miércoles, 17 de febrero de 2016

MUJERES Y HOMBRES ENAMORADOS

Loreta estaba separada del marido, una separación traumática que la llevó a jurar que nunca más se fijaría en ningún hombre, porque todos eran unos estúpidos, traidores y egoístas. No salía de casa, a no ser para llevar a su hija a fiestas infantiles a las que acudieran pocos hombres, tipos bonachones y aburridos que bebían pacientemente sus cervezas mientras las esposas se cuidaban de los chiquillos. Pero Loreta sabía que cuando volvieran a casa con sus mujeres iban a actuar con la misma brutalidad y falta de consideración que su marido. Las esposas, para ellos, no eran más que sirvientas sin derechos laborales.
Luís frecuentaba las mismas fiestas que Loreta. Cuando murió su mujer, Luís no hizo ningún juramento, pero dejó de interesarse por las otras mujeres y se dedicó a cuidar a su hija, de ocho años, por quien hacía todos los sacrificios, entre ellos el de acudir a aquellas fiestas infantiles, todos los sábados, con la pandilla de escolares, las vecinas, las amigas de las vecinas, las amigas de las amigas del colegio. Había sábados en que la hija era convidada a más de una fiesta.
Había pasado ya un año desde que hizo su juramento cuando Loreta notó la presencia de Luís en una de aquellas celebraciones infantiles. Y, contra su voluntad, se sintió atraída por él. Pero Luís ni siquiera reparaba en la presencia de Loreta, aunque coincidieran frecuentemente. Las hijas eran de la misma edad e iban a la misma escuela.
Loreta percibía que, a pesar del cariño de Luís por su hija, no le gustaban las fiestas infantiles, cosa comprensible, pues parecían inacabables con sus seis horas de duración media, de los altavoces salía sólo música ensordecedora, los animadores eran gente incansable que inventaba juegos y soplaba silbatos estridentes, las luces muy brillantes, los chiquillos gritones, las madres vociferaban, era, pues, lógico que Luís estuviera allí sin ánimo siquiera para levantarse de la silla, donde se sentaba en cuanto llegaba para permanecer horas allí, paciente y ensimismado.
Pese a que Loreta hacía lo posible para atraer la atención de Luís —las madres participaban también en los juegos, y muchas lo hacían aún con más entusiasmo que las hijas—, él parecía ni enterarse de la existencia de ella. En una ocasión, fingiendo que danzaba y cantaba una música con un refrán que decía bum-tchi-bum-tchicum-bumbum, o cosa parecida, Loreta se dejó caer sobre Luís, que oyó las disculpas de Loreta sin mirar siquiera para ella.
La atención de Loreta por aquel hombre callado y distante aumentaba semanalmente. Buscaba la manera de sentarse a una mesa próxima a él y, al menos, en eso siempre la favorecía la suerte. Pero, pese a estar allí al lado, Luís ni reparaba en ella. Un día, Loreta derramó un vaso de Coca-Cola sobre él y empezó a limpiarlo con un pañuelo que sacó del bolso, y Luís dijo sólo, déjelo, no se preocupe, sin mirar para ella. Loreta hizo otras tentativas, tropezó con la silla en la que estaba sentado Luís, le preguntó ¿quién está cantando eso? Hace calor, ¿no?, y otras indagaciones bobas, pero él seguía ajeno, absorto en sus pensamientos, esbozando sólo una sonrisa melancólica.
Después de largo tiempo, Loreta concluyó que sus esfuerzos eran vanos; y ella, a quien tanto le gustaba bailar, acabó quedándose sentada, aburrida, comiendo compulsivamente los dulces y los salados que sirven en esas fiestecillas. Una amiga le preguntó ¿qué te pasa? No era una de las amigas íntimas de Loreta, era sólo una conocida, las hijas de ambas estudiaban en la misma escuela, pero aquella pregunta le vino como caída del cielo, Loreta necesitaba aliviar el peso de su corazón.
Estoy enamorada.
Al fin, eso está bien, dijo la amiga, que se llamaba Paula.
Pero él no muestra ningún interés por mí.
Eso es duro, querida, no hay cosa peor. Lo sé por experiencia. ¿Recuerdas aquel chico que estaba conmigo en la fiesta del sábado pasado?
Loreta no lo recordaba. No veía a ningún hombre ante ella a no ser Luís.
Se llama Fred, a él tampoco le gustan los niños, a ningún hombre le gustan, a los hombres lo único que les gusta es el fútbol y la tele, ¿te acuerdas de mi ex? Nunca fue a una fiesta de la niña, pero Fred ha venido ya algunas veces, aunque la niña no es suya. Cuando lo conocí, ni me miraba, pero yo me dije, ése es el hombre de mi vida, puede que sea más joven que yo, tendrá diez años menos, pero va a ser mío. Y lo conseguí. ¿Sabes cómo?
Si me lo cuentas…
No lo creerás…
Vamos a ver.
Una santa me ha salvado la vida. Tú creerás que es una bruja, pero es una santa. Fui a consultarla, y no utilizó ni caracolillos, ni miró una bola de cristal, ni una baraja, ni nada. Tú ya sabes que a mí me encantan esas madames que leen las rayas de la mano y hacen pronósticos, hay una en la calle de la panadería, madame Zuleyma, yo fui una vez, pero no valía la pena. Pero ésta, madre Izaltina, no se llama madame tal o cual, sólo madre Izaltina, pues ella, después de oír lo que yo tenía que decir sobre el hombre de quien estaba enamorada, me bajó el párpado de abajo de mi ojo, lo mismo que hacen los médicos para ver si una está anémica, preguntó otra vez cuál era el nombre de Fred y me pidió que le llevara un poco de cera de la oreja de él. Si conseguía eso, me dijo, el hombre quedaría aún más enamorado de mí que yo de él.
¿Cera del oído? Qué cosa más rara. ¿Cómo conseguiste la cera del oído?
Ése fue el problema. Yo quedé atontada, sin saber qué hacer. Un día lo vi en un bar tomándose una caña. Me senté a una mesa al lado, indecisa. Me sentía ridícula, pensaba que estaba gorda y que era ya vieja, y decidí pagar mi cuenta y marcharme. Al abrir el bolso vi que llevaba una caja de algodoncillos que no sé cómo estaba allí. Era una coincidencia muy extraña. Saqué un algodón, me senté a la mesa de él y le pregunté. ¿Puedo sacarle un poquito de cera del oído?
¡Qué horror! ¿Eso hiciste?
Estaba desesperada.
¿Y qué dijo él?
Me miró, sorprendido, pero luego se echó a reír, y respondió volviendo una oreja hacia mí, sírvase, me llamo Fred. Pero él tiene un dragón tatuado en un brazo y un corazón en el otro, y allí pone amor de madre, esos tipos que llevan dragones tatuados y amor de madre son imprevisibles, lo supe luego. Le saqué la cera del oído con el algodón, con mucho cuidado para no aplastarla, le di las gracias y me marché de allí a toda prisa. Le di el algodón a la santa. Ella me dijo que esperase una semana. Al cabo de una semana tropecé con Fred en la calle, fingiendo un encuentro casual. Él me agarró del brazo con fuerza y me dijo, vamos a tomar una caña. Aquel mismo día ya nos acostamos, y el amor que siente por mí es cada vez más fuerte. Alucinante.
¿Cera del oído?
¿Quieres la dirección de la santa? Es en la calle del Riachuelo, en el centro de la ciudad.
Paula le dio la dirección a Loreta, advirtiéndole que la santa hablaba de una manera rara.
El lunes siguiente, Paula fue a la dirección de la calle del Riachuelo. Nunca había estado en aquella parte de la ciudad, sólo conocía la Barra de Tijuca, donde vivía, y un poco de Leblon y de Ipanema. Aquellas calles le parecieron feas, la gente mal vestida, se sentía un poco temerosa, pero, incluso así, llena de curiosidad. Al cabo de un rato empezó a sentir cierto encanto en aquellas casas bajas y antiguas que ostentaban en las fachadas fechas y figuras en altorrelieve.
Subió las escaleras de madera donde vivía la mujer a quien Paula llamaba santa. Llamó a la puerta y fue recibida por una figura que no le pareció exactamente una mujer, que no era ni gorda ni flaca, o, mejor dicho, tenía el rostro flaco y el cuerpo voluminoso, o quizá era sólo que sus pechos eran enormes, pero los brazos eran finos, y, normalmente, quien tiene el brazo fino tiene fina la pierna. Los ojos eran profundos y estaban bordeados de ojeras coloradas, las mejillas hundidas.
¿Es usted la madre Izaltina?
Entra, misifia, dijo la mujer. Loreta ya había sido advertida por Paula de que la mujer hablaba de un modo raro.
Entró en una sala llena de muebles viejos, sillones con el tapizado andrajoso, cortinas oscuras y pesadas en los ventanales, una jaula con un pajarillo, una televisión antigua.
Siéntate, misifia, dijo madre Izaltina. Te late muy fuerte el corazón…
Loreta se sentó. Se dio cuenta de que su corazón estaba realmente desbocado.
Fue Paula quien me habló de usted.
Ummmm, rezongó la vieja, ¿y cómo es el nombre de misifia?
¿El qué?
Tu nombre, misifia.
Loreta.
Ummmmm. ¿Y el del hombre?
Luís.
Ummmmm.
La expresión de madre Izaltina puso a Loreta nerviosa. Desvió la mirada hacia la jaula del pajarillo.
No es un pájaro de verdad, misifia, pero canta. ¿Quieres oírlo?
Madre Izaltina se levantó, accionó un mecanismo que había al lado de la jaula e inmediatamente el pájaro empezó a cantar. Luego, mientras el pájaro cantaba, madre Izaltina se acercó y colocó las dos manos abiertas en la cabeza de Loreta, que, pese al miedo, permanecía inmóvil.
Déjame ver, déjame ver, dijo madre Izaltina apretando las manos y alborotando un poco el pelo de Loreta, Ummmm…
Tras rezongar un poco más, madre Izaltina pasó la mano por el rostro, por el cuello, los brazos, las piernas y el pecho de Loreta, que estaba convencida de que iba a desmayarse.
La piel, misifia, gana del cabello, la piel gana del ojo, la piel gana de los dientes, la piel gana de todo lo que brilla o de lo que no brilla, de todo lo que aparece o se oculta en el cuerpo. Hay dientes postizos, pelo postizo, ojo postizo, todo eso puede una comprarlo en una tienda, pero la piel no.
Eso lo entendía Loreta, pero poco a poco empezó madre Izaltina a decir cosas incomprensibles en una lengua estropajosa, con exceso de misifia, repetido varias veces, y Loreta tampoco sabía qué significaba aquello.
Es eso, misifia, dijo madre Izaltina dejando su plática.
Perdone, madre Izaltina, pero de todo eso no he entendido nada.
Misifia, tienes que orinar en la pierna del hombre, por encima de la rodilla.
No entiendo, dijo Loreta confusa.
Tienes que mear en la pierna del hombre, por encima de la rodilla.
Durante un largo rato, Loreta permaneció callada, sin saber qué decir, fingiendo que miraba para la jaula del pajarillo.
¿No serviría un poco de cerumen de la oreja?, preguntó al fin.
Misifia, la cera de la oreja es para otro tipo de hombre. El tuyo es diferente. Sentí cómo es el hombre cuando pasé la mano por tu cabeza y por el pecho, que son los lugares donde él se ha alojado.
¿Y ahora?
¿Qué quiere decir ahora? Ahora, misifia, te vas y tu cuerpo está envuelto en humo, lo veo, es una humareda de color rojizo, realmente. ¿Quieres un vaso de agua?
¿Cuánto le debo?, preguntó Loreta abriendo el bolso.
Ya hablaremos después, misifia, cuando la cosa esté hecha.
Loreta bajó las escaleras y fue andando por la acera como una sonámbula. Al fin, encontró un taxi.
Soy idiota, pensó, cuando vio el mar por la ventanilla del taxi.
Al llegar a casa buscó el teléfono de Paula, pero no lo había anotado. Llamó al colegio de las niñas y allí consiguió el número.
Paula, esa vieja está loca. Lo tuyo debe de haber sido una casualidad.
No está loca, no, es una santa. Conozco otros casos. ¿Conoces a Lucinha? También ella quería enloquecer a un hombre y fue a ver a la santa. Hoy, el fulano está de rodillas a los pies de Lucinha.
¡Pero Lucinha está casada!
¿Y qué tiene que ver eso? No me vas a decir que tú, cuando estabas casada, no le pusiste los cuernos, al menos una vez.
Yo, nunca.
¿Cómo es posible? Yo sí lo hice, y no sólo una vez. Mira, esa historia de Lucinha tiene que quedar entre nosotras, ¿eh? Si se entera el marido, los mata a los dos. Dicen que ya mató a uno, cuando vivían en Mato Grosso. No se lo digas a nadie, prométemelo.
¿Pero a quién podría decírselo?
Qué sé yo. ¿No te lo he dicho yo a ti?
Ya te he dicho que no te preocupes. ¿Quieres que te lo jure?
Calma. ¿Y qué fue lo que la santa te mandó hacer? ¿Cera del oído? Con Lucinha fue un moco seco, ¿qué te parece? Un poquito de moco seco de la nariz del hombre. Lo que debió pasar Lucinha para sacar un moco seco de las narices del hombre. Yo tuve suerte con que sólo fuese cera del oído.
Pese a que lo de orinar era menos ridículo y hasta menos repugnante que lo del moco seco, Loreta no tuvo valor para decirle a Paula que la santa le había dicho que tenía que mear en la rodilla de Luís para que el encantamiento resultara. Y aparte de todo, Paula era una charlatana, y seguro que luego se lo contaba a todo el mundo. Loreta estaba ya arrepentida de haber tomado a Paula por confidente.
No, ella no me mandó hacer nada. Dijo que lo va a pensar y que ya me lo dirá después.
¿Que lo va a pensar? La santa me resolvió el problema en cinco minutos. Lo tuyo debe de ser más complicado. Tú eres una mujer complicada, no sé si él también lo es, pero tú eres muy complicada.
No me cobró nada.
La santa cobra sólo cuando la cosa acaba bien, pero entonces vas a ver… No sé qué hará con el dinero, la casa se le está cayendo a pedazos.
La entrevista de Loreta y madre Izaltina tuvo lugar un lunes. El sábado siguiente habría una fiesta de cumpleaños de una chiquilla en el salón de uno de los pisos del bloque y seguro que Luís comparecía con la niña.
Dios santo, dijo Loreta en la mañana del sábado mirándose al espejo, dos noches sin dormir, mira qué horrible tienes la cara, poco me falta para ser como aquella bruja. Aquella bruja era la madre Izaltina, la santa de Paula, que le había encomendado una tarea imposible de realizar. ¿Cómo iba a poder orinarse en la pierna de Luís? Una cosa es sacarle a alguien cera del oído, y otra muy distinta es acercarse a un hombre, a cualquier hombre por mucho tatuaje que llevara, y decirle ¿me permite orinar en su rodilla?
La tarde de aquel sábado llegó desesperada Loreta a la fiesta infantil. Se había puesto todo el maquillaje posible al caer la tarde para no parecer una de las muchas cotorras que estarían allí presentes, y llevaba su vestido más provocador, uno que mostraba el contorno de sus caderas y de su trasero, que seguía siendo milagrosamente pequeño y firme. Pero Luís no la miró ni una vez. ¿Cómo iba a hacer aquella cosa horrible que madre Izaltina le había pedido? Imposible. Loreta quisiera morirse y se pasó la fiesta entera atiborrándose de pastelillos, de frutos secos y de refrescos.
Cuando murió la mujer de Luís, él dejó de interesarse por las otras mujeres hasta conocer a Loreta en una fiesta infantil. Él odiaba las fiestas infantiles, aquella música, los adornos de los salones, odiaba a los animadores, a los niños, a las madres de los niños, odiaba los pastelitos, y las almendras. Lo odiaba todo. Pero su hija organizaba una llantina, y al fin él decía, está bien, te llevaré otra vez, pero ésta es la última, no voy a aceptar más chantajes, de nada te va a servir llorar hasta derretirte.
Pero acababa cediendo, y llevaba a la hija a las fiestas, se sentaba en una mesa echando pestes y maldiciendo para su camisa, pandilla de hijos de puta, y eso abarcaba a madres, animadores, camareros, maestras y chiquillas, excluida la suya. Hasta que vio a Loreta y se enamoró de ella, algo que siempre pensó que jamás iba a ocurrir tras la muerte de su mujer.
Luís no era hombre dado a lecturas, a no ser libros de pensamientos y máximas, y muchas se las sabía de corrido por contener verdades eternas. Una de ellas era de Miguel de Cervantes, viejo escritor español: la inclinación natural de la mujer es desdeñar a quien la quiere pero amar a quien la desprecia. En consecuencia, aquella mujer no se tenía que enterar de que estaba enamorado de ella. Pero ¿cómo conquistarla? Lo cierto es que no podía correr el riesgo de que Loreta descubriera el amor que sentía porque eso lo echaría todo a perder como había advertido el maestro español desde lo alto de su sabiduría.
Después de haber encontrado a Loreta, el comportamiento de Luís cambió. Ya el jueves, y a veces incluso el miércoles, le preguntaba a la hija ¿va a haber fiesta el sábado?, ¿quieres un vestido nuevo? Cuando llegaba a la fiesta se sentaba en una mesa próxima a la de la amada, cosa fácil pues el destino parecía colocarlos siempre en mesas contiguas. Se mantenía indiferente, reservado, repitiendo mentalmente el aforismo del español, con un aire apático ensayado ante el espejo, aunque su corazón latía desenfrenado. Loreta, ése era su nombre, tampoco parecía notar la presencia de él. En una ocasión lo pisó en el pie, en otra derramó un vaso de Coca-Cola en su traje, era una mujer de aspecto soñador, había algo de sublime en ella, incluso cuando bailaba aquellas músicas de moda, tan vulgares. Pero él había notado también que, últimamente, Loreta permanecía sentada, atiborrándose de dulces y saladillas. Sentía ganas de decirle que no comiera aquellas porquerías, que tenía un cuerpo muy hermoso y que iba a engordar, a volverse culona como la mayoría de las madres que asistían a aquellas fiestecillas, y como decía Samuel Johnson, quien no presta atención a su barriga no le presta atención a nada. Es decir: hay que saber comer, que el comer no es algo que haya que hacer distraídamente como hace la gente cuando se atiborra de dulces, salados y demás porquerías. Comer tiene que ser un placer y no algo que sirva sólo para dilatar la panza y para que crezca el culo y las tetas se le arrastren, y la mujer que no entiende eso es que no entiende nada, no ve que su vida ha sido destruida. Pero eso era una cosa suya, Samuel Johnson no había llegado a tanto, pero la manera correcta de entender una máxima es desarrollarla de acuerdo con el buen sentido y la experiencia de cada uno.
En las fiestas, Luís no hablaba con nadie. Estaba siempre planeando el recurso ingenioso que iba a utilizar para conseguir un contacto prometedor con Loreta. Como decía el español aquel, amor y guerra son lo mismo, estratagemas y diplomacia se permiten tanto en uno como en el otro. ¿Pero cuál podía ser la estratagema?
Un día, un tipo melenudo pidió permiso y se sentó a la mesa de Luís.
¿No siente usted ganas de estrangular a toda esa chiquillería?, preguntó el melenudo.
Entre ellas está mi hija.
Está bien, sacamos a su hija de la lista, yo no sé quién es pero seguro que es una buena chiquita. Pero a las otras, dígame la verdad, ¿no las estrangularía a todas?
Luís entró en el juego.
¿Y no sería mejor meterlas a todas en una jaula?
Seguirían gritando igual.
Es verdad. Pero podríamos enjaularlas amordazadas, ¿qué le parece?
Eso está mejor. Me llamo Fred.
Yo, Luís. Encantado.
Siempre lo veo meditabundo, cabizbajo, sentado solo en la mesa sin mirar a las mujeres. Esto es un vivero, amigo, está lleno de mujeres esperándonos. No falla. ¿Cuál es su problema? ¿Está enamorado de una mujer que no le hace caso?
Sólo veo mujeres que no me interesan nada, dijo Luís. Aunque… —y se inclinó para susurrarle algo a Fred—, esa rubita de ahí al lado sí que me parece interesante.
Fred miró de soslayo. Sé quién es. Se llama Loreta. Compañero, esa mujer es imposible, fría, frígida como decían antiguamente. A veces hasta me parece que tira para el otro lado. Búsquese otra.
Pero yo no quiero nada con ella, dijo Luís, sólo hablé por decir algo.
En la fiesta siguiente, Luís se encontró de nuevo con Fred. Éste estaba en la misma mesa de Loreta con otra mujer. Por un momento se ausentaron las dos y Fred fue a hablar con Luís.
¿Esa mujer que te gusta viene por aquí?
No, ella, ella es de São Paulo.
Hay muchas paulistas que están muy buenas. ¿Y no te hace caso?
No me hace caso.
¿Has visto aquel pedazo de mujer que estaba en la mesa conmigo? No hablo de la rubita tortillera.
No parece tortillera.
Pues, al menos, es frígida. Pero la otra: ¿La viste? ¿La viste? Un buen bocado, amigo. El caso es que yo estaba obsesionado por ella, pero nada, para ella como si yo no existiera. Y busqué la manera de conseguirla. Cuando lo hice, y ya la primera vez que nos encontramos, fue ella quien me arrastró a la cama. Pero antes tuve que arreglármelas.
Arreglártelas ¿cómo?
Fui a una mujer, una especie de bruja que consigue que la gente se enamore. Fui a verla y le conté mi drama, no se lo conté todo, pero aquella mujer es un águila. Hice lo que me mandó. ¿Sabes qué era?
No.
La bruja dijo que yo debía hacer que la mujer aquella me sacara cera del oído. Yo le respondí: ¿Y cómo puedo lograr esa hazaña? Me parece imposible. Y la vieja me respondió, nada, usted no tiene que hacer nada. Y eso fue lo que hice, nada. No olvides que Paula no quería saber nada de mí. Un día, estaba yo tan tranquilo en el bar y llegó ella y me sacó cera del oído con un algodoncillo, y luego salió a toda prisa. Cuando nos encontramos de nuevo, fuimos directamente a la cama, Paula estaba loca de amor por mí. ¿Quieres la dirección de la bruja? Vive en la calle del Riachuelo, en el centro. Se llama madre Izaltina. Pero te lo advierto, habla de una manera rara, dice cosas que uno no entiende. Y sólo pasa factura después de hacer el milagro.
Luís fue a ver a madre Izaltina en la calle del Riachuelo. Él conocía bien el barrio porque, antes de irse a vivir a la Barra, había residido allí cerca, en el Barrio de Fátima, aunque después fue mejorando económicamente y de Fátima pasó a Tijuca, y de Tijuca a Botafogo y, al final, de Botafogo a la Barra.
Madre Izaltina abrió la puerta.
Entra, misifio, siéntate ahí.
Él se sentó, torpe, sin poder mirar a la cara a la bruja. Era una mujer flaca con la piel toda en colgajos, y sus ojillos profundos parecían los de un animal que él había visto en la tele.
¿Quién te ha hablado de mí, misifio?
Un amigo que se llama Fred.
Ummmmm. ¿Y cómo te llamas tú, misifio?
Luís.
Ummmm. ¿Y la moza?
Loreta.
Ummmmm, ummmmm, dijo madre Izaltina, mirando hacia una jaula en la que se veía un pajarillo que parecía enfermo. Estuvo callada algún tiempo.
Saca la lengua, dijo al fin madre Izaltina.
¿Qué?
Sí, la lengua. Eso que misifio tiene en la boca.
Luís sacó tímidamente la lengua.
Más, más, que así no lo veo todo, misifio.
Luís abrió la boca y exhibió la lengua cuanto pudo.
No puedo más, dijo a punto de ahogarse.
El problema es serio, misifio.
Lo sé, para ella ni existo.
Misifio, la moza va a tener que hacer algo contigo.
No comprendo.
Va a tener que hacer algo contigo.
¿Conmigo?
Tendrá que orinar en tu pierna, encima de la rodilla.
¿Qué?
Misifio ha oído perfectamente lo que he dicho.
¿Mearse en mi pierna?
Saca otra vez la lengua, misifio.
La bruja tocó con los dedos la lengua de Luís, rápidamente, primero con un dedo, luego con otro, como si estuviera tocando el piano o manchando los dedos de tinta para dejar las huellas digitales. Luís sintió ganas de vomitar.
Está muy claro, misifio, la chica tiene que orinarse en tu pierna.
¡Pero qué locura! ¿Cómo voy a conseguir eso?
Pídeselo. Vete allá y se lo pides, misifio.
Pero ella es una mujer recatada, discreta. ¿Cómo le voy a pedir una cosa así?
Lo que es, es, dijo madre Izaltina.
Luís quería salir de allí lo antes posible. Sacó el billetero del bolsillo.
Ya hablaremos luego, misifio, dijo madre Izaltina apartando el billetero con un ademán.
Ya en la calle, Luís entró en el primer bar que encontró. Tendría que ser un idiota supersticioso para creer en las patochadas de aquella vieja demente. Él tenía a orgullo ser un escéptico, y la superstición, como dijo un filósofo cuyo nombre no recordaba ahora, la superstición es la religión de los débiles mentales. Se había portado como un loco, como un imbécil, yendo a consultar con aquella loca. ¡Completamente loca y embaucadora! Cómo se le ocurría pedirle que se acercara a una mujer fina, decente, para decirle ¿quiere usted hacerme el favor de orinar en mi rodilla?
Al año siguiente, Luís llevó a la hija a otro colegio y dejó de ir a las fiestecillas infantiles. No quería arriesgarse a un encuentro con Loreta, tenía que olvidarla. Pero se pasó el resto de su vida pensando en ella, triste y melancólico.
Loreta siguió yendo a las fiestas, las madres tienen que llevar a las hijas a sitios así. No lograba olvidar a Luís, a quien seguía esperando encontrar un día. Las fiestas eran ahora más ruidosas, más llenas de cadenetas de papel, de luces, de bebidas, de animadores histéricos, de chiquillas inquietas, de hombres falsos y mujeres vulgares, pero, al menos, los dulces y las saladillas eran cada vez mejores.


-Fonseca, Rubem. Secreciones, Excreciones Y Desatinos. Barcelona: Seix Barral, 2003. Impreso.


martes, 16 de febrero de 2016

Hey, Joe.

Mientras él jugaba a ser Joe Clay con una pachita de ron barato en una mano y un cigarrillo en la otra, ella interpretaba a la Joe de von Trier al otro lado de un puerta de madera. La música limitaba el espectáculo, no podía escuchar la respiración acelerada de ella ni los gruñidos de sus acompañantes, se atormentaba imaginándolos. 
                Pegó la oreja en la puerta del baño, pero nada, alguien había subido el volumen porque sonaban el talentoso Jimmy. Intentaba concentrarse enfocando la mirada en algún rincón escasamente iluminado, pero no podía, quería enterarse de cuanto sucedía a unos pasos de él, creyó sentir un golpe sordo en la madera y cerró los ojos, se sentía desfallecer mientras pegaba los labios en la puerta.       
                La piel de ella dejó de brillar para él cuando por fin salió de aquel cuarto de baño y le preguntó, como sin querer y soltando una risita: “¿aún por aquí?”. El antifaz que le había obsequiado cayó y se quebró sin remedio, los gamberros que salieron tras de ella se encargaron de terminar de destruirlo. Él, más aturdido por el alcohol que por la situación, sólo atinó a señalarle que aún le quedaba un poco de ron en la botella.      
                Desde un rincón,  sentado en un banco incomodo, apenas iluminado por una lámpara, la miraba intentando acallar a su espíritu lastimado que intentaba escapar por sus ojos. De algo estaba seguro, dolería menos si la audiencia se hubiera limitado a sus acompañantes, pero alrededor todavía quedaban algunos feligreses achispados lanzándole miradas mordaces. Y él, que parecía afriebrado, daba sorbitos a la botella vacía sin apartar la mirada de ella. 
   



lunes, 21 de diciembre de 2015

EL FUEGO DEL ESCORPIÓN

«Hace mucho tiempo, en cierto lugar remoto, vivía un escorpión que se alimentaba de pequeños insectos y otros animalitos. Un día, una comadreja lo encontró y se lo quiso comer. El escorpión intentó huir con desesperación, pero, al final, acorralado, cayó en un pozo. A pesar de sus esfuerzos, no pudo salir y empezó a ahogarse. En ese momento se puso a rezar del siguiente modo: “¿Cuántas vidas de insectos habré tomado hasta ahora para subsistir? Y, ahora, al perseguirme la comadreja, he querido escapar, sin lograr siquiera salvar mi vida. ¿Por qué no habré dejado que me capturara sin resistir? Quizá así ella hubiera podido vivir un día más. Dios mío, mira mi corazón y no permitas que mi próxima vida se derroche de este modo. Haz que mi cuerpo sea útil a los demás”. Al decir esto, el escorpión vio que su cuerpo comenzaba a arder con una hermosa llama roja que iluminaba la oscuridad de la noche. Mi padre decía que desde entonces continúa ardiendo y así seguirá por siempre. ¡Seguro que es aquella hoguera!».



-Fragmento del Capítulo 13 de El tren nocturno de la vía láctea.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Soy dichoso, soy feliz.

Hoy soy feliz, me han pagado el aguinaldo, me siento invencible y ando con el pecho en alto. He decidido no guardarlo en el banco, “¡el dinero es para gastarlo, carajo!”. Hoy la cartera está llena y mi seguridad en ella. Comeré tacos de la esquina, es tal mi buen humor que hasta pediré unos para llevarle a mi suegra. “Casualmente” Doña Chona ha puesto un changarrito afuera de la vecindad, quizá ni sea necesario caminar hasta la esquina. Hoy me siento tan poderoso que, en lugar de comprar dos boletos del metro (como de costumbre), compraré... ¡los de una semana! Me han depositado el aguinaldo… hoy sueño que soy humano.

martes, 8 de diciembre de 2015

No siento nada.

Podía sentir la respiración de ella a un costado en la cama. La observaba. Kawabata tenía razón: "las mujeres no pueden ocultar su edad mientras duermen", pensó. Acostado en la penumbra escuchaba desde el callejón a los vagos del barrio divirtiéndose, bebiendo y quizá hasta bailando. ¡Vaya forma de recibir el año! No tenía la más remota idea de en dónde se encontraba realmente, ¿Iztapalapa o Neza? Nunca se tomaba el tiempo para ubicarse en un punto geográfico, simplemente estaba despierto en la oscuridad.  
            Miraba el techo de la habitación iluminado por un leve hilo de luz proveniente del patio. La escasa luminosidad se colaba entre las cortinas, pero ¿qué hago yo acá?, esa pregunta ya era una constante en su vida. El "No hay nadie en casa, ven a recibir el año nuevo conmigo" aún retumbaba en su cabeza; en su mente él captó "corre, quiero que me cojas". Ah, las hormonas habían ganado, ya no era el mismo joven que salió sin decir adiós de casa.    
           En el camino sólo pensaba en cómo recordaría este año viejo. Vivía añorando la nostalgia futura, no era feliz, el presente se le escapaba. Al llegar con ella, ésta lo recibió con un:

‒Creí que ya no vendrías. 
‒Y yo que en realidad no había nadie en tu casa, llevo 15 minutos tocando la puerta, jaja ‒un pésimo chiste la verdad, pero son el tipo de comentarios que hace un chico en la víspera de perder su virginidad.            
‒Disculpa, estaba durmiendo ‒ella sonrió, su sonrisa siempre le había parecido inocente, la adoraba.

Atravesaron el patio ya obscuro, había caído el sol. Ella lo guiaba mientras él la seguía apreciando el bamboleo de su falda gris y las medias negras ajustadas a sus piernas atléticas, justo la combinación que unos días atrás le había comentado le gustaría verle utilizar, y como la imaginó: ese par de piernas de corredora entalladas en medias le venían de lujo. Era una pena que por lo general se mostrará en fachas ante él, pero entonces él sospechaba qué se escondía debajo de esos atuendos horrorosos, de mal gusto. Supo esperar.

‒Luces hermosa hoy ‒le dijo con voz entrecortada mientras ingresaban a la sala.
‒Gracias ‒respondió ella dejando entrever otra vez su sonrisa.


La miraba de reojo odiándola. Pensaba en obligarla a terminar lo que había empezado, pero estaba desarmado. Ese "no siento nada", que ella le soltó al apartarse de su regazo para recostarse a dormir sin más, retumbaba en su cabeza, en el cuarto, en la calle, junto a los cohetes que los borrachines tiraban al cielo. Y para colmo esa sonrisa maliciosa al terminar el no-sien-to-na-da. Ganas de matarla era lo que él sentía. Así como ella había lapidado su virilidad minutos antes, él acabaría con su estúpida sonrisa.       
            La despertó con una bofetada, su expresión de desconcierto le causó cierta satisfacción, ya comenzaba a recobrar la seguridad. Una bofetada más para repetir la sensación, pero no fue lo mismo, nunca es lo mismo cuando se intenta revivir la experiencia de regocijo: "detente, eres tan bello". Con una mano le apretó el cuello, ella lo miró con terror, esa expresión le encantó aún más que su sonrisa inocente. Se llevó los dedos índice y medio a la boca para después, con un sólo movimiento, pasearlos en los labios virginales de ella que con la mirada le decía mil cosas, pero con su boca no emitía sonido alguno...     
            El terror en un cuarto obscuro, su piel era tan blanca que permitía apreciar hasta el más mínimo rasgo de su rostro en la oscuridad. Con miedo quiso hacer un NO rápido con la cabeza, pero el movimiento se quedó a la mitad no hubo regreso, porque él de inmediato le besó el cuello y el perfil del rostro descubierto. La resistencia de ella lo desconcertaba, pafff, otra cachetada, más seguridad para continuar. Un destello de luces rojas y azules iluminaron el cuarto. Su cuerpo permaneció pasmado sobre ella, de apoco el cuarto regresó a la penumbra, ellos se miraban sin decir nada, otro cohete en la calle, un nuevo brindis a lo lejos. Por fin escuchó su voz: “Despiértate ya... bueno, haz lo que quieras”.         
           
             Cuando abrió los ojos pudo ver la ventana del c
uarto con las cortinas abiertas. La luz entraba por todo el cuadro iluminando las paredes blancas. Miró a su alrededor, sintió una punzada en el estómago, no había nadie a su lado, ni sábanas ni cobijas. Se asomó al patio, allá estaban colgadas, secándose, las sabanas y las cobijas. No podía recordar exactamente lo que había pasado>>>



viernes, 20 de noviembre de 2015

Fragmento de Los motivos de Caín.

Alguien tiraba de su brazo con una insistencia terca y apremiante. Jack experimentó una suerte de descanso y laxitud. Venían a prenderlo; ahí estaba ya, sin duda, el de la Military Pólice, y Jack adivinaba la cara jubilosa que tendría el hombre por haberlo capturado, la rotunda expresión risueña que tendría. Quiso retrasar un segundo ese letargo apacible en que de pronto se encontraba, pero seguían tirando de su brazo de un modo tan específico, tan claro, que por fin abrió los ojos con desesperanza y vergüenza, en espera de encontrarse ahí con el sabueso y sus inmundos insultos en inglés.
Jack se sorprendió mucho, incrédulo, sin comprender. No era el de la Military Pólice quien tiraba de su brazo, sino una chiquilla, una muchachita como de doce años que, entre sollozos, señalaba el elote sucio que Jack le habría tirado en el fango de la calle al apoyarse contra la ventana. Diablo, estas menudas tonterías.
¿Qué querría la chiquilla? Asustado Jack se apresuró a recoger el elote del suelo y comenzó a limpiarlo con la manga del saco. Aquella chiquilla, Dios mío. Sin darse cuenta, la muchachita lo mezclaba de pronto a la vida, lo ponía en contacto con todo lo que estaba en su derredor, lo hacía un ser viviente y posible. Para aquella niña Jack era algo, un hombre o quién sabe qué, pero de todos modos un protagonista tangible, un ser capaz de haberle tirado el elote al suelo.
Jack le tendió el elote, ya limpio, con una sonrisa de agradecimiento. La muchachita se revolvió, furiosa, mirándolo con odio. Jack no comprendía, simplemente no comprendía.
     —¡Quiero uno nuevo, quiero otro, ése no sirve reclamaba la niña, amenazante, como si hubiera adivinado de pronto el total desvalimiento en que Jack se encontraba—. Si no me compras otro —añadió la muchacha—, llamo a la policía y ya verás lo que te hacen, porque tú eres malo.
Jack la miraba con un aire de súplica ansiosa y desamparada. “¿También de ti debo huir? —se dijo con desaliento—. ¿También de ti aunque seas una criatura inocente?”
La niña buscaba en su derredor, la actitud re­suelta. Sus padres o lo que fuesen debían andar vigilantes por ahí. Para fortuna de Jack éste advirtió, a unos cuantos pasos, al vendedor de elotes que en ese momento doblaba la esquina hacia ellos, con su aparato de metal, un recipiente sobre ruedas a través de los intersticios de cuya tapa salía un vaporcito tenue.
Bueno, los últimos noventa centavos, pues el elote costaba cinco, pero en “oro”, es decir, al tipo del dólar de acuerdo con las transacciones mercantiles de Tijuana. Los últimos noventa centavos.
La niña miró astutamente a Jack mientras paga­ba. En sus ojos resplandecía una chispa triunfante y aviesa en tanto que, de soslayo, miraba hacia el primer elote que Jack había vuelto a tirar al suelo.
—¡Toma, aquí tienes! —dijo Jack, tendiéndole el elote recién comprado, que la chiquilla le arre­bató de las manos en seguida, como con temor de que Jack se arrepintiera.
Ya que se hubo apoderado de éste, la muchacha, con un desdeñoso movimiento de hombros hacia Jack, se inclinó para recoger el otro elote, sucio, que empezó a comerse desde luego, a grandes dentelladas, sin cuidarse de limpiarlo siquiera.
Jack la veía hacer, asombrado y solitario. La muchacha se le encaró, con rabia, interpretando aque­lla mirada como un reproche.
—¿Qué me miras? —dijo con una entonación despreciativa y osada, ya no como una niña, sino en la actitud de una mujer adulta.
El vendedor contemplaba la escena con inquietud, la expresión llena de desconfianza y sospechas. Algo debió ocurrírsele a la niña al advertir esto, pues en su rostro se dibujó una especie de contrac­ción maligna y apresurada, como bajo el impulso de un repentino ardid.
—¡Déjame! —gritó de pronto hacia Jack—. ¡No quiero!
Los ojos de la chiquilla, alarmados y suplican­tes, volvíanse al vendedor en actitud de ponerlo como testigo de algo monstruoso.
Jack no acertaba a comprender, inmóvil, fascinado, mirando a la niña como a un maravilloso, espléndido portento de maldad. Aquello era una revelación incomparable. La chiquilla se había dado cuenta de que Jack era un hombre con mie­do, que Jack era el último de los hombres, el más inerme e infeliz.
—¡Déjame! —volvió a gritar ella con un gesto atroz—. ¡No me vas a obligar a nada por tus malditos elotes! ¡Te los devuelvo! ¡Vete! ¡Socorro! ¡No quiero! —En el semblante extraviado de la mucha­cha se retrataba algo extraordinario y único, lo más parecido a una desesperación y terror verdaderos.
—¿Qué es lo que no quieres? —dijo Jack con un desaliento enorme. No se había movido de su sitio y tampoco estaba seguro de poder hacerlo, en­tontecido por la congoja, como bajo el peso de un cansancio de siglos.
El vendedor, blanco como el papel, se colocó frente a la niña, protegiéndola con su cuerpo, los ojos muy abiertos y acusadores.
—¡Hijo de la chingada, sátiro! —barbotó trému­lo, horroroso, con una desorbitada, escalofriante santidad en los ojos enloquecidos—. ¡Lárgate antes de que llame a los gendarmes, pocamadre, vicioso desgraciado!
Jack se alejó de ahí sin saber cómo, mientras a sus espaldas continuaba escuchando las perversas y repugnantes maldiciones del vendedor. “¡Sátiro, vicioso, pocamadre!”
No dejaba de ser grotesco, cómico y vil este último insulto. “Pocamadre”, se repitió Jack. Carecía, sin embargo de fuerzas para comprender nada.
Estaba muy solo para comprender.



*Revueltas, José. Los motivos de Caín. México: Ediciones Era, 1979. 22-25. Impreso. Vol. 5 de Obras completas.

jueves, 29 de octubre de 2015

Pasos al costado.


No entiendo a las jovenzuelas que, para fingir estar enamoradas, caminan enchuecando las piernas: puntas adentro, rodillas juntas, un pie arrastrando; y además, estiran el cuello y la cabeza hacia su "amado" manteniendo rígidas las extremidades, parecen decir "tienes toda mi atención, soy tuya" −un ortopedista vería inmediatamente en esa pose, por demás ridícula, signos de pesos.
            Malas actrices son esas jovenzuelas, aunque, el verdadero fracaso de su actuación radica en el conocimiento del público: Las verdaderas enamoradas van con las piernas arqueadas por lo menos una vez a la semana, o, si tienen más de un enamorado, a diario. Entre éstas últimas, las más fáciles de identificar son las enanas: un gnomo al que se le escapó el unicornio, es un gnomo enamorado.




lunes, 7 de septiembre de 2015

El tiempo y el número

Caen las cosas, dejan de ser, desaparecen
y algo las detiene en su propia sombra,
donde quedan, apagadas, vivas nada más
por el impulso de permanecer sin ser ya nada.

El amor mismo es una cosa
sobre la cual se enciman nuevas cosas
cada vez, un palimpsesto donde los
recuerdos son distintos a lo que recuerdan
y parecen bellos sin haberlo sido
porque la muerte los retoca con la compasión
y los disfraza de encuentros que no fueron
pero deben parecernos puros, para que el presente
nos acoja sin demasiada pena
y no nos arrebate el último pan.

Llegará ese día en que ya no tengamos
el cuerpo disponible y en que todo
lo pasado no sea sino un largo vacío,
montones de palabras dichas de otro modo
y lejanas voces, pensamientos y sombras
indiferentes y extranjeras.

Todo ello vuelto a ser en nuestra nada
vencida, nombres sin cuerpo
con los que intentaremos recubrir
una sorda vida distante y acabada
en la que fuimos nosotros mismos
otra cosa también.


Para El tiempo y el número


(Esquema para una prosa)

Revueltas, José. "El tiempo y el número". El propósito ciego. México: FCE, 2014. 29-30. Impreso. Centzontle. 





martes, 25 de agosto de 2015

La búsqueda de la identidad del mexicano.

La búsqueda de la identidad del mexicano forma parte de la obra ensayística de varios autores “mexicanos” del siglo XX, se tiene en El perfil del hombre y la cultura en México (1934), de Samuel Ramos, el primer referente para abordar el tema. En el prólogo a la tercera edición Samuel Ramos menciona la rapidez con la que se agotaron los primeros tirajes (Ramos Prologo 9), demostrando así el interés –o morbo− del mexicano −y también de los extranjeros− por conocer al mexicano. Causo tanto interés, que no pudo evitar ser objeto de críticas.     
            Ramos, filosofo, “Reconoció que su obra estaba inconclusa [Octavio Paz retomaría el tema años después en El laberinto de la soledad (1950)] y que su aporte, más psicológico-literario que filosófico”  (JLB s. pág.),  toma como base “el pensamiento del filósofo español Ortega y Gasset, [...] lo esencial de la cultura está en el modo de ser del hombre, que se moldea a partir de su circunstancia, y en las ideas psicoanalíticas del Alfred Adler (1870-1937), discípulo de Freud, quien basó sus estudio en el «complejo de inferioridad»”. (JLB s. pág.).      
            Ese “complejo de inferioridad” se ve reflejado en el “pelado”, el primer personaje del “Psicoanálisis del mexicano”. Al “pelado” lo acompañan “El mexicano de la ciudad [y] El burgués mexicano”, pero estos últimos gozan de menos popularidad que la descripción hecha del primero. Nos advierte Ramos y propone: “El objeto de este trabajo no es criticar a los mexicanos con una intención maligna […]. Los hombres no acostumbrados a la crítica creen que todo lo que no es un elogio va en contra de ellos” (Psicoanálisis 125),  “Ya otros han hablado del sentido de inferioridad de nuestra raza, pero nadie […] se ha valido sistemáticamente de esta idea para explicar nuestro carácter” (125) , “no hay razón para que el lector se ofenda al leer estas páginas, en donde no se afirma que el mexicano sea inferior, sino que se siente inferior” (125-126); así el autor predispone al lector a no sentirse ofendido, pide amplio criterio y nos dice cuál es el objeto de su ensayo. A continuación enumerare algunos rasgos del “pelado” que aparecen en el ensayo de Ramos.          
             En la descripción del pelado hecha por Samuel Ramos aclara “No hablaremos de su aspecto pintoresco” (El pelado 126) el objeto de su atención será el interno para conocer las fuerzas elementales que forman su carácter:           
a) Representa el desecho humano de la gran ciudad –en la economía es menos que un proletario, en el intelecto es primitivo−.     
b) Su actitud ante la vida es de un negro resentimiento producto de una vida difícil.
c) En cuanto a su lenguaje se muestra grosero y agresivo con un dialecto propio, usa un lenguaje coloquial donde le da nuevo significado a las palabras, el pelado dice tener “muchos huevos” órgano que le da potencia humana. 
d) Se encuentra siempre a la defensiva, de espíritu belicoso, usa de tabla de salvación su “virilidad” ante los embates de la vida, en sus riñas verbales atribuye femineidad imaginaria a sus adversarios o se muestra superior diciendo “Yo soy tu padre”.            
e) El pelado se caracteriza por su obsesión fálica –símbolo de fuerza masculina−, el falo sugiere al pelado la idea del poder, esto lo lleva a otro rasgo característico
f) “el macho” fanfarrón lleno de una valentía como cortina de humo.
g) El pelado es la representación del engaño, no debemos dejarnos engañar por las apariencias, el pelado no es ni hombre fuerte, ni valiente, usa un camuflaje, Alfonso Reyes nos decía al respecto: “LA APARIENCIA nunca es desdeñable. Hasta cuando engaña da un indicio” (Reflexiones 421).        
h) El pelado consciente de su “camuflaje” vive en un constante temor de ser descubierto lo cual lo hace desconfiar de todos; tiene dos personalidades: una real y otra ficticia, esto le produce un conflicto donde desconfía de sí mismo y hace una mala percepción de la realidad, su posición es inestable, desatiende la realidad.
i) Antepone su sentimiento nacionalista −junto a su hombría− a su situación económica, sin embargo, esta última característica del pelado no es exclusiva de su estatus social, lo mismo aplica a cultivados e inteligentes burgueses (Passim El “pelado”).
            Samuel Ramos describe a un ser violento, inseguro, cínico, vulgar, machista… También a un ser condenado a caer, una y otra vez, en un círculo vicioso creado por él mismo. El perfil del hombre y la cultura en México fue escrito en el año 1934 en lo que denominaron la “post revolución”, sin embargo la descripción que hace de ese personaje “pintoresco” sigue vigente. Entonces ¿para qué realizar un ensayo al respecto, si el mexicano va a seguir siendo el mismo?, quizás la respuesta se encuentre en el ensayo de Octavio Paz: El laberinto de la soledad, donde continúa con el trabajo empezado por Ramos, la búsqueda de la identidad del mexicano.         
            Encontraremos en el ensayo de Paz un nuevo personaje: el “pachuco”
“[…] se convierte en el eje central de la primera mitad del ensayo y cumple la función de una ilustración excesiva de la esencia del mexicano” (Houvenagbel 83). Este nuevo personaje, proviene de los movimientos migratorios generados por la Segunda Guerra Mundial –braseros−, se diferencia del pelado en:         
a) el uso de un “camuflaje” del pachuco es un símbolo de rebeldía “Su disfraz lo protege, y al mismo tiempo lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe” (Paz 130).
b) No tiene ese sentimiento de nacionalidad característico del pelado “no reivindican su raza ni la nacionalidad de sus antepasados” (129).        
c) Su carácter es más rebelde y contradictorio “Esta rebeldía no pasa de ser un gesto vano” (130).
d) Crea un lenguaje, al igual que el pelado, su propio léxico, pero usando un hibrido entre el castellano y el inglés.           
e) Su realidad es marginal, pero en otro país.           
            Si bien los dos personajes distan en tiempo y espacio, en ambos encontramos: ambigüedad, un sentimiento de inferioridad, desconfianza y rencor (passim. Paz). Se observa en ambos personajes cómo el mexicano a través de la historia busca auto flagelarse, quizás desde el indígena vencido hemos caído en esa espiral de la cual sólo se podrá salir si nos reconocemos independientes del resto del mundo y dejar de lado buscar las comparaciones innecesarias. Paz nos da esperanza: “En cada hombre late la posibilidad de ser o, más exactamente, de volver a ser, otro hombre” (137).           

*borrador


Bibliografía.
Houvenagbel, Eugenia. “El pachuco de Octavio Paz (1950): Una relectura en clave argumentativa y existencialista”. Revista de Literatura Hispanoamericana 65 (2012): 68-85. RevicyhLUZ. Web. 25 may. 2013.    
< http://revistas.luz.edu.ve/index.php/rlh/article/viewFile/12546/12145>. 
JLB. “Samuel Ramos, filosofo que busco comprender la forma de ser y actuar del mexicano”. Conaculta, 08 jun. 2010. Web. 25 may. 2013.    
<http://www.conaculta.gob.mx/detalle-nota/?id=5115#.UaJ7ONjRxlB>.
Paz, Octavio. “El pachuco y otros extremos”. Selección de lecturas de ensayo hispanoamericano del siglo XX. México: UNAM, 2011.131-137. Impreso
Ramos, Samuel. “El «pelado»”. Selección de lecturas de ensayo hispanoamericano del siglo XX. México: UNAM, 2011.126-128. Impreso
-----. ”Prologo a la tercera edición”. El perfil del hombre y la cultura en México Por Samuel Ramos. 3a México: Austral, 2001. 9-18. Scribd. Web. 24 may. 2013.    
<http://es.scribd.com/doc/55973867>.
-----. “Psicoanálisis del mexicano”. Selección de lecturas de ensayo hispanoamericano del siglo XX. México: UNAM, 2011.125-126. Impreso

Reyes, Alfonso. “Reflexiones sobre el mexicano”. Los trabajos y los días. México: FCE, 1959. 421-424. Impreso. Letras Mexicanas. Vol. 9 de Obras completas. 26 vols.

domingo, 23 de agosto de 2015

Libertad para los pigmeos.

Me asomé por la baranda del edificio para arrojar el humo del cigarrillo después de haberme entregado al placer del onanista en una vida de soledad. Siempre me había gustado dar la primera bocanada aún con la mano tibia y apreciar las pieles que pasaban por la calle después de recoger a sus hijos de la escuela. ¡Ah, las jóvenes-madres-solteras! Ya me ponía saber que estaban caladas, tanto o más que su fuerza y debilidad por entregarse al valle de lágrimas protegiendo a sus criaturas, pero al sumarle la idea de no cambiar pañales… uufff… Regresaré a la computadora en busca de MILFs amateurs.               
            Giré sobre los talones de regreso a mi cuarto de azotea, pero atisbé la casucha de enfrente. A través de sus ventanas con vidrios rotos vi a mi vecino: un fracasado que a los 35 años aún vivía con su madre, ella salía a trabajar por las mañanas mientras él se encahuamaba con los pesos que ella le dejaba para pagar pasajes e impresiones de currículums en su eterna búsqueda de un trabajo digno −se quitaba el pan de la boca para alimentar a su Dioniso−. Vaya perdedor, mírenlo ahí en calzoncillos vapuleando con una regla el cuerpo desnudo de una… ¿niña? Momento, algo anda mal aquí, ¡la tiene amarrada a la cama! ¡Qué hijo de puta!         

            Corrí a sacar el bate que guardo debajo de la cama. Bajé corriendo las escaleras y crucé la calle. Pateé la puerta de la vecindad que no opuso resistencia alguna, subí las escaleras maltrechas, topé con otra puerta frágil y, antes de que mi vecino pudiera decir algo o subirse los calzoncillos, ¡PAF! Golpe seco en el cráneo. ¡Toma, puerco! ¡Te voy a meter este palo en culo, asqueroso!         
            El cuerpo de aquel mal parido yacía en el piso, una mancha de sangre avanzaba lentamente por el suelo. “¡Mala hora la que escogiste para entregarte a la inmundicia teniéndome tan cerca, cerdo!”, le gritaba mientras él se retorcía como las reses en el matadero después de su dosis de aire comprimido. La sangre alcanzó un brasier que yacía junto al cuerpo ya inerte. Entonces, una voz chillona me despertó del ensueño de titulares en que me encontraba: "Joven héroe rescata a una niñita inocente de las manos de un pedófilo", "El héroe de la San Simón", ¡oh, sí!
− ¡Qué haces, imbécil! – le alcancé a oír pese al alto volumen de los parlantes desde donde se escuchaba una odiosa canción de reggaetón.           
−Tranquila, hija, vas a estar bien –intenté sosegarla−, ya todo terminó.     
Volteé y vi a la niña aún atada, desnuda y boca abajo sobre la cama. Sólo la cubrían sus pantaletas a mitad de las piernas. ¡Carajo! Debí apresurarme, lo lamenté y me dispuse a desatarla un tanto decepcionado.            
            Fue entonces que ella se quitó sin esfuerzo alguno las ataduras mientras seguía gritando improperios a diestra y siniestra. Yo mantenía la mirada fija en el piso como pidiendo perdón. Cuando ella se incorporó pude observar su pecho de mujer, un tanto vencido por la gravedad, sus caderas anchas y más abajo su vello púbico con un depilado que me recordó el bigote de Hitler –contuve una carcajada−. Dirigí la vista rápidamente a su rostro, descubrí en él rasgos infantiles y el cutis de una vida de muchas batallas.            

            Antes de que pudiera decir alguna palabra justificando mi actuar, en la puerta aún abierta, aparecieron las sombras de los habitantes de la vecindad. La mayoría eran familiares del… ¿muertito? Sólo pude observar el primer puño acercándose a mi rostro, después un calor abrasador invadió mi cuerpo y me entregué a los sueños-pesadillas, una tras otra.  
            Al siguiente día en los periódicos de nota roja el titular lo ocupó el heroico rescate que los guardianes del orden hicieron de este ¿asesino? “Sólo quería hacer el bien”, pensé cuando pude echarle un ojo a la publicación.            
            Al recobrar la consciencia en el sanatorio, lo primero que de mi boca escucharon las enfermeras fue una larga carcajada que alteró la paz del recinto, de mis ojos se escapaban lágrimas alegres. ¡Oh, diosito! Eres tan generoso que inundas mi cuerpo con esta alegría y dicha de poder reírme del infortunio. ¡Vaya, quería salvar a ese gnomo de una violación, pero quién iba a salvar a mi vecino si preñaba a ese pigmeo! Como veía las cosas: ¡le había hecho un puto favor!  −de pinches nada−. Inmediatamente una enfermera se encargó de informarme cómo la turba me arrastró unas calles para alejarme de la Iglesia −no los fuera a castigar diosito por lo que me iban a hacer, pensé−, ahí fue donde la pericia de los policías hizo posible mi rescate: “¡Háganse pa´trás o se los carga la chingada!”, gritaba un policía mientras les apuntaba con su arma, me contaba ella excitada por ser la primera en tener la oportunidad de ponerme al tanto. La enfermera antes de retirarse me proporcionó una copia del diario.         
            Unas semanas después del incidente, ya con mejor ánimo, pude leer en el cuerpo de la nota que la muchedumbre había dispuesto de un buen árbol para enviarme calcinado al otro mundo como al peor de los rufianes −no tendrán para comer, pero acceso a gasolina no les faltó−, al parecer la justicia la dejarían en manos de Dios. Pasé horas observando detenidamente las imagines del periódico que salpicaban sangre y reconocí en ellas a uno de los policías, era el cuate de juergas de un tío, ¡alabado sea! Ya no les pondré jetas cuando lleguen todos pedos a la casa tirando balazos en año nuevo.          
            Con mucho cuidado recorté, doblé y guardé la publicación junto a las pocas pertenencias que tenía en el sanatorio, se trataba de un nuevo recuerdo para agregar a mi caja de triunfos personales, ya sólo me quedaba una duda: ¿Cuándo podré regresar a casa y entregarme por entero al cascabeleo?



viernes, 3 de julio de 2015

Día feliz.

Era un domingo soleado de primavera, los rayos del sol daban de lleno sobre la piel morena de los habitantes de la Ciudad de México. En un barrio al sur de la ciudad los niños dirigían sus oídos hacia un sonido familiar. A lo lejos se podían escuchar los altavoces de una camioneta que los incitaba a pedir dinero a sus madres y salir corriendo a esperar el momento en el que la melodía estuviera cerca. La ilusión del barquillo de galleta con una bola de helado cremoso en su interior era algo por lo que valía la pena dejar de ver caricaturas o patear una pelota, además, algunos ya habían madrugado para asistir a la iglesia y creían merecer una recompensa por tal sacrificio.       
            En la puerta de la vecindad se reunieron los chicos. El mayor de ellos, Edgar, recolectó las monedas e hizo un cálculo mental rápido. Les alcanzaba para dos helados y medio sin cono de galleta o uno y uno, frunció el ceño mientras miraba a los demás niños.

− ¡Chale! Tendremos que hacerle la chillona a la viejita. ¿Le pedistes lana a tu abuelita, Juan? –preguntó refiriéndose al más pequeño.
−Sí, pero me respondió que el dinero no crece en los árboles, o algo así. Le iba a vender mis tazos a Pepito, pero su mamá se puso a llorar cuando le pregunté por él…
− ¡Serás pendejo! ¿No supistes que se lo llevó el viejo del costal?          
− ¿Viejo del costal? –preguntó consternado Juan, mientas se formaba un remolino en su estómago y perdía la sensibilidad de las extremidades.

Edgar se atrevió a contar lo acontecido a Pepito el viernes pasado, los demás niños lo observaban con ojos de plato…           

Mientras tanto en una colonia cercana, al norte de la vecindad, un niño de cabellos rubios recibía su cono de galleta con dos bolas de helado, era el último en la fila. Linda, una anciana que irradiaba simpatía, acomodó las monedas en el despachador, le dirigió una sonrisa a Carlos, su esposo, y le dijo con optimismo: “¡Vamos, aún queda helado por vender!”. Él dejó de lado la revista con la que se entretenía mientras ella despachaba a los niños y puso en marcha la camioneta cuestionándose qué hacía ahí. Observaba en el espejo retrovisor su rostro huraño marcado con cicatrices, éste le recriminaba: “¿Qué haces aquí? No te rompiste el lomo toda la vida para pasar los fines de semana pegado al volante. Deberías estar en casa disfrutando del partido de la tarde y bebiendo una cerveza fría. Y tu mujer, tu mujer debería meterse en la cocina o tejer algo para los nietos mientras te bebes esa cerveza”.        

− ¡Carajo, se me antoja una cerveza! –le hizo saber a Linda sin dejar de ver el camino.
− Te lo prohibió el doctor. Tu hígado ya no soportará otra borrachera después de los meses que pasaste en cama por la inflamación del hígado… Además, esta actividad te beneficia más a ti que a mí. Gracias a Dios se les ocurrió esta gran idea a nuestros hijos. ¡Mira nada más qué color tienes! Te hace falta tomar sol y respirar aire fresco –lo miró con una sonrisa dibujada de oreja a oreja.     
−Mi hígado ya se repuso, han pasado varios meses y, si continúo exponiéndome así a los rayos del sol, corro más riesgo de morir por cáncer de piel que del jodido hígado.       
− ¿Acaso deseas un trasplante de hígado? Recuerda cómo se quedó tu padre esperando un donador.

Carlos se enjugó la frente y miró de reojo al retrovisor, ahí su rostro continuaba reprochándole la falta de valor para poner en su lugar a la mujer con quien 35 años atrás se había casado, si bien nunca le había levantado la mano, o al menos él no lo recordaba, sabía que podía hacer lo que le viniera en gana y ella sólo se limitaría a llorar sin lograr persuadirlo. Su reflejo le cuestionaba: Por qué dejaste que esos cabrones le metieran la grandiosa idea de comprar este vejestorio y pasar el resto de la vida repartiendo “felicidad a los niños”. Por qué no les propusiste visitarlos cada ocho días y pasar tiempo en sus casas una semana y una semana. Sólo los invitan y visitan cuando tienen la necesidad de que les cuiden a los nietos. Ese doctor debe estar muy satisfecho creyendo que te hizo un favor al prohibirte la bebida, ahora cómo vas a escapar de esta jodida realidad antes de que te visite la sin nombre. ¡Mierda, ya eres lo suficientemente viejo como para no darte ese lujo!  
            A su lado, Linda seguía platicando de los beneficios que las sonrisas de los niños producían en los adultos mayores como ellos.             

−Para en la siguiente esquina−dijo ella aún alegre. 
−Pero si esos niños nunca tienen ni para un bolillo, te van a pedir fiado y esto, de alguna forma, es un negocio. Imagina si comienzas a regalar helado, así como así, en unas semanas tendrás que vender el televisor para pagarle a los proveedores.     
−Si esos chiquillos desdichados tienen por lo menos un momento de felicidad a la semana, me arriesgaré.                    
−Pero no somos beneficencia, ¿a nosotros quién nos ampara? ¿Los cuervos que criaste nos desplumaron en cuanto pudieron? Deberíamos hacer ruta al norte en lugar de al sur, pero tienes que darte un baño de pueblo para sentirte mejor, ¿no es así? Sólo los ricos pueden darse el lujo de pensar en los demás, nosotros no…                    
− ¡Para ya! –le dijo mientras veía a los niños acercándose a la esquina donde generalmente se estacionaban.

Los chicos se acercaban sonriendo, mostraban sus enormes dientes blancos, parecían decir con ellos: Venimos en son de paz, no hagas caso de nuestra ropa maltrecha ni de nuestro color de piel.

Edgar ya tenía preparados los pesos en la mano y ensayadas las palabras con que intentaría convencer a Linda de hacerles un descuento y, por supuesto, esperando que ella se anticipara a ofrecer un pilón antes de que el viejo gruñón asomara sus narices.    
            La camioneta se encontraba a media calle de distancia, los niños saludaban. Del otro lado Linda les correspondía con su sonrisa. Pero en lugar de ver cómo la camioneta disminuía la velocidad, vieron cómo aceleraba dejando tras de sí una nube de humo negro.

− ¡Ese pinche viejo jotoputomaricón, ojalaí se muera! ‒Soltó Edgar para después silbar una mentada de madre.             
−A lo mejor ya no tenían helado –dijo Juan.           
− ¡Huevos qué! ¡Ese pinche viejo otra vez! –agregó Edgar intentando disimular el nudo que se formaba en su garganta.        

Los niños se habían colocado a mitad de la calle para seguir con la mirada a la camioneta, vieron cómo dos cuadras adelante ésta doblaba a la izquierda sin disminuir la velocidad. La tonada del camión de helados rápidamente se hizo imperceptible. Así que, desilusionados, algunos decidieron ir a jugar vida y vida en las maquinitas, otros se apresuraron a regresar antes de que sus mamás fueran a mostrarles la chancla y recordarles el quehacer.         

− Te dije que pararas en esa esquina –gimoteaba Linda mientras enjugaba sus lágrimas. Se encontraba en el asiento del copiloto con la puerta abierta y su cuerpo dirigido hacia la acera.         
− ¡Y yo te pedí que te callaras! –Les respondió Carlos que le daba la espalda desde la banqueta mientras se dirigía al dependiente del depósito de cerveza‒: Joven, ¿qué llevan sus micheladas?





miércoles, 22 de abril de 2015

Hacia el cosmos.

Después de un ligero calentamiento extendió lateralmente sus brazos a la altura de los hombros –busqué en su dorso alguna señal de la lanza de Longinus, pero no la encontré−. Subía y bajaba los brazos con brío, parecía un pájaro preparándose para elevarse al cielo. Su rostro rojo, con las venas marcadas, indicaban el esfuerzo realizado. Con cada nueva repetición se le complicaba concluir movimiento hasta que, por fin, el agotamiento se hizo presente.       
            Yo, que atestiguaba el acontecimiento, puedo asegurar que aquel joven se entregó al máximo para separarse del suelo, es una pena que no haya logrado despegarse ni un milímetro… Quizá en otra ocasión debería intentarlo sin las cadenas, que llevaba por voluntad propia,  para verse volando en el cielo.


       *Así fue.








  

sábado, 18 de abril de 2015

Tú y yo.

TÚ: Pronombre personal femenino, 2ª persona del singular [que ya no está].
Y: Conjunción copulativa [que no se dio].
YO: Pronombre personal masculino, 1ª persona del singular  [con capa caída].





@NLagartija




jueves, 19 de marzo de 2015

1942

Nunca le gustó quedarse atrás. Con mucho esfuerzo logró colarse en la primera fila, se dio cuenta y gritó: “¡Es gas!”. Fue el primero, y único, en salir con una sonrisa de aquella cámara.



jueves, 19 de febrero de 2015

Estelares - Vivo Gran Rex (DVD audio)

Cuando Los Estelares visitaron la Ciudad de México en 2014 (Multiforo Alicia y Vive Latino), nos dejaron con ganas de escuchar más canciones y mejor calidad en la presentación, por lo menos a los que asistieron al Alicia, ya que a la cuarta canción Manuel Moretti andaba medio prendido dando largos tragos a su botella de Jack Daniel´s, el alcohol le dio sentimiento, pero le restó calidad en la voz.

Lista del concierto en el Multiforo Alicia, destaca "Las vías del tren"

Pasaron algunos meses para poder disfrutar una verdadera presentación de la banda, lo lograron por medio de la grabación del directo en Gran Rex, del cuál sacaron CD y DVD. Cuenta con la participación de invitados como Ale Sergi, Palo Pandolfo, Los super ratones (en coros) y Juanchi Baleirón. El CD y DVD se consiguen fácilmente en la red, pero, para quienes sólo queremos el audio del DVD por las canciones extras, resulta difícil de encontrar. Así que...         
  
Audio extraído del DVD, dividido y con calidad 256 kbps        

Tracks
  1. Eléctricos duendes*
  2. 200 monos*
  3. América
  4. 20 de noviembre*
  5. Las trémulas canciones
  6. Aleluya
  7. Solo por hoy (Chica oriental)
  8. Máscaras* 
  9. Ella dijo
  10. De la Hoya 
  11. Campanas* 
  12. Playa Unión* 
  13. Un viaje a Irlanda 
  14. Moneda corriente
  15. Melancolía
  16. Tanta gente
  17. Rimbaud
  18. Doce chicharras
  19. Cristal
  20. El corazón sobre todo
  21. Aire
  22. Un show 
  23. Un día perfecto
  24. Ardimos* 



Estelares-DVD-Gran Rex-Audio