martes, 25 de agosto de 2015

La búsqueda de la identidad del mexicano.

La búsqueda de la identidad del mexicano forma parte de la obra ensayística de varios autores “mexicanos” del siglo XX, se tiene en El perfil del hombre y la cultura en México (1934), de Samuel Ramos, el primer referente para abordar el tema. En el prólogo a la tercera edición Samuel Ramos menciona la rapidez con la que se agotaron los primeros tirajes (Ramos Prologo 9), demostrando así el interés –o morbo− del mexicano −y también de los extranjeros− por conocer al mexicano. Causo tanto interés, que no pudo evitar ser objeto de críticas.     
            Ramos, filosofo, “Reconoció que su obra estaba inconclusa [Octavio Paz retomaría el tema años después en El laberinto de la soledad (1950)] y que su aporte, más psicológico-literario que filosófico”  (JLB s. pág.),  toma como base “el pensamiento del filósofo español Ortega y Gasset, [...] lo esencial de la cultura está en el modo de ser del hombre, que se moldea a partir de su circunstancia, y en las ideas psicoanalíticas del Alfred Adler (1870-1937), discípulo de Freud, quien basó sus estudio en el «complejo de inferioridad»”. (JLB s. pág.).      
            Ese “complejo de inferioridad” se ve reflejado en el “pelado”, el primer personaje del “Psicoanálisis del mexicano”. Al “pelado” lo acompañan “El mexicano de la ciudad [y] El burgués mexicano”, pero estos últimos gozan de menos popularidad que la descripción hecha del primero. Nos advierte Ramos y propone: “El objeto de este trabajo no es criticar a los mexicanos con una intención maligna […]. Los hombres no acostumbrados a la crítica creen que todo lo que no es un elogio va en contra de ellos” (Psicoanálisis 125),  “Ya otros han hablado del sentido de inferioridad de nuestra raza, pero nadie […] se ha valido sistemáticamente de esta idea para explicar nuestro carácter” (125) , “no hay razón para que el lector se ofenda al leer estas páginas, en donde no se afirma que el mexicano sea inferior, sino que se siente inferior” (125-126); así el autor predispone al lector a no sentirse ofendido, pide amplio criterio y nos dice cuál es el objeto de su ensayo. A continuación enumerare algunos rasgos del “pelado” que aparecen en el ensayo de Ramos.          
             En la descripción del pelado hecha por Samuel Ramos aclara “No hablaremos de su aspecto pintoresco” (El pelado 126) el objeto de su atención será el interno para conocer las fuerzas elementales que forman su carácter:           
a) Representa el desecho humano de la gran ciudad –en la economía es menos que un proletario, en el intelecto es primitivo−.     
b) Su actitud ante la vida es de un negro resentimiento producto de una vida difícil.
c) En cuanto a su lenguaje se muestra grosero y agresivo con un dialecto propio, usa un lenguaje coloquial donde le da nuevo significado a las palabras, el pelado dice tener “muchos huevos” órgano que le da potencia humana. 
d) Se encuentra siempre a la defensiva, de espíritu belicoso, usa de tabla de salvación su “virilidad” ante los embates de la vida, en sus riñas verbales atribuye femineidad imaginaria a sus adversarios o se muestra superior diciendo “Yo soy tu padre”.            
e) El pelado se caracteriza por su obsesión fálica –símbolo de fuerza masculina−, el falo sugiere al pelado la idea del poder, esto lo lleva a otro rasgo característico
f) “el macho” fanfarrón lleno de una valentía como cortina de humo.
g) El pelado es la representación del engaño, no debemos dejarnos engañar por las apariencias, el pelado no es ni hombre fuerte, ni valiente, usa un camuflaje, Alfonso Reyes nos decía al respecto: “LA APARIENCIA nunca es desdeñable. Hasta cuando engaña da un indicio” (Reflexiones 421).        
h) El pelado consciente de su “camuflaje” vive en un constante temor de ser descubierto lo cual lo hace desconfiar de todos; tiene dos personalidades: una real y otra ficticia, esto le produce un conflicto donde desconfía de sí mismo y hace una mala percepción de la realidad, su posición es inestable, desatiende la realidad.
i) Antepone su sentimiento nacionalista −junto a su hombría− a su situación económica, sin embargo, esta última característica del pelado no es exclusiva de su estatus social, lo mismo aplica a cultivados e inteligentes burgueses (Passim El “pelado”).
            Samuel Ramos describe a un ser violento, inseguro, cínico, vulgar, machista… También a un ser condenado a caer, una y otra vez, en un círculo vicioso creado por él mismo. El perfil del hombre y la cultura en México fue escrito en el año 1934 en lo que denominaron la “post revolución”, sin embargo la descripción que hace de ese personaje “pintoresco” sigue vigente. Entonces ¿para qué realizar un ensayo al respecto, si el mexicano va a seguir siendo el mismo?, quizás la respuesta se encuentre en el ensayo de Octavio Paz: El laberinto de la soledad, donde continúa con el trabajo empezado por Ramos, la búsqueda de la identidad del mexicano.         
            Encontraremos en el ensayo de Paz un nuevo personaje: el “pachuco”
“[…] se convierte en el eje central de la primera mitad del ensayo y cumple la función de una ilustración excesiva de la esencia del mexicano” (Houvenagbel 83). Este nuevo personaje, proviene de los movimientos migratorios generados por la Segunda Guerra Mundial –braseros−, se diferencia del pelado en:         
a) el uso de un “camuflaje” del pachuco es un símbolo de rebeldía “Su disfraz lo protege, y al mismo tiempo lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe” (Paz 130).
b) No tiene ese sentimiento de nacionalidad característico del pelado “no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados” (129).        
c) Su carácter es más rebelde y contradictorio “Esta rebeldía no pasa de ser un gesto vano” (130).
d) Crea un lenguaje, al igual que el pelado, su propio léxico, pero usando un hibrido entre el castellano y el inglés.           
e) Su realidad es marginal, pero en otro país.           
            Si bien los dos personajes distan en tiempo y espacio, en ambos encontramos: ambigüedad, un sentimiento de inferioridad, desconfianza y rencor (passim. Paz). Se observa en ambos personajes cómo el mexicano a través de la historia busca auto flagelarse, quizás desde el indígena vencido hemos caído en esa espiral de la cual sólo se podrá salir si nos reconocemos independientes del resto del mundo y dejar de lado buscar las comparaciones innecesarias. Paz nos da esperanza: “En cada hombre late la posibilidad de ser o, más exactamente, de volver a ser, otro hombre” (137).           

*borrador


Bibliografía.
Houvenagbel, Eugenia. “El pachuco de Octavio Paz (1950): Una relectura en clave argumentativa y existencialista”. Revista de Literatura Hispanoamericana 65 (2012): 68-85. RevicyhLUZ. Web. 25 may. 2013.    
< http://revistas.luz.edu.ve/index.php/rlh/article/viewFile/12546/12145>. 
JLB. “Samuel Ramos, filosofo que busco comprender la forma de ser y actuar del mexicano”. Conaculta, 08 jun. 2010. Web. 25 may. 2013.    
<http://www.conaculta.gob.mx/detalle-nota/?id=5115#.UaJ7ONjRxlB>.
Paz, Octavio. “El pachuco y otros extremos”. Selección de lecturas de ensayo hispanoamericano del siglo XX. México: UNAM, 2011.131-137. Impreso
Ramos, Samuel. “El «pelado»”. Selección de lecturas de ensayo hispanoamericano del siglo XX. México: UNAM, 2011.126-128. Impreso
-----. ”Prologo a la tercera edición”. El perfil del hombre y la cultura en México Por Samuel Ramos. 3a México: Austral, 2001. 9-18. Scribd. Web. 24 may. 2013.    
<http://es.scribd.com/doc/55973867>.
-----. “Psicoanálisis del mexicano”. Selección de lecturas de ensayo hispanoamericano del siglo XX. México: UNAM, 2011.125-126. Impreso

Reyes, Alfonso. “Reflexiones sobre el mexicano”. Los trabajos y los días. México: FCE, 1959. 421-424. Impreso. Letras Mexicanas. Vol. 9 de Obras completas. 26 vols.

domingo, 23 de agosto de 2015

Libertad para los pigmeos.

Me asomé por la baranda del edificio para arrojar el humo del cigarrillo después de haberme entregado al placer del onanista en una vida de soledad. Siempre me había gustado dar la primera bocanada aún con la mano tibia y apreciar las pieles que pasaban por la calle después de recoger a sus hijos de la escuela. ¡Ah, las jóvenes-madres-solteras! Ya me ponía saber que estaban caladas, tanto o más que su fuerza y debilidad por entregarse al valle de lágrimas protegiendo a sus criaturas, pero al sumarle la idea de no cambiar pañales… uufff… Regresaré a la computadora en busca de MILFs amateurs.               
            Giré sobre los talones de regreso a mi cuarto de azotea, pero atisbé la casucha de enfrente. A través de sus ventanas con vidrios rotos vi a mi vecino: un fracasado que a los 35 años aún vivía con su madre, ella salía a trabajar por las mañanas mientras él se encahuamaba con los pesos que ella le dejaba para pagar pasajes e impresiones de currículums en su eterna búsqueda de un trabajo digno −se quitaba el pan de la boca para alimentar a su Dioniso−. Vaya perdedor, mírenlo ahí en calzoncillos vapuleando con una regla el cuerpo desnudo de una… ¿niña? Momento, algo anda mal aquí, ¡la tiene amarrada a la cama! ¡Qué hijo de puta!         

            Corrí a sacar el bate que guardo debajo de la cama. Bajé corriendo las escaleras y crucé la calle. Pateé la puerta de la vecindad que no opuso resistencia alguna, subí las escaleras maltrechas, topé con otra puerta frágil y, antes de que mi vecino pudiera decir algo o subirse los calzoncillos, ¡PAF! Golpe seco en el cráneo. ¡Toma, puerco! ¡Te voy a meter este palo en culo, asqueroso!         
            El cuerpo de aquel mal parido yacía en el piso, una mancha de sangre avanzaba lentamente por el suelo. “¡Mala hora la que escogiste para entregarte a la inmundicia teniéndome tan cerca, cerdo!”, le gritaba mientras él se retorcía como las reses en el matadero después de su dosis de aire comprimido. La sangre alcanzó un brasier que yacía junto al cuerpo ya inerte. Entonces, una voz chillona me despertó del ensueño de titulares en que me encontraba: "Joven héroe rescata a una niñita inocente de las manos de un pedófilo", "El héroe de la San Simón", ¡oh, sí!
− ¡Qué haces, imbécil! – le alcancé a oír pese al alto volumen de los parlantes desde donde se escuchaba una odiosa canción de reggaetón.           
−Tranquila, hija, vas a estar bien –intenté sosegarla−, ya todo terminó.     
Volteé y vi a la niña aún atada, desnuda y boca abajo sobre la cama. Sólo la cubrían sus pantaletas a mitad de las piernas. ¡Carajo! Debí apresurarme, lo lamenté y me dispuse a desatarla un tanto decepcionado.            
            Fue entonces que ella se quitó sin esfuerzo alguno las ataduras mientras seguía gritando improperios a diestra y siniestra. Yo mantenía la mirada fija en el piso como pidiendo perdón. Cuando ella se incorporó pude observar su pecho de mujer, un tanto vencido por la gravedad, sus caderas anchas y más abajo su vello púbico con un depilado que me recordó el bigote de Hitler –contuve una carcajada−. Dirigí la vista rápidamente a su rostro, descubrí en él rasgos infantiles y el cutis de una vida de muchas batallas.            

            Antes de que pudiera decir alguna palabra justificando mi actuar, en la puerta aún abierta, aparecieron las sombras de los habitantes de la vecindad. La mayoría eran familiares del… ¿muertito? Sólo pude observar el primer puño acercándose a mi rostro, después un calor abrasador invadió mi cuerpo y me entregué a los sueños-pesadillas, una tras otra.  
            Al siguiente día en los periódicos de nota roja el titular lo ocupó el heroico rescate que los guardianes del orden hicieron de este ¿asesino? “Sólo quería hacer el bien”, pensé cuando pude echarle un ojo a la publicación.            
            Al recobrar la consciencia en el sanatorio, lo primero que de mi boca escucharon las enfermeras fue una larga carcajada que alteró la paz del recinto, de mis ojos se escapaban lágrimas alegres. ¡Oh, diosito! Eres tan generoso que inundas mi cuerpo con esta alegría y dicha de poder reírme del infortunio. ¡Vaya, quería salvar a ese gnomo de una violación, pero quién iba a salvar a mi vecino si preñaba a ese pigmeo! Como veía las cosas: ¡le había hecho un puto favor!  −de pinches nada−. Inmediatamente una enfermera se encargó de informarme cómo la turba me arrastró unas calles para alejarme de la Iglesia −no los fuera a castigar diosito por lo que me iban a hacer, pensé−, ahí fue donde la pericia de los policías hizo posible mi rescate: “¡Háganse pa´trás o se los carga la chingada!”, gritaba un policía mientras les apuntaba con su arma, me contaba ella excitada por ser la primera en tener la oportunidad de ponerme al tanto. La enfermera antes de retirarse me proporcionó una copia del diario.         
            Unas semanas después del incidente, ya con mejor ánimo, pude leer en el cuerpo de la nota que la muchedumbre había dispuesto de un buen árbol para enviarme calcinado al otro mundo como al peor de los rufianes −no tendrán para comer, pero acceso a gasolina no les faltó−, al parecer la justicia la dejarían en manos de Dios. Pasé horas observando detenidamente las imagines del periódico que salpicaban sangre y reconocí en ellas a uno de los policías, era el cuate de juergas de un tío, ¡alabado sea! Ya no les pondré jetas cuando lleguen todos pedos a la casa tirando balazos en año nuevo.          
            Con mucho cuidado recorté, doblé y guardé la publicación junto a las pocas pertenencias que tenía en el sanatorio, se trataba de un nuevo recuerdo para agregar a mi caja de triunfos personales, ya sólo me quedaba una duda: ¿Cuándo podré regresar a casa y entregarme por entero al cascabeleo?



viernes, 3 de julio de 2015

Día feliz.

Era un domingo soleado de primavera, los rayos del sol daban de lleno sobre la piel morena de los habitantes de la Ciudad de México. En un barrio al sur de la ciudad los niños dirigían sus oídos hacia un sonido familiar. A lo lejos se podían escuchar los altavoces de una camioneta que los incitaba a pedir dinero a sus madres y salir corriendo a esperar el momento en el que la melodía estuviera cerca. La ilusión del barquillo de galleta con una bola de helado cremoso en su interior era algo por lo que valía la pena dejar de ver caricaturas o patear una pelota, además, algunos ya habían madrugado para asistir a la iglesia y creían merecer una recompensa por tal sacrificio.       
            En la puerta de la vecindad se reunieron los chicos. El mayor de ellos, Edgar, recolectó las monedas e hizo un cálculo mental rápido. Les alcanzaba para dos helados y medio sin cono de galleta o uno y uno, frunció el ceño mientras miraba a los demás niños.

− ¡Chale! Tendremos que hacerle la chillona a la viejita. ¿Le pedistes lana a tu abuelita, Juan? –preguntó refiriéndose al más pequeño.
−Sí, pero me respondió que el dinero no crece en los árboles, o algo así. Le iba a vender mis tazos a Pepito, pero su mamá se puso a llorar cuando le pregunté por él…
− ¡Serás pendejo! ¿No supistes que se lo llevó el viejo del costal?          
− ¿Viejo del costal? –preguntó consternado Juan, mientas se formaba un remolino en su estómago y perdía la sensibilidad de las extremidades.

Edgar se atrevió a contar lo acontecido a Pepito el viernes pasado, los demás niños lo observaban con ojos de plato…           

Mientras tanto en una colonia cercana, al norte de la vecindad, un niño de cabellos rubios recibía su cono de galleta con dos bolas de helado, era el último en la fila. Linda, una anciana que irradiaba simpatía, acomodó las monedas en el despachador, le dirigió una sonrisa a Carlos, su esposo, y le dijo con optimismo: “¡Vamos, aún queda helado por vender!”. Él dejó de lado la revista con la que se entretenía mientras ella despachaba a los niños y puso en marcha la camioneta cuestionándose qué hacía ahí. Observaba en el espejo retrovisor su rostro huraño marcado con cicatrices, éste le recriminaba: “¿Qué haces aquí? No te rompiste el lomo toda la vida para pasar los fines de semana pegado al volante. Deberías estar en casa disfrutando del partido de la tarde y bebiendo una cerveza fría. Y tu mujer, tu mujer debería meterse en la cocina o tejer algo para los nietos mientras te bebes esa cerveza”.        

− ¡Carajo, se me antoja una cerveza! –le hizo saber a Linda sin dejar de ver el camino.
− Te lo prohibió el doctor. Tu hígado ya no soportará otra borrachera después de los meses que pasaste en cama por la inflamación del hígado… Además, esta actividad te beneficia más a ti que a mí. Gracias a Dios se les ocurrió esta gran idea a nuestros hijos. ¡Mira nada más qué color tienes! Te hace falta tomar sol y respirar aire fresco –lo miró con una sonrisa dibujada de oreja a oreja.     
−Mi hígado ya se repuso, han pasado varios meses y, si continúo exponiéndome así a los rayos del sol, corro más riesgo de morir por cáncer de piel que del jodido hígado.       
− ¿Acaso deseas un trasplante de hígado? Recuerda cómo se quedó tu padre esperando un donador.

Carlos se enjugó la frente y miró de reojo al retrovisor, ahí su rostro continuaba reprochándole la falta de valor para poner en su lugar a la mujer con quien 35 años atrás se había casado, si bien nunca le había levantado la mano, o al menos él no lo recordaba, sabía que podía hacer lo que le viniera en gana y ella sólo se limitaría a llorar sin lograr persuadirlo. Su reflejo le cuestionaba: Por qué dejaste que esos cabrones le metieran la grandiosa idea de comprar este vejestorio y pasar el resto de la vida repartiendo “felicidad a los niños”. Por qué no les propusiste visitarlos cada ocho días y pasar tiempo en sus casas una semana y una semana. Sólo los invitan y visitan cuando tienen la necesidad de que les cuiden a los nietos. Ese doctor debe estar muy satisfecho creyendo que te hizo un favor al prohibirte la bebida, ahora cómo vas a escapar de esta jodida realidad antes de que te visite la sin nombre. ¡Mierda, ya eres lo suficientemente viejo como para no darte ese lujo!  
            A su lado, Linda seguía platicando de los beneficios que las sonrisas de los niños producían en los adultos mayores como ellos.             

−Para en la siguiente esquina−dijo ella aún alegre. 
−Pero si esos niños nunca tienen ni para un bolillo, te van a pedir fiado y esto, de alguna forma, es un negocio. Imagina si comienzas a regalar helado, así como así, en unas semanas tendrás que vender el televisor para pagarle a los proveedores.     
−Si esos chiquillos desdichados tienen por lo menos un momento de felicidad a la semana, me arriesgaré.                    
−Pero no somos beneficencia, ¿a nosotros quién nos ampara? ¿Los cuervos que criaste nos desplumaron en cuanto pudieron? Deberíamos hacer ruta al norte en lugar de al sur, pero tienes que darte un baño de pueblo para sentirte mejor, ¿no es así? Sólo los ricos pueden darse el lujo de pensar en los demás, nosotros no…                    
− ¡Para ya! –le dijo mientras veía a los niños acercándose a la esquina donde generalmente se estacionaban.

Los chicos se acercaban sonriendo, mostraban sus enormes dientes blancos, parecían decir con ellos: Venimos en son de paz, no hagas caso de nuestra ropa maltrecha ni de nuestro color de piel.

Edgar ya tenía preparados los pesos en la mano y ensayadas las palabras con que intentaría convencer a Linda de hacerles un descuento y, por supuesto, esperando que ella se anticipara a ofrecer un pilón antes de que el viejo gruñón asomara sus narices.    
            La camioneta se encontraba a media calle de distancia, los niños saludaban. Del otro lado Linda les correspondía con su sonrisa. Pero en lugar de ver cómo la camioneta disminuía la velocidad, vieron cómo aceleraba dejando tras de sí una nube de humo negro.

− ¡Ese pinche viejo jotoputomaricón, ojalaí se muera! ‒Soltó Edgar para después silbar una mentada de madre.             
−A lo mejor ya no tenían helado –dijo Juan.           
− ¡Huevos qué! ¡Ese pinche viejo otra vez! –agregó Edgar intentando disimular el nudo que se formaba en su garganta.        

Los niños se habían colocado a mitad de la calle para seguir con la mirada a la camioneta, vieron cómo dos cuadras adelante ésta doblaba a la izquierda sin disminuir la velocidad. La tonada del camión de helados rápidamente se hizo imperceptible. Así que, desilusionados, algunos decidieron ir a jugar vida y vida en las maquinitas, otros se apresuraron a regresar antes de que sus mamás fueran a mostrarles la chancla y recordarles el quehacer.         

− Te dije que pararas en esa esquina –gimoteaba Linda mientras enjugaba sus lágrimas. Se encontraba en el asiento del copiloto con la puerta abierta y su cuerpo dirigido hacia la acera.         
− ¡Y yo te pedí que te callaras! –Les respondió Carlos que le daba la espalda desde la banqueta mientras se dirigía al dependiente del depósito de cerveza‒: Joven, ¿qué llevan sus micheladas?





miércoles, 22 de abril de 2015

Hacia el cosmos.

Después de un ligero calentamiento extendió lateralmente sus brazos a la altura de los hombros –busqué en su dorso alguna señal de la lanza de Longinus, pero no la encontré−. Subía y bajaba los brazos con brío, parecía un pájaro preparándose para elevarse al cielo. Su rostro rojo, con las venas marcadas, indicaban el esfuerzo realizado. Con cada nueva repetición se le complicaba concluir movimiento hasta que, por fin, el agotamiento se hizo presente.       
            Yo, que atestiguaba el acontecimiento, puedo asegurar que aquel joven se entregó al máximo para separarse del suelo, es una pena que no haya logrado despegarse ni un milímetro… Quizá en otra ocasión debería intentarlo sin las cadenas, que llevaba por voluntad propia,  para verse volando en el cielo.


       *Así fue.








  

sábado, 18 de abril de 2015

Tú y yo.

TÚ: Pronombre personal femenino, 2ª persona del singular [que ya no está].
Y: Conjunción copulativa [que no se dio].
YO: Pronombre personal masculino, 1ª persona del singular  [con capa caída].





@NLagartija




jueves, 19 de marzo de 2015

1942

Nunca le gustó quedarse atrás. Con mucho esfuerzo logró colarse en la primera fila, se dio cuenta y gritó: “¡Es gas!”. Fue el primero, y único, en salir con una sonrisa de aquella cámara.



jueves, 19 de febrero de 2015

Estelares - Vivo Gran Rex (DVD audio)

Cuando Los Estelares visitaron la Ciudad de México en 2014 (Multiforo Alicia y Vive Latino), nos dejaron con ganas de escuchar más canciones y mejor calidad en la presentación, por lo menos a los que asistieron al Alicia, ya que a la cuarta canción Manuel Moretti andaba medio prendido dando largos tragos a su botella de Jack Daniel´s, el alcohol le dio sentimiento, pero le restó calidad en la voz.

Lista del concierto en el Multiforo Alicia, destaca "Las vías del tren"

Pasaron algunos meses para poder disfrutar una verdadera presentación de la banda, lo lograron por medio de la grabación del directo en Gran Rex, del cuál sacaron CD y DVD. Cuenta con la participación de invitados como Ale Sergi, Palo Pandolfo, Los super ratones (en coros) y Juanchi Baleirón. El CD y DVD se consiguen fácilmente en la red, pero, para quienes sólo queremos el audio del DVD por las canciones extras, resulta difícil de encontrar. Así que...         
  
Audio extraído del DVD, dividido y con calidad 256 kbps        

Tracks
  1. Eléctricos duendes*
  2. 200 monos*
  3. América
  4. 20 de noviembre*
  5. Las trémulas canciones
  6. Aleluya
  7. Solo por hoy (Chica oriental)
  8. Máscaras* 
  9. Ella dijo
  10. De la Hoya 
  11. Campanas* 
  12. Playa Unión* 
  13. Un viaje a Irlanda 
  14. Moneda corriente
  15. Melancolía
  16. Tanta gente
  17. Rimbaud
  18. Doce chicharras
  19. Cristal
  20. El corazón sobre todo
  21. Aire
  22. Un show 
  23. Un día perfecto
  24. Ardimos* 



Estelares-DVD-Gran Rex-Audio




martes, 6 de enero de 2015

Nuevas formas de bailar.

"Canciones que envejecen con mi corazón"

Comienza 2015 y se notan las ausencias, una de ellas es la de la banda argentina Falsos Profetas que, recién en noviembre de 2014, se despidieron de los escenarios. Sin embargo, se separan los grupos pero su música seguirá en la red y discos físicos que nos dejaron. Aunque en México no tuvimos la oportunidad de escuchar su música en vivo, aún podremos apreciar a FP en http://falsosprofetas.bandcamp.com/ (ahí podrán escuchar toda la discografía en HD).            
            He logrado acceder a un disco físico de la banda, el que sería “el último”: Nuevas formas de bailar (2013), etiquetado como rock-tango, la fuerza en la música lo hace roquero y las letras melancólicas tanguero. Destaca la participación de Manuel Moretti (voz de Los Estelares) en “Luces de fiesta”, así como las canciones: “Canciones vivas”, “De un lugar” con Pablo Pandolfo, “Olvidar y empezar” con Diego García y la que le da el título al disco “Nuevas formas de bailar”.

Lo comparto para que los puedan descargar con buena calidad y llevarlo en su reproductor musical favorito. Un disco sin desperdicio, y más si se viene con el corazón roto o capa caída.     

1. Nuevas formas de bailar 04:29      
2. No fue por amor 02:02      
3. Luces de fiesta (con Manuel Moretti, Roberto Decotto y Diego Baiardi) 02:28   
4. Tarde 03:33

5. Canciones vivas 02:54
6. No me esperes en casa 02:22
7. De un lugar (con Palo Pandolfo) 03:40      
8. Lo que mata son las ex 03:34
9. El cenicero miente 03:27    
10. Alguien me quiere matar 04:05   
11. Olvidar y empezar (con Diego García) 03:49

12. Siempre tendremos Paris 03:35




viernes, 2 de enero de 2015

Fresas con crema


Recuerdo, como si hubiera sido ayer, el día en que Denisse me invitó a comer fresas con crema, “un postre por el cual adquirí un gusto asombroso desde la niñez” decía ella. Acostumbrado a ver el color rosado del tentempié me sorprendí al descubrir su presentación inmaculada, sin ningún otro tinte. Ligeros relieves delataban al fruto rojo escondido bajo una leve sábana blanca, no pude evitar pensar en los Dioses antiguos descansando y siendo abrigados por dunas en algún desierto lejano.   
            Ahí estábamos Denisse y yo frente a un desierto líquido y blanco. Volteé hacia ella, que se encontraba detrás, y le lancé una mirada de extrañeza. Una ligera sonrisa se dibujó en su rostro, colocó un cubierto en mi mano y con la suya lo dirigió al plato. Podía sentir el calor de su mano enfrentarse al frío del cuchillo (¿o tenedor?), con su mirada me invitaba a observar la acción. La obsesión fálica del mexicano ‒de la que hablaba Samuel Ramos‒ hizo del cubierto una extensión de mi cuerpo cuando ella posó su pecho en mi espalda, podía sentir al mismo tiempo  la firmeza del objeto metálico y de sus senos, su respiración cercana a mi oído, sus pezones enviando señales a mi cuerpo. Ella, a diferencia de mí, conocía el desenlace de esa escena tantas veces ensayada, actuaba con dolo para compartir conmigo el porqué de su gusto proveniente del consumo de ese postre.
            Se apartó de mí y se dirigió a la silla situada enfrente. A través del vidrio de la mesa atisbé sus piernas engalanadas en medias negras y calzadas con tacón alto, cabe mencionar: ¡eran dignas de un buen catálogo de lencería! Como aquellos a los que, en la adolescencia, manteníamos ocultos y exigíamos un fugaz momento de divertimento. Dirigí la mirada al plato. Ahora la imagen era la de una fresa entre la crema mostrándose cortada verticalmente a la mitad, podrían observarse sus líneas internas ‒producto del lento desarrollo en algún huerto lejano‒. La posición de los fragmentos, su simetría, y colores internos daban la impresión de estar ante cuatro labios formando parejas horizontales y verticales.   
            Ahí estaba la fresa abierta, herida, humillada. El líquido rojo, que de su pulpa emanaba, se abrazaba con el blanco de la crema, se absorbían hasta alcanzar el rosa de mi infancia. Un rio rojo fluyendo a través de un lago blanco, labios rojos y rosados incitándome a no apartar la vista. Mientras tanto, el objeto perpetrador del crimen reposaba olvidado e inerte al lado del plato, gotas rojas y blancas delataban su fechoría, misma que, tarde o temprano, volvería a repetir sin recordar su primer bautizo en ese ritual de sabores, olores, texturas y colores.    
            Levanté lentamente la mirada hacia Denisse, al mismo tiempo ella intercambiaba de posición las piernas que, cuando me abstraje observando el plato y todos los símbolos presentes, había mantenido cruzadas. Descubrí a Eros debajo de aquel desierto blanco y ella en mis ojos el fuego que ardía dentro. Mordió su labio inferior y dirigió su mano derecha por debajo de la falda, abría las piernas y dejaba resbalar su cuerpo en la silla. Me llevé los restos del sacrificio a la boca, un beso cazador...          
            A partir de entonces, comer fresas con crema me remite inmediatamente a ella, esa chica de campo que recorrió, asimiló e hizo suyas las calles de una ciudad que comenzaba a despertar. Cómo olvidar su piel blanca iluminando la noche y deslumbrando al alba. Qué será de ella. A cuántos más habrá iniciado en los goces terrenales y metafísicos con ese postre ante la mesa. ¿Seguirá despidiéndose con un “hasta luego”?

sábado, 31 de mayo de 2014

REFLEXIONES SOBRE EL MEXICANO

1. Alfabeto, pan y jabón
LA APARIENCIA nunca es desdeñable. Hasta cuando engaña da un indicio. Ya para aceptarla o ya para rectificarla, en ella se funda el conocimiento. Dejarse guiar por los ojos no es un mal método, a condición de andar sobre aviso. A primera vista, lo que más resalta e impresiona es la pobreza general de los mexicanos. Acaso sea nuestro mal por excelencia. ¡Si fuera dable, como con un salero en la sopa, esparcir dinero por el territorio! ¡Y si esto bastara para enderezar la economía nacional!
            Por desgracia aun semejante recurso, digno de Las mil y una noches, nada arreglaría. Acontece lo que con la paradoja del físico: si, de repente, todas las medidas del universo aumentaran a un tiempo en la proporción de uno a cien, nada habría cambiado y ni siquiera nos daríamos cuenta.        
            El ejemplo de algunos gobernantes comprueba que este alivio de dejar rodar el dinero es aparente y de alcance muy limitado. Pero comprueba también que, hasta donde llega el alivio, provoca mareas de optimismo nacional como nunca se han visto otras. ¡Fugaces horas de gozo, embriaguez de un día! ¡Cómo hacer, oh Fausto, para fijar perdurablemente el instante de felicidad: “Detente… Eras tan bello”!
            Hay dolores fecundos; hay amarguras que hunden, pero luego hacen rebotar, o rebrotar, desde el fondo las virtudes humanas. La pobreza misma, la “fiel compañera de Grecia”, que decían los antiguos, modela excelencias nacionales. La lucha contra los ambientes impropicios engendra el músculo de las grandes civilizaciones, mucho más que las gratuidades de los paraísos terrenos. Pero si la escasez o el obstáculo aniquilan la posibilidad, es decir, la esperanza humana, entonces los pueblos simplemente se desnutren y se consumen.
            Aquel fermento de optimismo que sólo rebulle al subir a cierto nivel de bienestar parece indispensable para que se revelen y prosperen algunas virtudes de los pueblos. Cuando la lucha es elemental y áspera, cuando el poco dinero está en manos de los gobiernos, y los hombres se disputan ansiosamente los cargos públicos como único medio de tener comida y respeto, ¿adónde irán las cualidades latentes? Se desarrollan la garra y los colmillos, no la inteligencia ni la conducta. ¿El perfil del hombre mexicano, Samuel Ramos, amigo admirado y querido? Lo veremos claro cuando alimentemos a nuestro hombre, cuando lo reconciliemos con la existencia, cuando pueda disfrutar de cierta autarquía.
            ¿Cuál será, entonces, este perfil? ¿Qué dará de sí nuestra gente cuando haya resuelto y edificado la base de sustentación? A veces me he echado a soñar con ese México, no digamos ya feliz porque eso sería mucho y aun imposible: siquiera suficiente. Hasta hoy todos vivimos aquí un poco a trompicones, y menos mal los que de veras podemos llamarnos privilegiados. Pero nosotros mismos traemos cara de mala conciencia. Sabemos que hay cadáver en la bodega. Cuando pensamos en el país, vagamente nuestra subconsciencia nos representa inmensos reductos de poblaciones que arrastran una existencia infrahumana. ¿Qué será este pueblo, una vez que todos sus hombres hayan tenido acceso al Hombre? Entonces y sólo entonces sabremos lo que da de sí nuestro pueblo.
            Alfabeto, sí. Pan del alma. Ha dicho muy bien el Presidente, en una manifestación que, más que un decreto, parece un grito humano. Pero, al lado, y antes, pan del cuerpo; algo de bienestar, algo de alegría en el vivir físico. Lo uno va con lo otro, y como el bienestar no llueve del cielo, hay que solicitarlo desde el suelo mediante un juego de técnicas cuya base es el Abecedario. “Alfabeto y jabón”, decía hace años José Vasconcelos, pensando en la necesidad de reconstruir biológica y culturalmente nuestra sustancia humana. Alfabeto, pan y jabón, hay que decir. Y todo lo demás se os dará por añadidura.

                        II. Las características actuales y las futuras
En nuestro pueblo, como en todos, hay, pues, características manifiestas y cualidades posibles o latentes, que aún no se han revelado por las estrechas circunstancias de angustia vital en que nos desenvolvemos hasta ahora.
            Sobre las características manifiestas se ha hablado ya mucho. La cortesía, por ejemplo —dulce freno a la animalidad y escuela práctica de humanización para el hombre—, ha sido objeto de elocuentes y eruditas disertaciones. Ruiz de Alarcón, M me Calderón de la Barca y otros testimonios han sido citados al caso. Y se ha explicado, con razón, que ciertas mareas de grosería —bajo las cuales todavía se conserva el fondo vernáculo y provinciano de las suaves maneras— son efecto, por una parte, de pasajeras turbulencias sociales que, naturalmente, empañan las condiciones genuinas (pues no es posible, en medio de la guerra civil y con la pistola al cinto, seguir siendo el que antes se era); y por otra parte, son efecto de una evolución general del mundo. Las sociedades, montadas por decirlo así en la velocidad física, van demasiado de prisa para andarse con miramientos. Y mientras se encuentra un nuevo equilibrio entre la celeridad y la ceremonia, la gente, en todas partes, como que se ha vuelto algo ruda.
            Sobre los dones artísticos del mexicano se ha dicho también ya lo bastante. Barro, vidrio, paja, pluma, plata y oro, y las demás artes populares, hasta llegar a nuestra magnífica pintura; facultades musicales y líricas, también pasajeramente empañadas por la demanda de las nuevas industrias (radio, cine), demanda excesiva que tiende a hacer de nuestro canto un llanto monótono o un recitado tremulento y ridículo, todo ello producción adocenada y, esperémoslo, condenada a desaparecer…  Los dones artísticos del mexicano nunca han sido puestos en duda. Pero el arte, como el amor, es otro orden sagrado de la vida, arisco e irreducible, y compatible en mucho aun con la exasperación social y con los trastornos institucionales. Es, también, válvula por donde escapa el dolor, desquite contra la amarga existencia.
            Entre las características manifiestas y las virtudes latentes hay una gama intermedia de indicios, que nos permiten desde ahora sospechar algunos desarrollos futuros de nuestro pueblo, cuando se lo ponga en situación de crear en el bienestar.        
            Nos referimos a esa aptitud de discreción que, en la poesía, la crítica ha llamado el “tono crepuscular”; la aversión a las notas chillonas (salvo casos excepcionales, naturalmente); y que yo, por temor a las implicaciones de “decadencia” o “desvanecimiento” que la palabra “crepuscular” trae consigo, más bien llamé la tendencia a la mesura y a la rotundez clásicas. Que éstas me parecen ser, en efecto, las normas —más que eso—, las formas en que está vaciada el alma mexicana.        
            Vista la medalla por el reverso, obsérvese que, entre todos los pueblos de América —y a pesar de las apariencias y el desvío de apreciación que nuestros trastornos intestinos pudieron provocar entre quienes nos ignoran—, el mexicano es el menos “tropical” de los pueblos; entendiendo por “tropical” lo arrebatado y ciego, lo candorosamente confiado, lo excesivo en las manifestaciones sentimentales y en las palabras inútiles. El mexicano es reservado y sobrio, al punto que todos los demás países de América nos parecen algo desmedidos e ilusos (sea dicho con sana intención), sin exceptuar a los Estados Unidos, tan amablemente charlatanes; a los argentinos, tan fácilmente satisfechos; a los chilenos mismos, que se dan por los escandinavos del sur.  
            Pues bien: esta reserva, este freno, esta desconfianza, esta necesidad constante de la duda y la comprobación, hacen de los mexicanos algo como unos discípulos espontáneos del Discurso del Método, unos cartesianos nativos; y los disponen, para cuando llegue el día del bienestar, del acierto político, y el consecuente despliegue de las facultades hoy inhibidas, a ser un pueblo científico por excelencia.     
Lo cual no quiere decir que se pierdan, por eso, otras virtudes interiores y superiores de inspiración, hondura y recogimiento metafísicos. Ya lo presenciarán nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos.
Todo, México, 14.IX-1944.   


Reyes, Alfonso. “Reflexiones sobre el mexicano”. Los trabajos y los días. México: FCE, 1959. 421-424. Impreso. Letras Mexicanas. Vol. 9 de Obras completas. 26 vols.        

martes, 6 de mayo de 2014

Alma solitaria

Tarde o temprano llega el momento en el que la primera de muchas “almas caritativas” aparecerá para cuestionar tu soledad ‒como los minutos, las horas, los días… una tras otra, en cuanto comience a correr el reloj, no se detendrán‒. Te querrán separar de esa soledad que tanto amas y nadie comprende por qué. Y así, como el tiempo, harán estragos en su relación.

Empezarán por concretar citas para ti sin preguntarte: "Te voy a presentar una amiga [¿para qué? ‒te preguntaste‒], piensa y es como tú [entonces no querrá conocerme ‒pensaste‒], ya le hablé de ti, llega en unos minutos". Han pasado algunas horas, ya los presentaron oficialmente y terminaron de hacerse las preguntas de rutina “¿A qué te dedicas? ¿Dónde vives? ¿Ya viste [la última película de moda]? ¿Qué música te gusta?”, respondiste cortésmente y replicaste las preguntas para recibir respuestas que no te interesaban. Quizá sea hora de regresar a casa antes de que aparezca ese instante en el que una reunión cuenta con alguna anécdota memorable de la cual se habla por semanas y se recuerda. “¡Oh, sí! Fue cuando te presenté a […]”. Pero no has sabido retirarte a tiempo ‒una vez más, ver correr el vino gratis te ha jugado una mala pasada‒, te enteraste de que recién terminó una relación donde fue víctima de abuso de confianza ‒la engañaron pues‒, pero ya se está recuperando de ello, ahora sale con su maestro de [algo] y habla con él por horas ‒una muestra de amor puro y “fiel” según ella‒. Te han jodido bien, ahora cuentas con una “amiga” que te ve como su hermanita con la cual se puede confesar, un número más en su celular, próximos amigos en las redes sociales. Ni con el vómito derrochado por la calle podrás salir de esta, por lo menos has regresado solo a casa, ¿una pequeña victoria?     

Posteriormente llega el tiempo de citas dobles: una pareja "feliz", la amiga de alguno de ellos y tú. Después de muchas negativas accedes a salir de tu microcosmos para que se olvide el asunto de una vez por todas. Y ahí vas, esperando salir con estilo de aquel predicamento, esperas esquivar la bala de aquellas cacerías que tanto detestabas en la adolescencia ‒preferías disfrutar del paisaje‒.           
            Salen presas y cazadores a jugar, la ciudad se convierte en un bosque cuando desaparece el sol en el horizonte, pero tú prefieres abstraerte observando el paisaje. ¿Era tan difícil para los demás entenderlo? Sonríes, eres políticamente correcto, hasta cierto punto agradable, pero haces alguna observación con malicia para no pasar por alguien que quiere dejar una buena primera impresión. Pasan las horas, corren los tragos, las intervenciones del “alma caritativa” no ayudan, y eso es bueno, quizá puedas regresar a tu reinventado vientre materno antes de lo previsto. Al parecer no fue tan obvio para el juez que solo estabas ahí por los tragos.

‒ ¿Por qué no le dices nada?           
‒ ¿Qué le podría decir, "no hay nadie en el mundo más linda que vos"? En realidad ella está aquí por ti, sus ojos no pueden ocultar el secreto.                 
‒ ¿En serio…?

Esquivaste la bala, muy bien.

Y cuando por fin crees haber superado las citas imprevistas y dobles, aparece el consejo en el bar: "No estás para ser exigente, búscate una feíta [¿Como para qué, quién dice que ando buscando guapas o feítas?], no todas deben ser bonitas, inténtalo... a ver qué sale". Solo sonreíste, diste otro trago a la cerveza y callaste, te recriminabas haber aceptado la invitación a beber una cerveza con esa pareja, pero el calor daba para tolerar ese tipo de recomendaciones. Después te enteraste, aquel ser ilustrado había seguido su propio consejo, ahora se encuentra comprometido con alguien a quien no “ama” y, mucho menos, desea. Pero... “a ver qué sale”.  
           Al final las “almas caritativas” desisten en su intento por apartarte de sol… Claro, no sin antes insinuarte la sospecha de una ligera tendencia homosexual en tu vida. Respetarán tu decisión ‒les oíste decir‒. Por fin puedes estar tranquilo con ella, acompañados pero solos, tú y ella abrazados, te has entregado a la felicidad.       
            Mientras te escucho balbucear pierdes la mirada en el horizonte, como si las limitaciones de la visión humana no representaran un obstáculo para ti. A fuera el viento sopla y arranca las últimas hojas de los árboles, se acerca el invierno. Limpio el hilo de baba que se ha escapado de tu boca. De la calle sube un sonido de bastón, movimientos torpes delatan la inexperiencia para desplazarse de una persona ciega, sus pasos lentos e inseguros se escuchan adentro de la casa, ambos sabemos lo que eso significa… Tu burbuja de felicidad está por reventar. >>>



"No tengo muy claro el camino 
a dónde voy a dónde ir "



miércoles, 5 de marzo de 2014

De los placeres del amor

... apenas he conocido, involuntariamente, lo que alguna pareja imprudente ha compartido conmigo en el transporte público. Espero que algún día se den vuelta, me miren y pregunten: ¿Lo gozaste?

 −Sí, esa caricia perdida, el roce inconsciente, tu cabello posándose sobre mi libro distrayéndome de la lectura ¡me fascinó! ¿Podría participar documentando su danza, su lucha cuerpo a cuerpo?


En ocasiones envidio a esas parejas que logran abstraerse del mundo delegando lo obsceno al criterio del espectador. Me recuerdan a las aves en celo, libres en el cielo, entregadas al cortejo de apareamiento, altaneras en las alturas enumerando sueños rotos del ser humano. A veces con los ojos anhelo su pasión; otras las detesto.

"Va llegando la primavera".

martes, 4 de marzo de 2014

Cuando la pobreza atrae pobreza.

I
En época de vacas flacas, a mi madre le regalaron una bolsa de leche −de la desaparecida “CONASUPO”−. De esa leche, que nos nutrió en la primera infancia a mí y dos hermanos, conocíamos su sabor peculiar y desagradable. La única forma de consumirla, y no terminar vomitándola, era combinándola con arroz, lo que en el mundo de la repostería llaman “arroz con leche”. Pero mi Madre quería hacer un arroz con leche “especial”, ya que hacía mucho tiempo no lo probábamos. Esperó unos días para juntar un poco más de dinero y comprar los aditamentos que le darían al postre un sabor “que nunca olvidaríamos”.           
                Por fin llegó el día, todo era alegría en el espacio que llamábamos cocina. Mi madre puso a cocer en una olla con agua el arroz, una rajita de canela y azúcar; cuando el agua se evaporó, sacó del refrigerador la bolsa de leche, que alguna alma caritativa le obsequió, y la vertió en la olla junto al arroz, canela y azúcar −el hogar se impregnó de agradable aroma−; entonces, sacó una lata de leche condensada de marca ostentosa, y un puño de pasas –el toque distintivo que haría de ese día algo especial−, nos invitó a observar la culminación del proceso, agregó la leche condensada y pasas al mismo tiempo, se dispuso a mezclar los ingredientes con una palita de madera, pero la leche comenzó a subir rápidamente por la olla, desbordándose y ensuciando la estufa –herencia de algún pariente pudiente−, el espectáculo me recordó aquél experimento escolar en el que se simula la explosión de un volcán. No probamos el postre tan esperado.
                Resulta que la bolsa de leche, cuando se la regalaron a mi madre, tenía ya dos días de caducidad y para cuando compró los complementos ya tenía ¡seis más! Mi madre era de decir “a caballo regalado no se le ve colmillo” –Pero madre, revisa la fecha de caducidad por favor−, su fe ciega en la caridad humana y una deficiencia en el olfato hicieron que en la casa se desperdiciaran recursos, recursos que en días posteriores extrañamos.

martes, 28 de enero de 2014

Batallas bajo "El México".


I

En un mundo competitivo nos enseñan desde pequeños a querer ser el primero, “Maestra, ya termine” –preguntar ¿dónde está mi premio? y aplaudir como foca no era necesario en esa época −. Cuando me dicen: "eres el segundo que... alguien más ya...", me enojo. Fui tan bien adoctrinado –casi como un perro de Pavlov− que me rehúso a siquiera a terminar de escuchar ese tipo de frases.    
            El otro día, mientras esperaba para abordar el metro −apretado entre cientos de individuos−, miré a los de la primer fila posicionados donde se abrirían las puertas − ¡qué envidia!−. Conforme avanzaba hacia nosotros aquel monstruo de acero, ellos, los ganadores, los primeros, retrocedían mientras los perdedores empujaban hacia adelante, como hienas aprovechaban su ventaja numérica para arrebatar una pequeña victoria a quien espero y gasto energía.                 Hay algo en lo que no quiero ser el primero. No quiero ser el primero en sentir y escuchar el soplo estruendoso de la muerte acercándose por el túnel, mientras detrás empujan. Sólo quería subir al metro, ahora me mantengo al margen de la linea amarilla mientras veo pasar mi vida.




II
Recién empezando el año mis ganas por salir a la calle han disminuido, ya sea por el violento aumento en los costos del transporte público, el alza generalizada de precios o la violencia misma. Pero me he visto obligado a salir de esta burbuja por un dolor de muelas.              
                Al regresar de visitar al Terrorífico Sr. Dentista, tomé el metro pagué mis 5 pesos con rencor y me dispuse a llegar lo más pronto posible a casa. Pero frente a mí iban dos señoras como de 40 y 60 años, llevaban paso lento hacia las escaleras mecánicas que subían, tomé las fijas para evadir su lento andar. Subí unos escalones y escuché un grito pese a traer los audífonos puestos, volteé y las vi cayendo. La señora mayor se pego en la cabeza, las escaleras subían y ellas bajaban dándose de sentones intentando pararse. Otra señora, que venía atrás, corrió para auxiliar a las primeras me quedé congelado viendo aquel espectáculo desagradable−, pero no conseguían ponerse de pie, incluso iban a tirar a la tercera. Para cuando llegué a ayudar, ya sólo quedaba una en el suelo, intenté levantarla y la señora decía “joven… se me cayó mi mamá… deme la mano… jale fuerte”. Llegando a salvo al final de las escaleras nos dieron las gracias. Me sentí bien, creía haber hecho algo bueno.
                  Una duda inundo mi cabeza: ¿y si todo aquello era un espectáculo montado para bajarle la cartera a algún ingenuo? Un escalofrió recorrió mi cuerpo, me sentí agraviado y con pena para revisar los bolsillos, ya que aún se encontraban cerca algunos de los mirones que presenciaron el "acto heroico”. Dirigí las manos a los bolsillos y recordé, no uso billetera− toqué el celular, mp3 y el último billete para llegar a fin de mes. Otra vez sentí un escalofrió, ahora se trataba de la culpa, por pensar mal de las señoras en apuros. No pude evitar sentirme miserable.