martes, 3 de mayo de 2016

Un Bart.

Hace algunos meses me hallaba platicando con una chica que, en una reunión donde a la gente le gusta hacerse la interesante, lanzó a la primera oportunidad la siguiente frase: “Yo no veo televisión”. Ya la admiraba de antes por ser mujer y dirigirme la palabra sin que fuera para solicitar algún servicio: pásame una cerveza, sírveme un trago, ve por botana, etc.
            El domingo pasado esa chica me invitó a chacharear a un tianguis, acepté porque me habían comentado que ahí se podían encontrar buenos libros a excelentes precios. Íbamos caminando por un tianguis de Iztapalapa cuando, ante un puesto de muñequitos, me grita emocionada:

‒ ¡Mira, un Bart!       
‒ ¿Dónde? ‒Yo sólo veía una figurita de Homero.  
‒ ¡Ahí, ahí! ‒Se refería a Homero.   
‒Es Homero –le respondí con una leve sonrisa.       
‒ ¡Ah, sí! El de Los Barts.    
‒Sí…


El chico que atendía el puesto sonrió, "yo lloré y Maggie rió. ¡Todo fue una confusión!", y es que ella no ve televisión.


jueves, 31 de marzo de 2016

Otro cuento de Pepito III


Segunda parte AQUÍ

Edith se preparaba para salir en busca de un gendarme cuando vio a Chucho, su esposo, llegar del trabajo con una bolsa de medicamentos y una enorme paleta en la mano. Cuando le explicó todo a Chucho, éste sin alarmarse le respondió:   


−No te preocupes, mujer, ¿Ya revisaste debajo de la cama? –y soltó ligera risa.  
−¿Te estás burlando de mí? ¿Acaso no ves cómo estoy de nervios?            
−Edith, muchas veces se nos nubla el pensamiento y no buscamos dentro de la casa, ¿No recuerdas cuando encontraron a tu prima Paola durmiendo entre el colchón y la pared de su cuarto después de una ardua búsqueda en la colonia? ¿Cuánto tiempo la estuvieron buscando tus tíos? ¡Anda! Ya verás que está ahí –La tomó del brazo y la invitó a pasar.     



Cuando llegaron al cuarto Edith se quedó en la puerta, desconcertada e indecisa entre perder el tiempo ahí o salir corriendo a buscar en la calle alguna pista. Chucho se sentó en la cama que compartían por la noche los tres, y preguntó suavemente ¿Pepito? ¿Pepe, hijo, estás ahí abajo? Un ligero golpe se escuchó debajo de la cama. Chucho sonrió y observo con ironía a Edith, a ella empezaba a iluminársele el rostro. Ambos sonreían postrados de rodillas a un lado de la cama, voltearon a mirarse a los ojos con una sonrisa de complicidad, se disponían a levantar la colcha que llegaba hasta el piso, al mismo tiempo, gesticulaban el conteo sin emitir sonido alguno: un, dos, TRES…    
            Debajo de la cama sólo encontraron las maletas viejas que aún no desocupaban y por la orilla, en la arista entre la pared y el suelo, una fila de hormigas que desfilaban. Los rostros de Edith y Chucho se parecían a los de aquellas personas que pierden la vida en un accidente vial: los ojos desorbitados, la quijada apretada, una asimetría total en la expresión.
            Tiempo después, cuando los letreros de “Se busca” desaparecieron de las calles, Edith se disponía a limpiar el refrigerador y descubrió bajo la escarcha acumulada en el fondo del congelador una corcholata con puntitos negros en su interior, después al observarla detenidamente descubrió que se trataban de hormigas y recordó aquel fatídico día en que su querido hijito desapareció. Recordaba esa línea negra en la pared y cómo los ojos negros, penetrantes, de una rata noruega la observaban detrás de una maleta para después mostrar los dientes y salir corriendo en busca de otro escondite. Aún recordaba el rostro iracundo de Chucho mientras con un palo de escoba mataba con saña a aquella rata.


Fragmentos para después.
*
            Si su hijo tuvo que saciar las necesidades sexuales y energéticas de un hombre de traje gris, tan sólo por matar a unas cuantas hormigas ¡Qué castigo tenía preparado para ellos el destino por haberse deshecho en forma tan violenta de un roedor!

**

“Hola, hijo, ¿a qué juegas?”, escuchó y saltó del susto dejando caer la corcholata que tenía en su mano izquierda, el sonido agudo, producido por el choque del metal con el cemento, despertó a un perro viejo en el fondo de la vecindad que bostezó para después de un momento volver a echar su cabeza sobre las patas. Volteó al lugar desde donde había escuchado la voz grave. Se quedó mirando con el ceño fruncido al desconocido y después regresando a su actividad respondió: “Juego con las hormigas”. No sabía por qué, pero el rostro triste de aquel señor le despertaba cierta simpatía, un rostro con el que se había familiarizado en las últimas semanas. Desde que llegaron a la nueva casa había visto ese rostro en los vecinos, se tratara de niños, adultos, viejos e incluso de los animales, quizá por eso la interrupción del extraño no representó algún peligro para el niño que inmediatamente se sosegó. 

domingo, 20 de marzo de 2016

Va llegando la primavera.

Desperté y observé el cielo. Una nube blanca con la forma de mis sueños permanecía tendida en el azul empalagoso. Ella podía serlo todo y, sin embargo, nada… El viento se encargó de arrastrarla lejos de mi visión.
            Afuera se escuchaba a los niños de la vecindad jugando en el patio. Jugaban a construir una casita, hacían un ruido que alegraba el alma, porque ¿quién es lo suficientemente infeliz para no disfrutar del sonido de los niños divirtiéndose?                
            Estuve a punto de pronunciar el condenatorio: "Detente, eres tan bello", pero caí en cuenta: Eolo por la noche me había despojado del frágil techo de lámina que me protegía del frío. ¡Oh, dicha, cuándo te presentaras para quedarte conmigo!
            Un tanto disgustado me levanté y fui a cerrar la puerta que también el viento abrió por la noche. Había entrado la primavera y los niños habían armado un buen fuerte con mis láminas arrebatadas a su llegada, no pude evitar sonreír.


"Cuando el viento sopla fuerte para un lado
yo inclino mi ser hacia el otro"




jueves, 17 de marzo de 2016

Otro cuento de Pepito II


Primera parte AQUÍ

Edith, así se llamaba la madre de Pepito, apareció en la puerta de la calle dos horas después de que su hijo jugara a ser Dios. Había tardado un poco más en el mercado porque un descuento en bases para el cabello se le atravesó en el camino. Con su nuevo look se dirigió linda al cuarto donde esperaba sorprender a su hijo con una gelatina, pero pepito no estaba. “Este cabrón ya se fue de vago y yo preocupándome por él”, se decía. Desde la puerta del cuarto imito el canto de los gaseros: “¡Pepito::: ↑↓! ¡Pepito:::!”, pero sólo recibió la respuesta de la vecina que la noche anterior le había solicitado azúcar: “a lo mejor se fue a jugar con los demás chicos al parque cuando salieron de la escuela”. Pensar en su hijo jugando cuando ella se había preocupado por traerle una gelatina al enfermito la puso de mal humor. De regreso en el cuarto empezó a calentar la olla de lentejas y sacó unos huevos del refrigerador.    
            Cuando la mesa y alimentos estuvieron listos para la comida, mandó a un niño de la vecindad, Juan, a buscar a Pepito al parque, pero éste no lo encontró ahí ni en las maquinitas ni en el callejón donde jugaban fútbol. El corazón de Edith comenzó a palpitar de preocupación. “¿Dónde se habrá metido mi Pepito?” pensaba mientras se dirigía a tocar puerta tras puerta de la vecindad, a cada niño del barrio se le acercaba para preguntar por él, sólo recibía por respuesta un “No lo he visto hoy, señito”, “ayer fue la última vez que lo vi”, una vecina como no queriendo agregó: “estaba jugando solo en el patio como a las 11, igual se aburrió y fue a buscar a sus amiguitos a la escuelita”. Era posible, la escuela se encontraba a una cuadra, salió corriendo en esa dirección, pero no tardo en ampliar el mapa de búsqueda a la colonia, ahora casa por casa tocaba los timbres donde sabía que vivía alguno de sus amiguitos de la escuela… recibía las mismas negativas. 
            El sol descendía lentamente en el poniente cuando decidió llamar a Locatel para reportar la desaparición de su hijito.    

−¡Ayúdeme señorita, mi hijito se perdió! ¡Desapareció! –corrigió inmediatamente antes de que la voz monótona al otro lado comenzara a interrogarla.          
−…
−Hace unas horas.     
−…
−¡Cómo voy a esperar 48 horas, es un niñito!         
−...
−¡Gracias por nada! –Azotó el teléfono de la esquina y sus ojos brillosos dejaron escapar un par de lágrimas de impotencia.    

Don Reyitos, que la observaba y había alcanzado a escuchar algo mientras bajaba la cortina de su miscelánea, se acercó y le dijo:

−Me pareció ver a Pepito platicando con un señor mas o menos de mi edad en la puerta de la vecindad. Después entró corriendo con algo en la mano y ya no supe qué pasó, hijita, porque me puse a acomodar los refrescos en el congelador –en lo último mentía, en realidad se había dispuesto a preparar su anforita de Bacardí con un poco de coca.
− ¿Un viejo? –se percató de haber herido al tendero con la pregunta y agregó con voz suave
− ¿Cómo era?        

−Pues era alto, diría que un poco curvado, muy delgado, con un rostro sin expresión, barba blanca, lo que me llamó la atención de él eran sus enormes bolsas debajo de los ojos, tenía un aire de extranjero con ese traje y sombrero gris como casi no se ven por estos rumbos… −se quedó pensando un rato mientras Edith lo miraba ya desesperada esperando algo más− Además llevaba una bolsita de dulces en la mano.  
−¡Y por qué no dijo nada antes cuando me vio salir desesperada a buscarlo!     −Pensé que se trataba de algún pariente lejano, hablaban con la naturalidad de los familiares, y como también tiene poco que se mudaron… Pensé que era su abuelito que quería visitarlos en la nueva dirección.
Edith ya no escuchó la última frase del tendero, sentía desvanecerse, ninguno de sus familiares cumplía con la descripción mencionada.

Tercera parte AQUÍ
    

miércoles, 9 de marzo de 2016

Otro cuento de Pepito I


Se encontraba Pepito en el patio de la vecindad. Su padre había salido a trabajar, su madre al mercado y las vecinas se encontraban limpiando sus respectivos cuartos al ritmo de cumbia y banda. Conforme avanzaba el tiempo la guerra entre altoparlantes se intensificaba, pero al final nadie ganaba. Era día de escuela, pero, como cada mes, Pepito se había enfermando de la garganta, por lo cual faltó a clases. “¡Válgame el cielo, qué niño tan enfermizo!” le había dicho una vecina mayor a su madre la noche anterior después de solicitar un poco de azúcar y echar un ojo dentro del cuarto donde él se encontraba acostado intentando no tragar saliva y odiando a la sin rostro que había pronunciado esa frase.      

            Para pasar el día, Pepito se había enfrascado en conocer el secreto de las hormigas que formaban una hilera desde el patio y seguían hasta la tienda de al lado, donde Don Reyitos, el dependiente, tomaba su habitual siesta después de haber levantado la cortina y desayunado, guardaba energías para atender a los niños de la escuela primaria que se encontraba tan sólo a una calle, aún faltaban un par de horas para que salieran revolucionando la actividad de la calle, mientras, el viejo seguía reposando. Parecía una mañana cualquiera en una vecindad de un barrio tranquilo.

            Pepito observaba con asombro cómo las hormigas llevaban en forma organizada migajas de comida, ramas e incluso otros bichos más grandes que ellas. Mientras las veía pensaba en el Dios del que le hablaban la semana pasada en las clases de catecismo. ¿Así como él estaba observando a las hormigas Dios estaría viéndolo, quizá junto a Santa Claus? Una idea ilumino su mente, ésta era una buena oportunidad para demostrar cómo él era un niño bueno y, claro, no darle excusas a ese blanco regordete, barbón y canoso, como cada año, para no recibir regalos en navidad. Ahora las hormigas serían sus protegidas. Lo primero por hacer será alimentarlas, pensó.        

            Se dirigió a la cocina, buscaba y buscaba, hasta que por fin halló el festín para sus protegidas, ¡Qué difícil es encontrar una cucaracha cuando se le necesita! Procuró no pisarla demasiado fuerte ¿a quién le gustaría comer un batidillo? Con ayuda de una hoja de papel y un palillo acercó los restos de la cucaracha a la fila de hormigas, estas tardaban en acercarse a las viandas ofrecidas por su diosito Pepito. Primero la exploradora le daba unas vueltas, luego con movimientos rápidos parecía gritarles a las otras: ¡Pueden llevársela, está limpia!
            Diez o 15 hormigas llevaban en sus espaldas los restos de la que hasta hace unos momentos gozaba de poder pasearse a la luz del día cerca de un bote de basura. El gran esfuerzo que realizaban era evidente para Pepito, así que decidió intervenir una vez más, adelantaría unos metros a la cucaracha en la dirección que seguía la hilera de hormigas –la puerta de la vecindad−. Con la ayuda del palillo le daba le daba golpes a la cucaracha adelantándola unos pasos, otro golpe y listo. Ha ayudado en lo posible a sus protegidas, no quería convertirlas en cigarras. Una vez más aparece la hormiga exploradora y da el aviso de marcha, pero parece gritarle a Pepito: “¡Mira el desastre que dejaste atrás!”, algunas hormigas rodeaban los restos de sus finadas compañeras de labor y también se las echan al hombro.      
            ¡Qué hiciste Pepito! ¡Eres un niño malo! Se había condenado al infierno −del cual aún no distinguía si se trataba de un lugar donde se castigaba a los buenos o recompensaba a los malos−, ya le había dado una excusa a Santa Claus para no volver a traerle regalos otro año más. Sentía un vacío en el estómago y cómo todo a su alrededor crecía mientras él se hacía pequeño, pero retomaba la perspectiva del mundo en cuanto veía a las hormigas llevarse a sus compañeras muertas, “Las van a enterrar, ¡no, se las van a comer! ¡Caníbales!” Pensaba “¡ustedes también deben ir al infierno!”. En un acto de furia comenzó a aplastarlas, primero con los dedos, luego las manos y terminó dando de zapatazos en el piso, ¡pecadoras!, gritaba.  
            Pepito se detuvo cuando se dispersaron las hormigas buscando refugio de sus zapatazos. Su momento de cólera había desaparecido junto con el festín que había proporcionado y 15 o 20 hormigas más. En medio metro del patio se podía apreciar los restos de una lucha con poca resistencia. Pepito se dispuso a recoger los restos de la batalla y miraba de reojo esperando que ninguna de sus vecinas estuviera al tanto de la masacre, procuraba que un ataque de tos repentino fuera lo menos estrepitoso posible. Una a una iba acomodando a las hormigas muertas en una corcholata de cerveza que encontró tirada junto a una maceta.



sábado, 27 de febrero de 2016

TODAS LAS CARTAS DE AMOR…

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fueran
ridículas.

También yo escribí en mis tiempos cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al final,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son
ridículas.

Quién volviera al tiempo en que escribía
sin prestar atención
cartas de amor
ridículas.

Lo cierto es que hoy
mis recuerdos
de aquellas cartas de amor
son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).


Pessoa, Fernando, y Adolfo Serra. Un Disfraz Equivocado. Trad. Martín López-Vega. Madrid: Nórdica Libros, 2015. Ebook.

miércoles, 17 de febrero de 2016

MUJERES Y HOMBRES ENAMORADOS

Loreta estaba separada del marido, una separación traumática que la llevó a jurar que nunca más se fijaría en ningún hombre, porque todos eran unos estúpidos, traidores y egoístas. No salía de casa, a no ser para llevar a su hija a fiestas infantiles a las que acudieran pocos hombres, tipos bonachones y aburridos que bebían pacientemente sus cervezas mientras las esposas se cuidaban de los chiquillos. Pero Loreta sabía que cuando volvieran a casa con sus mujeres iban a actuar con la misma brutalidad y falta de consideración que su marido. Las esposas, para ellos, no eran más que sirvientas sin derechos laborales.
Luís frecuentaba las mismas fiestas que Loreta. Cuando murió su mujer, Luís no hizo ningún juramento, pero dejó de interesarse por las otras mujeres y se dedicó a cuidar a su hija, de ocho años, por quien hacía todos los sacrificios, entre ellos el de acudir a aquellas fiestas infantiles, todos los sábados, con la pandilla de escolares, las vecinas, las amigas de las vecinas, las amigas de las amigas del colegio. Había sábados en que la hija era convidada a más de una fiesta.
Había pasado ya un año desde que hizo su juramento cuando Loreta notó la presencia de Luís en una de aquellas celebraciones infantiles. Y, contra su voluntad, se sintió atraída por él. Pero Luís ni siquiera reparaba en la presencia de Loreta, aunque coincidieran frecuentemente. Las hijas eran de la misma edad e iban a la misma escuela.
Loreta percibía que, a pesar del cariño de Luís por su hija, no le gustaban las fiestas infantiles, cosa comprensible, pues parecían inacabables con sus seis horas de duración media, de los altavoces salía sólo música ensordecedora, los animadores eran gente incansable que inventaba juegos y soplaba silbatos estridentes, las luces muy brillantes, los chiquillos gritones, las madres vociferaban, era, pues, lógico que Luís estuviera allí sin ánimo siquiera para levantarse de la silla, donde se sentaba en cuanto llegaba para permanecer horas allí, paciente y ensimismado.
Pese a que Loreta hacía lo posible para atraer la atención de Luís —las madres participaban también en los juegos, y muchas lo hacían aún con más entusiasmo que las hijas—, él parecía ni enterarse de la existencia de ella. En una ocasión, fingiendo que danzaba y cantaba una música con un refrán que decía bum-tchi-bum-tchicum-bumbum, o cosa parecida, Loreta se dejó caer sobre Luís, que oyó las disculpas de Loreta sin mirar siquiera para ella.
La atención de Loreta por aquel hombre callado y distante aumentaba semanalmente. Buscaba la manera de sentarse a una mesa próxima a él y, al menos, en eso siempre la favorecía la suerte. Pero, pese a estar allí al lado, Luís ni reparaba en ella. Un día, Loreta derramó un vaso de Coca-Cola sobre él y empezó a limpiarlo con un pañuelo que sacó del bolso, y Luís dijo sólo, déjelo, no se preocupe, sin mirar para ella. Loreta hizo otras tentativas, tropezó con la silla en la que estaba sentado Luís, le preguntó ¿quién está cantando eso? Hace calor, ¿no?, y otras indagaciones bobas, pero él seguía ajeno, absorto en sus pensamientos, esbozando sólo una sonrisa melancólica.
Después de largo tiempo, Loreta concluyó que sus esfuerzos eran vanos; y ella, a quien tanto le gustaba bailar, acabó quedándose sentada, aburrida, comiendo compulsivamente los dulces y los salados que sirven en esas fiestecillas. Una amiga le preguntó ¿qué te pasa? No era una de las amigas íntimas de Loreta, era sólo una conocida, las hijas de ambas estudiaban en la misma escuela, pero aquella pregunta le vino como caída del cielo, Loreta necesitaba aliviar el peso de su corazón.
Estoy enamorada.
Al fin, eso está bien, dijo la amiga, que se llamaba Paula.
Pero él no muestra ningún interés por mí.
Eso es duro, querida, no hay cosa peor. Lo sé por experiencia. ¿Recuerdas aquel chico que estaba conmigo en la fiesta del sábado pasado?
Loreta no lo recordaba. No veía a ningún hombre ante ella a no ser Luís.
Se llama Fred, a él tampoco le gustan los niños, a ningún hombre le gustan, a los hombres lo único que les gusta es el fútbol y la tele, ¿te acuerdas de mi ex? Nunca fue a una fiesta de la niña, pero Fred ha venido ya algunas veces, aunque la niña no es suya. Cuando lo conocí, ni me miraba, pero yo me dije, ése es el hombre de mi vida, puede que sea más joven que yo, tendrá diez años menos, pero va a ser mío. Y lo conseguí. ¿Sabes cómo?
Si me lo cuentas…
No lo creerás…
Vamos a ver.
Una santa me ha salvado la vida. Tú creerás que es una bruja, pero es una santa. Fui a consultarla, y no utilizó ni caracolillos, ni miró una bola de cristal, ni una baraja, ni nada. Tú ya sabes que a mí me encantan esas madames que leen las rayas de la mano y hacen pronósticos, hay una en la calle de la panadería, madame Zuleyma, yo fui una vez, pero no valía la pena. Pero ésta, madre Izaltina, no se llama madame tal o cual, sólo madre Izaltina, pues ella, después de oír lo que yo tenía que decir sobre el hombre de quien estaba enamorada, me bajó el párpado de abajo de mi ojo, lo mismo que hacen los médicos para ver si una está anémica, preguntó otra vez cuál era el nombre de Fred y me pidió que le llevara un poco de cera de la oreja de él. Si conseguía eso, me dijo, el hombre quedaría aún más enamorado de mí que yo de él.
¿Cera del oído? Qué cosa más rara. ¿Cómo conseguiste la cera del oído?
Ése fue el problema. Yo quedé atontada, sin saber qué hacer. Un día lo vi en un bar tomándose una caña. Me senté a una mesa al lado, indecisa. Me sentía ridícula, pensaba que estaba gorda y que era ya vieja, y decidí pagar mi cuenta y marcharme. Al abrir el bolso vi que llevaba una caja de algodoncillos que no sé cómo estaba allí. Era una coincidencia muy extraña. Saqué un algodón, me senté a la mesa de él y le pregunté. ¿Puedo sacarle un poquito de cera del oído?
¡Qué horror! ¿Eso hiciste?
Estaba desesperada.
¿Y qué dijo él?
Me miró, sorprendido, pero luego se echó a reír, y respondió volviendo una oreja hacia mí, sírvase, me llamo Fred. Pero él tiene un dragón tatuado en un brazo y un corazón en el otro, y allí pone amor de madre, esos tipos que llevan dragones tatuados y amor de madre son imprevisibles, lo supe luego. Le saqué la cera del oído con el algodón, con mucho cuidado para no aplastarla, le di las gracias y me marché de allí a toda prisa. Le di el algodón a la santa. Ella me dijo que esperase una semana. Al cabo de una semana tropecé con Fred en la calle, fingiendo un encuentro casual. Él me agarró del brazo con fuerza y me dijo, vamos a tomar una caña. Aquel mismo día ya nos acostamos, y el amor que siente por mí es cada vez más fuerte. Alucinante.
¿Cera del oído?
¿Quieres la dirección de la santa? Es en la calle del Riachuelo, en el centro de la ciudad.
Paula le dio la dirección a Loreta, advirtiéndole que la santa hablaba de una manera rara.
El lunes siguiente, Paula fue a la dirección de la calle del Riachuelo. Nunca había estado en aquella parte de la ciudad, sólo conocía la Barra de Tijuca, donde vivía, y un poco de Leblon y de Ipanema. Aquellas calles le parecieron feas, la gente mal vestida, se sentía un poco temerosa, pero, incluso así, llena de curiosidad. Al cabo de un rato empezó a sentir cierto encanto en aquellas casas bajas y antiguas que ostentaban en las fachadas fechas y figuras en altorrelieve.
Subió las escaleras de madera donde vivía la mujer a quien Paula llamaba santa. Llamó a la puerta y fue recibida por una figura que no le pareció exactamente una mujer, que no era ni gorda ni flaca, o, mejor dicho, tenía el rostro flaco y el cuerpo voluminoso, o quizá era sólo que sus pechos eran enormes, pero los brazos eran finos, y, normalmente, quien tiene el brazo fino tiene fina la pierna. Los ojos eran profundos y estaban bordeados de ojeras coloradas, las mejillas hundidas.
¿Es usted la madre Izaltina?
Entra, misifia, dijo la mujer. Loreta ya había sido advertida por Paula de que la mujer hablaba de un modo raro.
Entró en una sala llena de muebles viejos, sillones con el tapizado andrajoso, cortinas oscuras y pesadas en los ventanales, una jaula con un pajarillo, una televisión antigua.
Siéntate, misifia, dijo madre Izaltina. Te late muy fuerte el corazón…
Loreta se sentó. Se dio cuenta de que su corazón estaba realmente desbocado.
Fue Paula quien me habló de usted.
Ummmm, rezongó la vieja, ¿y cómo es el nombre de misifia?
¿El qué?
Tu nombre, misifia.
Loreta.
Ummmmm. ¿Y el del hombre?
Luís.
Ummmmm.
La expresión de madre Izaltina puso a Loreta nerviosa. Desvió la mirada hacia la jaula del pajarillo.
No es un pájaro de verdad, misifia, pero canta. ¿Quieres oírlo?
Madre Izaltina se levantó, accionó un mecanismo que había al lado de la jaula e inmediatamente el pájaro empezó a cantar. Luego, mientras el pájaro cantaba, madre Izaltina se acercó y colocó las dos manos abiertas en la cabeza de Loreta, que, pese al miedo, permanecía inmóvil.
Déjame ver, déjame ver, dijo madre Izaltina apretando las manos y alborotando un poco el pelo de Loreta, Ummmm…
Tras rezongar un poco más, madre Izaltina pasó la mano por el rostro, por el cuello, los brazos, las piernas y el pecho de Loreta, que estaba convencida de que iba a desmayarse.
La piel, misifia, gana del cabello, la piel gana del ojo, la piel gana de los dientes, la piel gana de todo lo que brilla o de lo que no brilla, de todo lo que aparece o se oculta en el cuerpo. Hay dientes postizos, pelo postizo, ojo postizo, todo eso puede una comprarlo en una tienda, pero la piel no.
Eso lo entendía Loreta, pero poco a poco empezó madre Izaltina a decir cosas incomprensibles en una lengua estropajosa, con exceso de misifia, repetido varias veces, y Loreta tampoco sabía qué significaba aquello.
Es eso, misifia, dijo madre Izaltina dejando su plática.
Perdone, madre Izaltina, pero de todo eso no he entendido nada.
Misifia, tienes que orinar en la pierna del hombre, por encima de la rodilla.
No entiendo, dijo Loreta confusa.
Tienes que mear en la pierna del hombre, por encima de la rodilla.
Durante un largo rato, Loreta permaneció callada, sin saber qué decir, fingiendo que miraba para la jaula del pajarillo.
¿No serviría un poco de cerumen de la oreja?, preguntó al fin.
Misifia, la cera de la oreja es para otro tipo de hombre. El tuyo es diferente. Sentí cómo es el hombre cuando pasé la mano por tu cabeza y por el pecho, que son los lugares donde él se ha alojado.
¿Y ahora?
¿Qué quiere decir ahora? Ahora, misifia, te vas y tu cuerpo está envuelto en humo, lo veo, es una humareda de color rojizo, realmente. ¿Quieres un vaso de agua?
¿Cuánto le debo?, preguntó Loreta abriendo el bolso.
Ya hablaremos después, misifia, cuando la cosa esté hecha.
Loreta bajó las escaleras y fue andando por la acera como una sonámbula. Al fin, encontró un taxi.
Soy idiota, pensó, cuando vio el mar por la ventanilla del taxi.
Al llegar a casa buscó el teléfono de Paula, pero no lo había anotado. Llamó al colegio de las niñas y allí consiguió el número.
Paula, esa vieja está loca. Lo tuyo debe de haber sido una casualidad.
No está loca, no, es una santa. Conozco otros casos. ¿Conoces a Lucinha? También ella quería enloquecer a un hombre y fue a ver a la santa. Hoy, el fulano está de rodillas a los pies de Lucinha.
¡Pero Lucinha está casada!
¿Y qué tiene que ver eso? No me vas a decir que tú, cuando estabas casada, no le pusiste los cuernos, al menos una vez.
Yo, nunca.
¿Cómo es posible? Yo sí lo hice, y no sólo una vez. Mira, esa historia de Lucinha tiene que quedar entre nosotras, ¿eh? Si se entera el marido, los mata a los dos. Dicen que ya mató a uno, cuando vivían en Mato Grosso. No se lo digas a nadie, prométemelo.
¿Pero a quién podría decírselo?
Qué sé yo. ¿No te lo he dicho yo a ti?
Ya te he dicho que no te preocupes. ¿Quieres que te lo jure?
Calma. ¿Y qué fue lo que la santa te mandó hacer? ¿Cera del oído? Con Lucinha fue un moco seco, ¿qué te parece? Un poquito de moco seco de la nariz del hombre. Lo que debió pasar Lucinha para sacar un moco seco de las narices del hombre. Yo tuve suerte con que sólo fuese cera del oído.
Pese a que lo de orinar era menos ridículo y hasta menos repugnante que lo del moco seco, Loreta no tuvo valor para decirle a Paula que la santa le había dicho que tenía que mear en la rodilla de Luís para que el encantamiento resultara. Y aparte de todo, Paula era una charlatana, y seguro que luego se lo contaba a todo el mundo. Loreta estaba ya arrepentida de haber tomado a Paula por confidente.
No, ella no me mandó hacer nada. Dijo que lo va a pensar y que ya me lo dirá después.
¿Que lo va a pensar? La santa me resolvió el problema en cinco minutos. Lo tuyo debe de ser más complicado. Tú eres una mujer complicada, no sé si él también lo es, pero tú eres muy complicada.
No me cobró nada.
La santa cobra sólo cuando la cosa acaba bien, pero entonces vas a ver… No sé qué hará con el dinero, la casa se le está cayendo a pedazos.
La entrevista de Loreta y madre Izaltina tuvo lugar un lunes. El sábado siguiente habría una fiesta de cumpleaños de una chiquilla en el salón de uno de los pisos del bloque y seguro que Luís comparecía con la niña.
Dios santo, dijo Loreta en la mañana del sábado mirándose al espejo, dos noches sin dormir, mira qué horrible tienes la cara, poco me falta para ser como aquella bruja. Aquella bruja era la madre Izaltina, la santa de Paula, que le había encomendado una tarea imposible de realizar. ¿Cómo iba a poder orinarse en la pierna de Luís? Una cosa es sacarle a alguien cera del oído, y otra muy distinta es acercarse a un hombre, a cualquier hombre por mucho tatuaje que llevara, y decirle ¿me permite orinar en su rodilla?
La tarde de aquel sábado llegó desesperada Loreta a la fiesta infantil. Se había puesto todo el maquillaje posible al caer la tarde para no parecer una de las muchas cotorras que estarían allí presentes, y llevaba su vestido más provocador, uno que mostraba el contorno de sus caderas y de su trasero, que seguía siendo milagrosamente pequeño y firme. Pero Luís no la miró ni una vez. ¿Cómo iba a hacer aquella cosa horrible que madre Izaltina le había pedido? Imposible. Loreta quisiera morirse y se pasó la fiesta entera atiborrándose de pastelillos, de frutos secos y de refrescos.
Cuando murió la mujer de Luís, él dejó de interesarse por las otras mujeres hasta conocer a Loreta en una fiesta infantil. Él odiaba las fiestas infantiles, aquella música, los adornos de los salones, odiaba a los animadores, a los niños, a las madres de los niños, odiaba los pastelitos, y las almendras. Lo odiaba todo. Pero su hija organizaba una llantina, y al fin él decía, está bien, te llevaré otra vez, pero ésta es la última, no voy a aceptar más chantajes, de nada te va a servir llorar hasta derretirte.
Pero acababa cediendo, y llevaba a la hija a las fiestas, se sentaba en una mesa echando pestes y maldiciendo para su camisa, pandilla de hijos de puta, y eso abarcaba a madres, animadores, camareros, maestras y chiquillas, excluida la suya. Hasta que vio a Loreta y se enamoró de ella, algo que siempre pensó que jamás iba a ocurrir tras la muerte de su mujer.
Luís no era hombre dado a lecturas, a no ser libros de pensamientos y máximas, y muchas se las sabía de corrido por contener verdades eternas. Una de ellas era de Miguel de Cervantes, viejo escritor español: la inclinación natural de la mujer es desdeñar a quien la quiere pero amar a quien la desprecia. En consecuencia, aquella mujer no se tenía que enterar de que estaba enamorado de ella. Pero ¿cómo conquistarla? Lo cierto es que no podía correr el riesgo de que Loreta descubriera el amor que sentía porque eso lo echaría todo a perder como había advertido el maestro español desde lo alto de su sabiduría.
Después de haber encontrado a Loreta, el comportamiento de Luís cambió. Ya el jueves, y a veces incluso el miércoles, le preguntaba a la hija ¿va a haber fiesta el sábado?, ¿quieres un vestido nuevo? Cuando llegaba a la fiesta se sentaba en una mesa próxima a la de la amada, cosa fácil pues el destino parecía colocarlos siempre en mesas contiguas. Se mantenía indiferente, reservado, repitiendo mentalmente el aforismo del español, con un aire apático ensayado ante el espejo, aunque su corazón latía desenfrenado. Loreta, ése era su nombre, tampoco parecía notar la presencia de él. En una ocasión lo pisó en el pie, en otra derramó un vaso de Coca-Cola en su traje, era una mujer de aspecto soñador, había algo de sublime en ella, incluso cuando bailaba aquellas músicas de moda, tan vulgares. Pero él había notado también que, últimamente, Loreta permanecía sentada, atiborrándose de dulces y saladillas. Sentía ganas de decirle que no comiera aquellas porquerías, que tenía un cuerpo muy hermoso y que iba a engordar, a volverse culona como la mayoría de las madres que asistían a aquellas fiestecillas, y como decía Samuel Johnson, quien no presta atención a su barriga no le presta atención a nada. Es decir: hay que saber comer, que el comer no es algo que haya que hacer distraídamente como hace la gente cuando se atiborra de dulces, salados y demás porquerías. Comer tiene que ser un placer y no algo que sirva sólo para dilatar la panza y para que crezca el culo y las tetas se le arrastren, y la mujer que no entiende eso es que no entiende nada, no ve que su vida ha sido destruida. Pero eso era una cosa suya, Samuel Johnson no había llegado a tanto, pero la manera correcta de entender una máxima es desarrollarla de acuerdo con el buen sentido y la experiencia de cada uno.
En las fiestas, Luís no hablaba con nadie. Estaba siempre planeando el recurso ingenioso que iba a utilizar para conseguir un contacto prometedor con Loreta. Como decía el español aquel, amor y guerra son lo mismo, estratagemas y diplomacia se permiten tanto en uno como en el otro. ¿Pero cuál podía ser la estratagema?
Un día, un tipo melenudo pidió permiso y se sentó a la mesa de Luís.
¿No siente usted ganas de estrangular a toda esa chiquillería?, preguntó el melenudo.
Entre ellas está mi hija.
Está bien, sacamos a su hija de la lista, yo no sé quién es pero seguro que es una buena chiquita. Pero a las otras, dígame la verdad, ¿no las estrangularía a todas?
Luís entró en el juego.
¿Y no sería mejor meterlas a todas en una jaula?
Seguirían gritando igual.
Es verdad. Pero podríamos enjaularlas amordazadas, ¿qué le parece?
Eso está mejor. Me llamo Fred.
Yo, Luís. Encantado.
Siempre lo veo meditabundo, cabizbajo, sentado solo en la mesa sin mirar a las mujeres. Esto es un vivero, amigo, está lleno de mujeres esperándonos. No falla. ¿Cuál es su problema? ¿Está enamorado de una mujer que no le hace caso?
Sólo veo mujeres que no me interesan nada, dijo Luís. Aunque… —y se inclinó para susurrarle algo a Fred—, esa rubita de ahí al lado sí que me parece interesante.
Fred miró de soslayo. Sé quién es. Se llama Loreta. Compañero, esa mujer es imposible, fría, frígida como decían antiguamente. A veces hasta me parece que tira para el otro lado. Búsquese otra.
Pero yo no quiero nada con ella, dijo Luís, sólo hablé por decir algo.
En la fiesta siguiente, Luís se encontró de nuevo con Fred. Éste estaba en la misma mesa de Loreta con otra mujer. Por un momento se ausentaron las dos y Fred fue a hablar con Luís.
¿Esa mujer que te gusta viene por aquí?
No, ella, ella es de São Paulo.
Hay muchas paulistas que están muy buenas. ¿Y no te hace caso?
No me hace caso.
¿Has visto aquel pedazo de mujer que estaba en la mesa conmigo? No hablo de la rubita tortillera.
No parece tortillera.
Pues, al menos, es frígida. Pero la otra: ¿La viste? ¿La viste? Un buen bocado, amigo. El caso es que yo estaba obsesionado por ella, pero nada, para ella como si yo no existiera. Y busqué la manera de conseguirla. Cuando lo hice, y ya la primera vez que nos encontramos, fue ella quien me arrastró a la cama. Pero antes tuve que arreglármelas.
Arreglártelas ¿cómo?
Fui a una mujer, una especie de bruja que consigue que la gente se enamore. Fui a verla y le conté mi drama, no se lo conté todo, pero aquella mujer es un águila. Hice lo que me mandó. ¿Sabes qué era?
No.
La bruja dijo que yo debía hacer que la mujer aquella me sacara cera del oído. Yo le respondí: ¿Y cómo puedo lograr esa hazaña? Me parece imposible. Y la vieja me respondió, nada, usted no tiene que hacer nada. Y eso fue lo que hice, nada. No olvides que Paula no quería saber nada de mí. Un día, estaba yo tan tranquilo en el bar y llegó ella y me sacó cera del oído con un algodoncillo, y luego salió a toda prisa. Cuando nos encontramos de nuevo, fuimos directamente a la cama, Paula estaba loca de amor por mí. ¿Quieres la dirección de la bruja? Vive en la calle del Riachuelo, en el centro. Se llama madre Izaltina. Pero te lo advierto, habla de una manera rara, dice cosas que uno no entiende. Y sólo pasa factura después de hacer el milagro.
Luís fue a ver a madre Izaltina en la calle del Riachuelo. Él conocía bien el barrio porque, antes de irse a vivir a la Barra, había residido allí cerca, en el Barrio de Fátima, aunque después fue mejorando económicamente y de Fátima pasó a Tijuca, y de Tijuca a Botafogo y, al final, de Botafogo a la Barra.
Madre Izaltina abrió la puerta.
Entra, misifio, siéntate ahí.
Él se sentó, torpe, sin poder mirar a la cara a la bruja. Era una mujer flaca con la piel toda en colgajos, y sus ojillos profundos parecían los de un animal que él había visto en la tele.
¿Quién te ha hablado de mí, misifio?
Un amigo que se llama Fred.
Ummmmm. ¿Y cómo te llamas tú, misifio?
Luís.
Ummmm. ¿Y la moza?
Loreta.
Ummmmm, ummmmm, dijo madre Izaltina, mirando hacia una jaula en la que se veía un pajarillo que parecía enfermo. Estuvo callada algún tiempo.
Saca la lengua, dijo al fin madre Izaltina.
¿Qué?
Sí, la lengua. Eso que misifio tiene en la boca.
Luís sacó tímidamente la lengua.
Más, más, que así no lo veo todo, misifio.
Luís abrió la boca y exhibió la lengua cuanto pudo.
No puedo más, dijo a punto de ahogarse.
El problema es serio, misifio.
Lo sé, para ella ni existo.
Misifio, la moza va a tener que hacer algo contigo.
No comprendo.
Va a tener que hacer algo contigo.
¿Conmigo?
Tendrá que orinar en tu pierna, encima de la rodilla.
¿Qué?
Misifio ha oído perfectamente lo que he dicho.
¿Mearse en mi pierna?
Saca otra vez la lengua, misifio.
La bruja tocó con los dedos la lengua de Luís, rápidamente, primero con un dedo, luego con otro, como si estuviera tocando el piano o manchando los dedos de tinta para dejar las huellas digitales. Luís sintió ganas de vomitar.
Está muy claro, misifio, la chica tiene que orinarse en tu pierna.
¡Pero qué locura! ¿Cómo voy a conseguir eso?
Pídeselo. Vete allá y se lo pides, misifio.
Pero ella es una mujer recatada, discreta. ¿Cómo le voy a pedir una cosa así?
Lo que es, es, dijo madre Izaltina.
Luís quería salir de allí lo antes posible. Sacó el billetero del bolsillo.
Ya hablaremos luego, misifio, dijo madre Izaltina apartando el billetero con un ademán.
Ya en la calle, Luís entró en el primer bar que encontró. Tendría que ser un idiota supersticioso para creer en las patochadas de aquella vieja demente. Él tenía a orgullo ser un escéptico, y la superstición, como dijo un filósofo cuyo nombre no recordaba ahora, la superstición es la religión de los débiles mentales. Se había portado como un loco, como un imbécil, yendo a consultar con aquella loca. ¡Completamente loca y embaucadora! Cómo se le ocurría pedirle que se acercara a una mujer fina, decente, para decirle ¿quiere usted hacerme el favor de orinar en mi rodilla?
Al año siguiente, Luís llevó a la hija a otro colegio y dejó de ir a las fiestecillas infantiles. No quería arriesgarse a un encuentro con Loreta, tenía que olvidarla. Pero se pasó el resto de su vida pensando en ella, triste y melancólico.
Loreta siguió yendo a las fiestas, las madres tienen que llevar a las hijas a sitios así. No lograba olvidar a Luís, a quien seguía esperando encontrar un día. Las fiestas eran ahora más ruidosas, más llenas de cadenetas de papel, de luces, de bebidas, de animadores histéricos, de chiquillas inquietas, de hombres falsos y mujeres vulgares, pero, al menos, los dulces y las saladillas eran cada vez mejores.


-Fonseca, Rubem. Secreciones, Excreciones Y Desatinos. Barcelona: Seix Barral, 2003. Impreso.


martes, 16 de febrero de 2016

Hey, Joe.

Mientras él jugaba a ser Joe Clay con una pachita de ron barato en una mano y un cigarrillo en la otra, ella interpretaba a la Joe de von Trier al otro lado de un puerta de madera. La música limitaba el espectáculo, no podía escuchar la respiración acelerada de ella ni los gruñidos de sus acompañantes, se atormentaba imaginándolos. 
                Pegó la oreja en la puerta del baño, pero nada, alguien había subido el volumen porque sonaban el talentoso Jimmy. Intentaba concentrarse enfocando la mirada en algún rincón escasamente iluminado, pero no podía, quería enterarse de cuanto sucedía a unos pasos de él, creyó sentir un golpe sordo en la madera y cerró los ojos, se sentía desfallecer mientras pegaba los labios en la puerta.       
                La piel de ella dejó de brillar para él cuando por fin salió de aquel cuarto de baño y le preguntó, como sin querer y soltando una risita: “¿aún por aquí?”. El antifaz que le había obsequiado cayó y se quebró sin remedio, los gamberros que salieron tras de ella se encargaron de terminar de destruirlo. Él, más aturdido por el alcohol que por la situación, sólo atinó a señalarle que aún le quedaba un poco de ron en la botella.      
                Desde un rincón,  sentado en un banco incomodo, apenas iluminado por una lámpara, la miraba intentando acallar a su espíritu lastimado que intentaba escapar por sus ojos. De algo estaba seguro, dolería menos si la audiencia se hubiera limitado a sus acompañantes, pero alrededor todavía quedaban algunos feligreses achispados lanzándole miradas mordaces. Y él, que parecía afriebrado, daba sorbitos a la botella vacía sin apartar la mirada de ella. 
   



lunes, 21 de diciembre de 2015

EL FUEGO DEL ESCORPIÓN

«Hace mucho tiempo, en cierto lugar remoto, vivía un escorpión que se alimentaba de pequeños insectos y otros animalitos. Un día, una comadreja lo encontró y se lo quiso comer. El escorpión intentó huir con desesperación, pero, al final, acorralado, cayó en un pozo. A pesar de sus esfuerzos, no pudo salir y empezó a ahogarse. En ese momento se puso a rezar del siguiente modo: “¿Cuántas vidas de insectos habré tomado hasta ahora para subsistir? Y, ahora, al perseguirme la comadreja, he querido escapar, sin lograr siquiera salvar mi vida. ¿Por qué no habré dejado que me capturara sin resistir? Quizá así ella hubiera podido vivir un día más. Dios mío, mira mi corazón y no permitas que mi próxima vida se derroche de este modo. Haz que mi cuerpo sea útil a los demás”. Al decir esto, el escorpión vio que su cuerpo comenzaba a arder con una hermosa llama roja que iluminaba la oscuridad de la noche. Mi padre decía que desde entonces continúa ardiendo y así seguirá por siempre. ¡Seguro que es aquella hoguera!».



-Fragmento del Capítulo 13 de El tren nocturno de la vía láctea.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Soy dichoso, soy feliz.

Hoy soy feliz, me han pagado el aguinaldo, me siento invencible y ando con el pecho en alto. He decidido no guardarlo en el banco, “¡el dinero es para gastarlo, carajo!”. Hoy la cartera está llena y mi seguridad en ella. Comeré tacos de la esquina, es tal mi buen humor que hasta pediré unos para llevarle a mi suegra. “Casualmente” Doña Chona ha puesto un changarrito afuera de la vecindad, quizá ni sea necesario caminar hasta la esquina. Hoy me siento tan poderoso que, en lugar de comprar dos boletos del metro (como de costumbre), compraré... ¡los de una semana! Me han depositado el aguinaldo… hoy sueño que soy humano.

martes, 8 de diciembre de 2015

No siento nada.

Podía sentir la respiración de ella a un costado en la cama. La observaba. Kawabata tenía razón: "las mujeres no pueden ocultar su edad mientras duermen", pensó. Acostado en la penumbra escuchaba desde el callejón a los vagos del barrio divirtiéndose, bebiendo y quizá hasta bailando. ¡Vaya forma de recibir el año! No tenía la más remota idea de en dónde se encontraba realmente, ¿Iztapalapa o Neza? Nunca se tomaba el tiempo para ubicarse en un punto geográfico, simplemente estaba despierto en la oscuridad.  
            Miraba el techo de la habitación iluminado por un leve hilo de luz proveniente del patio. La escasa luminosidad se colaba entre las cortinas, pero ¿qué hago yo acá?, esa pregunta ya era una constante en su vida. El "No hay nadie en casa, ven a recibir el año nuevo conmigo" aún retumbaba en su cabeza; en su mente él captó "corre, quiero que me cojas". Ah, las hormonas habían ganado, ya no era el mismo joven que salió sin decir adiós de casa.    
           En el camino sólo pensaba en cómo recordaría este año viejo. Vivía añorando la nostalgia futura, no era feliz, el presente se le escapaba. Al llegar con ella, ésta lo recibió con un:

‒Creí que ya no vendrías. 
‒Y yo que en realidad no había nadie en tu casa, llevo 15 minutos tocando la puerta, jaja ‒un pésimo chiste la verdad, pero son el tipo de comentarios que hace un chico en la víspera de perder su virginidad.            
‒Disculpa, estaba durmiendo ‒ella sonrió, su sonrisa siempre le había parecido inocente, la adoraba.

Atravesaron el patio ya obscuro, había caído el sol. Ella lo guiaba mientras él la seguía apreciando el bamboleo de su falda gris y las medias negras ajustadas a sus piernas atléticas, justo la combinación que unos días atrás le había comentado le gustaría verle utilizar, y como la imaginó: ese par de piernas de corredora entalladas en medias le venían de lujo. Era una pena que por lo general se mostrará en fachas ante él, pero entonces él sospechaba qué se escondía debajo de esos atuendos horrorosos, de mal gusto. Supo esperar.

‒Luces hermosa hoy ‒le dijo con voz entrecortada mientras ingresaban a la sala.
‒Gracias ‒respondió ella dejando entrever otra vez su sonrisa.


La miraba de reojo odiándola. Pensaba en obligarla a terminar lo que había empezado, pero estaba desarmado. Ese "no siento nada", que ella le soltó al apartarse de su regazo para recostarse a dormir sin más, retumbaba en su cabeza, en el cuarto, en la calle, junto a los cohetes que los borrachines tiraban al cielo. Y para colmo esa sonrisa maliciosa al terminar el no-sien-to-na-da. Ganas de matarla era lo que él sentía. Así como ella había lapidado su virilidad minutos antes, él acabaría con su estúpida sonrisa.       
            La despertó con una bofetada, su expresión de desconcierto le causó cierta satisfacción, ya comenzaba a recobrar la seguridad. Una bofetada más para repetir la sensación, pero no fue lo mismo, nunca es lo mismo cuando se intenta revivir la experiencia de regocijo: "detente, eres tan bello". Con una mano le apretó el cuello, ella lo miró con terror, esa expresión le encantó aún más que su sonrisa inocente. Se llevó los dedos índice y medio a la boca para después, con un sólo movimiento, pasearlos en los labios virginales de ella que con la mirada le decía mil cosas, pero con su boca no emitía sonido alguno...     
            El terror en un cuarto obscuro, su piel era tan blanca que permitía apreciar hasta el más mínimo rasgo de su rostro en la oscuridad. Con miedo quiso hacer un NO rápido con la cabeza, pero el movimiento se quedó a la mitad no hubo regreso, porque él de inmediato le besó el cuello y el perfil del rostro descubierto. La resistencia de ella lo desconcertaba, pafff, otra cachetada, más seguridad para continuar. Un destello de luces rojas y azules iluminaron el cuarto. Su cuerpo permaneció pasmado sobre ella, de apoco el cuarto regresó a la penumbra, ellos se miraban sin decir nada, otro cohete en la calle, un nuevo brindis a lo lejos. Por fin escuchó su voz: “Despiértate ya... bueno, haz lo que quieras”.         
           
             Cuando abrió los ojos pudo ver la ventana del c
uarto con las cortinas abiertas. La luz entraba por todo el cuadro iluminando las paredes blancas. Miró a su alrededor, sintió una punzada en el estómago, no había nadie a su lado, ni sábanas ni cobijas. Se asomó al patio, allá estaban colgadas, secándose, las sabanas y las cobijas. No podía recordar exactamente lo que había pasado>>>