 10). Reyes nos menciona como es que Othón describe los paisajes −la naturaleza− a través de sonidos y colores “parece que el paisaje va acercándose, poco a poco, al espíritu del espectador” (Reyes, Los poemas 11), siendo su principal preocupación el paisaje mas no las personas. Respecto de los sonidos Reyes menciona las características en los poemas de Othón: la concatenación de las estrofas, fluidez del verso fundida a la armonía y la realización lírica “donde la sonoridad ha de buscarse con los oídos […] y no con los ojos ni señalando con un lápiz las silabas acentuadas” (Reyes, Los poemas 13). La técnica de Othón es clásica y reanuda estilos suspendidos por las escuelas románticas, sus versos tienen una misión poética, los tópicos que maneja son: la religión (de la cual las críticas no le afectaba), el campo (y no la vida de campo), la casa, la familia, la raza y el deber. Ya al final de la vida de Othón parecía otro poeta del que escribiera Los poemas rústicos, “Mal hayan el recuerdo y el olvido” (passim Reyes, Los poemas). 

            El siguiente texto es “La derrota de la palabra” de Ramón López Velarde, si bien coincide en varias ocasiones con las expectativas de la poesía en Alfonso Reyes, es más directo, por ejemplo “la igualdad de ideas, uniformadas como soldados rasos, me produce el mismo malestar que me causaría ver un rostro idéntico en todas las mujeres” (López, La derrota 21). López Velarde nos menciona como es que “el hablar por hablar” y el abuso de la palabra en los círculos literarios vulgarizan la palabra. Hace una observación a las formulas de poesía, de estética prefabricadas (los cánones de estética en la poesía), “la palabra se ha convertido de esclava en ama cruel” (López, La derrota 22) mediante varias metáforas demuestra su punto, ya sea con una novia que cambia en la vida de casados o con un par de recetas donde refleja los estilos actuales y los tradicionales. Resalta la siguiente frase: “Ya el espíritu no dicta a la palabra; ahora la palabra dicta al espíritu” (López 23) contrasta mucho con el ensayo de Reyes donde resalta la libertad del poeta, pareciera que en seis años (la diferencia entre un ensayo y el otro) se volvió necesario regresar al espíritu a la poesía, Ramón López parece decirnos que el alma es fuente directa de la poesía y hay que quitar todos esas reglas que obstaculizan la libertad del alma en la poesía.           
            Si bien Alfonso Reyes toma en cuenta la parte estética de la poesía, también echa mano de lo que después Jakobson llamaría “función poética”, ya sea que en su teoría literaria −donde incluso corrige a Ortega y Gasset en su Deshumanización del arte− muestra interés por qué las palabras se originen en el espíritu del autor y no por cuestiones estéticas, coincidiendo con López Velarde en la conversación, el autor debe conversar con el lector (passim Reyes, Teoría literaria).        
            Para ejemplificar esto resulta necesario hacer mención del poema “Sol de monterrey” de Alfonso Reyes. Siendo un gran filólogo, Reyes muestra en este poema su gran dominio de la palabra en el fondo y forma de este poema, también destacan las características que vio en Los poemas rústicos de Manuel Othón, describe un paisaje “todo el cielo era añil / toda la casa, de oro” (Reyes, Sol de 26), se apoya en colores, nos lleva en un viaje a su niñez “Claro y amarillo:/ ese sol con sueño/ que sigue a los niños” (Reyes, Sol de 26), hace de algo sencillo (o que parece estar a la vista de todos) un poema con gran estérica:         
             
            Cuando salí de mi casa         
            con mi bastón y mi hato,       
            le dije a mí corazón:  
            -¡Ya llevas sol para rato!-       (Reyes, El sol 27)      

 Ahora observemos algunas de las características del poema “Mi corazón se amerita” de Ramón López Velarde, en primera instancia se observa un temor por cómo será recibido su corazón fuera de su escondite “y al oírlo batir su cárcel, yo me anego/ y me hundo en la ternura remordida de un padre/ que siente, entre sus brazos, latir un hijo ciego”. En la tercera estrofa nos menciona como será la liberación de ese corazón:

Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar        

como sangriento disco a la hoguera solar.    
Así extirparé el cáncer de mi fatiga dura,     
será impasible por el Este y el Oeste,           
asistiré con una sonrisa depravada    
a las ineptitudes de la inepta cultura,           
y habrá en mi corazón la llama que le preste            
el incendio sinfónico de la esfera celeste. (López, Mi corazón 29)
El poeta busca la libertad del alma −siendo congruente con su discurso de La derrota de las palabras− que ha permanecido en “sombras” por cuestiones ajenas a su voluntad, ve que pronto llegara el momento en que su corazón sea libre y con un desprecio hacia los intelectuales   se levantara.   
            Sin lugar a dudas, el periodo entre Othón y Velarde es importante para comprender la evolución de la poesía mexicana hasta nuestros días.       

             
 
Bibliografía.
López Velarde, Ramón. “La derrota de la palabra”. Selección de lecturas para las actividades de poesía. México: UNAM, 2011.21-25. Impreso
---. “Mi corazón se amerita”. Selección de lecturas para las actividades de poesía. México: UNAM, 2011.29. Impreso
Reyes, Alfonso. “Los poemas rústicos de Manuel José Othón”. Selección de lecturas para las actividades de poesía. México: UNAM, 2011.7-20. Impreso
---. “Sol de Monterrey”. Selección de lecturas para las actividades de poesía. México: UNAM, 2011.26-27. Impreso
---. Teoría literaria. México: FCE-Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, 2005. Impreso. Colección Capilla Alfonsina, 2. 

sábado, 6 de abril de 2013

La piñata

Pues resulta que la Cineteca Nacional está haciendo el rescate de películas caseras llamándolas “Archivo memoria” y en la proyección de uno de estos archivos pude observar un acto que me pareció al principio inocente, se trataba de la compilación de videos de cumpleaños con un fondo al puro estilo punk rock, las primeras escenas iban de niños apagando las velas del pastel, el clásico empujón al pastel, el “póngale la cola al burro”, el payaso haciendo llorar a los niños, hasta ese momento todo parecía gracioso, pero hubo una selección de escenas que después de unos segundos me hizo sentir un poco incomodo, se trataban de escenas en las que los niños se divertían rompiendo piñatas, los niños a Superman, el chavo del ocho, Mickey Mouse, Spiderman y las niñas a cualquiera de “las princesas de Disney”.       
                La “piñata”, para los que fuimos adoctrinados en la iglesia católica, representa en las pastorelas una forma de acabar con el mal (con el diablo y sus pecados capitales), si su origen es chino llevada al occidente gracias a Marco Polo es otro tema. Bajo este “acabar con el mal” resulta interesante observar las fiestas de niños en las cuales se acostumbra “romper la piñata”.              
                Dicen que el significado de romper la piñata ha evolucionado junto con ella y una vez que llego al continente americano, traída por los colonizadores, se uso como una forma de evangelización. Si bien el maestro Alfonso Reyes nos menciona que el encuentro entre la cultura de los pueblos mesoamericanos y la de los españoles “fue el choque del jarro con el caldero. El jarro podría ser fino y hermoso, pero era el más quebradizo”, podríamos agregar que este caldero utilizo la “olla de barro”,  para después atraernos al adoctrinamiento mediante las piñatas. Cuando “romper la piñata” formó parte de nuestras tradiciones se deformo para entrar en las fiestas infantiles como una forma de diversión (quizás por el interés de los productores de piñatas para venderlas durante todo el año, ¿no?), pero ¿Cómo podemos divertirnos al hacer trizas a nuestros Héroes o modelos a seguir? O ¿es acaso que año con año vamos destruyendo nuestra infancia?       
                No sé ustedes, pero para mí la tradición de romper la piñata en las fiestas infantiles va más allá de romper un pedazo de cartón y obtener dulces. Vamos a romper con nuestros héroes, con los modelos a seguir, con nuestra infancia… recibiremos dulces a cambio; los más radicales lo disfrutaran, hay que acabar con los “moldes” y con el marketing infantil, yo sin embargo me sentí aterrado al ver la sonrisa de los niños mientras destruyen su inocencia en ese evento social que celebra el envejecimiento.




viernes, 5 de abril de 2013

"Hoy decimos: Ya basta”... del abuso a la Selva Lacandona.



Hoy en día llamar a una selva el “oro verde” es mejor apreciado que hace algunos años, la preocupación del hombre del siglo XXI por la naturaleza o por los intereses de unos pocos nos lleva a pensar distinto que el hombre de siglos pasados. En 1988, cuando salió a la luz el libro Oro verde: La conquista de la Selva Lacandona por los madereros tabasqueños (1822-1949) la ecología no era un tema de moda y mucho menos en un estado olvidado desde la independencia de México como menciona su autor Jan de Vos. Aunque este libro se refiere a la historia de la Selva Lacandona, estrictamente al periodo mencionado en el titulo, nos servirá para ver desde otra perspectiva la importancia que tiene esta en el país y como la deforestación puede afectar económica, social y ecológicamente una región determinada.  
            La Selva Lacandona es más que una Declaración de la Selva Lacandona, y pensar que como menciona Jan de Vos, las personas que habitan esa Selva Lacandona no descienden de los pueblos originarios de la misma, entonces ¿Cómo es que se atreven a decir “Ya basta” en nombre de los pueblos oprimidos por 500 años?, pero eso es análisis de los sociólogos, quizás esto sea otro rayo en la tormenta actual por la que atraviesa la Selva Lacandona.        
            A lo largo del libro Jan de Vos plantea, en base a una amplia investigación que en algunos casos se vio limitada, tres problemas: La tala indiscriminada en la Selva Lacandona, con un incremento considerable a mediados del siglo pasado “En 25 años […] fueron responsables de la desaparición de una tercera parte de la Selva Lacandona” (de Vos 258); las migraciones provocadas por las monterías tabasqueñas –menciona también, como dato de conocimiento general, la reubicación por parte del Estado mexicano de comunidades ajenas a la selva terminada la revolución–; y, el desinterés y malas decisiones por parte del Estado para resolver las problemáticas antes mencionadas.
            Actualmente el Estado también busca una explotación de los recursos naturales, la migración por parte de los guatemaltecos, así como la aparición de un conflicto armado, son problemas que se suman a los ya presentes en el periodo que enmarca Jan; resulta entonces necesaria la siguiente cita: “en comparación con esta problemática actual […] la situación de la Selva Lacandona anterior […]  parece ser una prolongada calma antes del estallido de la tormenta” (de Vos 259). Pero, ¿Cómo llegamos a esta tormenta?
            Jan comienza el libro describiéndonos, casi de forma fotográfica –Salvador Elizondo nos decía que “la fotografía es una forma estática de la inmortalidad” y Jan de Vos a través de su descripción parece hacerlo también−, las características geográficas de la selva, que en un principio pareciera una fortaleza para la flora y fauna y después se convirtiera en una cárcel para los trabajadores de las madereras: “los «monteros» viven en una semiesclavitud, amarrados al campamento por las deudas y por más de 100 kilómetros de vegetación tropical casi imposible de franquear” (de Vos 11), además de las características geográficas menciona que algunos asentamientos Mayas fueron absorbidos por la selva –esto nos recuerda el poder de la naturaleza que menciona Alejo Carpentier en Los pasos perdidos− y que esta selva fue el refugio de los “últimos verdaderos mayas” (de Vos 17) −motivo por el cual se le llama Lacandonia a la selva−  ante la colonización española.          
            Los factores que propician la gran altura y vegetación – facilitan tambien el crecimiento de arboles de maderas preciosas como la caoba− son: “la precipitación pluvial superior a un promedio de 2000 mm anuales, y temperaturas promediadas entre 22 y 26º C” (de Vos 29). Jan nos menciona algunas de las características de la caoba como el color, resistencia, olor, tamaño y el motivo por el cual es el árbol más valioso de América y uno de los mas apreciados del mundo: “La caoba se presenta […] como un árbol solitario, […] 1 o 2 ejemplares por hectárea, en zonas de particular abundancia” (idem).      
            Así es como nos presenta las razones por las cuales las madereras tabasqueñas se interesan en esa selva y en arriesgar el capital para obtener maderas preciosas de la selva sin importar el daño que se le hace a la selva, cabe señalar que por “madereras tabasqueñas” el autor se refiere a la ubicación principal de las madereras, mencionando por momentos que se trata de inversión extranjera. 
            Conforme avanza la lectura del libro nos damos cuenta como la evolución en los transportes, primero valsas luego barcos de vapor, así como de las maquinas utilizadas y el establecimiento cada vez más profundo de las madereras en la selva, afecta en mayor proporción a la selva, haciendo más difícil su recuperación (Evolucionan las maquinarias utilizadas pero el trato hacia los “monteros”, no). Al abrir caminos en busca de las maderas y al quedar abandonadas al entrar en “decadencia” las madereras, dejaron el campo propicio para otro de los problemas que afectan a la Selva Lacandona, los asentamientos irregulares – después legalizados y aumentados por el gobierno− que propiciaron una lucha entre los habitantes originarios y los recién llegados.           Estos nuevos asentamientos propician también la deforestación por parte de los nuevos inquilinos de la selva.
            El gobierno al intentar resolver el problema entre los nuevos y originales habitantes, crea un conflicto mayor al original y al darse cuenta de las diversas materias primas que puede extraer de la selva, decide adentrarse más en ella, dejando la puerta abierta a las talas clandestinas y a más asentamientos irregulares. La selva que antes era protegida por sus características únicas se ve afectada por las nuevas maquinas e intereses capitalistas de unos cuantos, Jan de Vos nos dice que la tala hecha por los madereros de tabasco en el periodo comprendido entre 1822 y 1949, no se compara en nada con lo que hoy en día se le está haciendo a la selva sin darle tiempo para reponerse del embate; igual esto no justifica el daño hecho en ese periodo.           
            Si bien el Oro verde es un archivo de gran valor histórico y geográfico, también servirá para que, los jóvenes interesados −por moda o por ideales− en la ecología, lo retomen e inclusive lo complementen para salvar a esta selva que sobrevive, a pesar del olvido o desinterés de las autoridades correspondientes, ya que el tiempo alcanzo a este libro. Debemos recordar que el conocimiento del pasado nos llevara a crear un mejor futuro, quizás se deba decir: “Ya basta” a la explotación sin conciencia ecológica de la Selva Lacandona, a la explotación política de “Lacandonia”...         


Bibliografía:
Vos, Jan de.  Oro verde: La conquista de la Selva Lacandona por los madereros tabasqueños, 1822 – 1949. Mexico: Instituto de cultura de tabasco - FCE, 1996. Impreso.